sábado, 5 de diciembre de 2015

"RIGOLETTO" (DE LEO NUCCI) EN EL TEATRO REAL DE MADRID



Rigoletto, melodrama en tres actos, con texto de Francesco Maria Piave y música de Giuseppe Verdi, basado en la obra de teatro Le roi s'amuse (1832) de Víctor Hugo.— Director musical: Nicola Luisotti.— Director de escena: David McVicar.— Escenógrafo: Michael Vale.— Figurinista: Tanya McCallin.— Iluminadora: Paule Constable.— Coreógrafa: Leah hausman.— Intérpretes: Leo Nucci (Rigoletto), Stephen Costello (Duque de Mantua), Olga Peretyatko (Gilda), Andrea Mastroni (Sparafucile), Justina Gringyte (Maddalena), Fernando Radó (Conde de Monterone), Alex Sanmartí (Marullo), Gerardo López (Matteo Borsa), Tomeu Bibiloni (Conde de Ceprano), Nuria García Arrés (Condesa de Ceprano), María José Suárez (Giovanna), Mercedes Arcuri (Paje de la duquesa), Claudio Malgesini (Ujier de la corte).— Coro y Orquesta titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid).— Producción de la Royal Opera House de Londres.— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de diciembre de 2015, 20:00 horas.


YO, que no soy muy amigo de abandonar mi cueva para salir a la calle —y menos aún con la boina de contaminación que sobrevuela la Villa y Corte desde hace un tiempo—, acudí al coliseo de la madrileña Plaza de Oriente, bien dispuesto de ánimo, para presenciar este Rigoletto verdiano —una de mis óperas favoritas (¡y yo creo que de todo el mundo, salvo de algún que otro extravagante!)— con la absoluta seguridad de que pasaría una velada agradable y de que iba a ser testigo, otra vez, de un nuevo episodio de bis sobre el escenario. Y mis predicciones fueron doblemente acertadas, pues me lo pasé bien —¡cómo no hacerlo con esta música tan eficaz, sencilla, inspirada, hermosa y directa!— y pude ver, de nuevo, al barítono italiano Leo Nucci bisando la ya famosa Vendetta! con que se cierra el acto II de la obra. Un gesto —para con el respetable y con la posteridad— que ya empieza a resultar algo cansino —por repetitivo y esperado, así como por el hecho de que la versión ofrecida tampoco fue como para ser repetida (recordemos que también bisó el día del estreno)—, pero que se puede pasar por alto y excusar considerando que estamos ante un intérprete consagrado (¡y septuagenario!), que lo ha hecho todo en su carrera y que, a pesar de ello, sigue entregándose en cada actuación como el primer día y poniendo toda la carne en el asador, dándose por entero al público con el que nunca se muestra cicatero en sus actuaciones. Peccata minuta, podríamos decir; sobre todo si comparamos al vecchio Nucci con los camelos baritonales que encontramos hoy día por esos escenarios líricos del mundo que Dios nos ha dado...

Hubo de todo (como en botica) en este Rigoletto madrileño protagonizado por el cantante boloñés: desde lo peor (un Monterone completamente inaceptable), a lo mejor (representado por la Gilda de la soprano rusa Olga Peretyatko, el Sparafucile y el coro masculino de la función). Pero vayamos al grano, que es lo que nos ha traído aquí...

Comencemos hablando de la puesta en escena, que se movió según los parámetros y derroteros habituales en los últimos tiempos: oscuridad y cutrez a partes iguales (en un deseo, quizá, de parecer originales a toda costa), para representar tanto la apartada y modesta casa donde Rigoletto tiene encerrada a su hija, o el siniestro callejón donde el bufón se encuentra por vez primera con el borgoñón Sparafucile, como el (supuestamente) suntuoso palacio del crápula Duque de Mantua (que, además, no es presentado con un toque minimalista en la decoración). Apenas hay diferencia entre esos distintos espacios escénicos, porque tanto David MacVicar, como Michael Vale, Tanya McCalin y Paule Constable han decidido tratarlos por igual, en un intento homogeneizador que no tiene demasiada explicación si acudimos a las indicaciones escénicas del libreto, pero que está inspirado —según los propios responsables del montaje— en el tenebrismo del pintor Caravaggio y posiblemente quiere darnos a entender —con esa obsesión metafórica que suelen desplegar los responsables escénicos— que, bajo los oropeles y el lujo de la mansión ducal sólo hay sordidez, lujuria, truculencia y egoísmo, al igual que en la hostería regentada por Sparafucile y su hermana Maddalena. Lo que no se entiende, sin embargo, es por qué la hermosa casita en la que Rigoletto custodia a su preciada joya —y que en el libreto aparece descrita como una típica (y soleada) casa mediterránea— sea tan fea y triste como las otras dos. Pero bueno.

La estructura de doble cara que presidió toda la representación. Aquí como cutre-palacio del Duca


Toda la acción transcurre en un escenario giratorio con dos únicas caras que sirven para representar ambos mundos (que, en el fondo, son igual de oscuros, tristes y siniestros). Pero lo cierto es que esta elección no estorba el desarrollo de la acción dramática. Por otro lado, hay que agradecer a MacVicar, Vale y McCallin el hecho de que se hayan decidido a respetar, más o menos, la época original en que se desarrolla la acción, de ahí que pudiéramos ver —cosa rara hoy día— unos personajes vestidos con capas, jubones, calzas y medias ajustadas, sayas y sayones, agujetas, mangas desmontables, corpiños, cofias, espadas, cuchillos, alabardas y otras prendas y utillería propias del siglo XVI. Y es que, después de tantas ocurrencias como uno suele presenciar merced a los montajes actuales, una propuesta escénica de estas características termina siendo un bálsamo para los ojos y el espíritu, a pesar de que costó lo suyo ver a los cantantes en determinados momentos, a causa de la falta de iluminación (por ejemplo en las escenas que transcurren en casa de Rigoletto y en la taberna donde Sparafucile y su hermana tienen montado su lucrativo negocio). Pero pasemos ya a la parte musical...

Nicola Luisotti, al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid (Titular del Real), se mostró partidario de acentuar las dinámicas y los tempi al máximo, demorándolos hasta el extremo (y en exceso) en determinados pasajes —verbigracia en el famoso y premonitorio "Preludio", al que quitó algo de fuerza y potencial expresivo por el ritmo excesivamente moroso que imprimió a la orquesta—, o agilizándolos endiabladamente en otros muchos momentos: así en la famosa Vendetta!, en los coros de cortesanos de Zitti, zitti, muoviamo a vendetta!, o Possente amor mi chiama..., en el dúo de Gilda y el Duca en la escena sexta del acto II... Pese a ello, su lectura no careció de teatralidad ni desfalleció a lo largo de la representación. Hizo desplegar también a la orquesta una buena cantidad de decibelios, aunque se cuidó mucho de mimar al divo de la velada, reteniendo a la formación madrileña (y reduciendo su sonido) en determinados momentos especialmente delicados para Nucci-Rigoletto, como los finales del acto II y de la ópera, cuando el barítono lanza su imprecación "la maledizione!", enfrentándose al tutti orquestal, momento en que el director luqués redujo el volumen para facilitar la tarea del solista y no dejarle completamente sumergido por la marea sonora formada por las cuerdas en su crescendo febril.

Luisotti en una imagen de archivo


La gran estrella de la velada fue, como cabía esperar, el barítono boloñés Leo Nucci quien, por mor de las circunstancias actuales —verdadero desierto de auténticas voces graves—, ha terminado haciendo bueno aquello de que "en el país de los ciegos el tuerto es el rey", elevándose, así, a lo más alto del pedestal como mejor barítono verdiano de los tristes días para el canto que vivimos y convirtiendo el papel del viejo bufón jorobado en su buque insignia, como lo demuestra el hecho de la enorme cantidad de veces (más de 500) que lo ha interpretado sobre la escena. Y lo que sorprende, con todo, no es esta cifra de representaciones, sino el hecho de que Nucci siga conservando —a sus casi 74 años y más de 40 de carrera— las ganas y entrega de siempre, así como unas cualidades vocales bastante destacables (y que ya quisieran para sí muchos compañeros de cuerda mucho más jóvenes). Y eso que, pese a todo, en esta ocasión desplegó un instrumento bastante mermado, si establecemos comparaciones con la vez anterior que cantó el papel en el Real (año 2009).

Rigoletto en el acto I, haciéndole la puñeta a los cortesanos


Nucci, que nunca poseyó un instrumento privilegiado de natura y que tampoco fue un cantante especialmente refinado, sutil e imaginativo con las dinámicas y la expresión, ha ido acentuando sus defectos con el tiempo y por mor de las lógicas limitaciones que le va imponiendo la edad. Su Rigoletto se ha caracterizado siempre —y mucho más en los últimos años— por el tono declamatorio, el exceso de pathos y lo melodramático, antes que por lo áulico y elegíaco. Desde este punto de vista el personaje que nos ofrece el barítono boloñés es monocorde, poco matizado y carente de la complejidad psicológica que Verdi trasladó a la particella del rol, haciéndolo descansar, básicamente, sobre pinceladas de trazo grueso, teatralidad algo desmadrada y excesivo efectismo, así como en el forte como forma habitual de emisión y en la ausencia de un verdadero canto legato (debido a la cada vez más acentuada falta de aliento del intérprete, derivada de su provecta edad). Por otra parte, el uso de continuos portamenti para ayudarse en el ascenso a los agudos afean también ciertas frases, dando lugar a esa especie de mugido (o sonido arrastrado) tan característico de Nucci, con el que suele regalarnos en muchas de sus intervenciones. Pese a todos los defectos señalados —y no son pocos—, impresiona y causa respeto la inusitada entrega del cantante y el carisma que desprende sobre el escenario, así como la voz, que sigue teniendo material suficiente para ofrecer, una buena proyección y agudos más que respetables, dada la edad del intérprete.

Tras una primera escena bastante anodina y en la que todas sus intervenciones se caracterizaron por el tono declamatorio y la ausencia de verdadero canto legato, Nucci remontó el vuelo a partir de la escena segunda, ofreciendo un buen duetto con Sparafucile y otro suficiente con Gilda, aunque en este último caso se resintió por la falta de aliento a la que ya he hecho referencia, resultándole imposible afrontar esas frases amplias y sentidas que el personaje debe cantar con hondura y slancio pero gran delicadeza, tal como pide Verdi en pasajes como Deh! non parlare al misero, donde encontramos en la partitura numerosas indicaciones dinámicas del estilo "con spressione", "dolce", "ppp", "diminuendo", etc.

El viejo bufón en el momento en que va a ser burlado por los cortesanos
de los que él se había reído antes: tal para cual


En el acto II se destapó el Nucci más teatral (o teatrero), gracias a sus dos grandes intervenciones: Cortiggiani, vil razza dannata! y la ya citada Sì, vendetta!, que terminó bisando sin que hubiera muchas razones para ello, la verdad. Autoritario y declamatorio en la primera parte de su enfrentamiento con los cortesanos, volvió a mostrar los mismos problemas de falta de fiato en la sección cantabile de la pieza (Miei signori perdono, pietate!), obviando todas las indicaciones dinámicas y de expresión que Verdi anotó en la partitura.

En el último acto el italiano demostró que aún tenía fuelle, pese a las limitaciones señaladas, y contribuyó a dibujar un cuarteto aceptable (Un dì, se ben rammentomi... Bella figlia dell'amore!) y un emocionante finale, ayudado, eso sí, por Luisotti, que controló el brío de la orquesta para no taparle demasiado, como ya dije arriba.

Olga Peretyatko fue, en mi opinión, la más destacable de todo el reparto —hablo desde el punto de vista estrictamente canoro, claro, pues en lo mediático y teatral arrasó Nucci, como no podía ser de otro modo—, ofreciéndonos una Gilda de gran presencia escénica y buenas maneras canoras: medias voces, preocupación por las dinámicas, filados, etc. La bella soprano de San Petersburgo es dueña de un instrumento interesante y con cuerpo, aunque mostró dificultades en la zona más alta de su tesitura, lo cual no sólo sorprende —teniendo en cuenta lo que se ha venido diciendo al respecto de ella, al señalar lo supuestamente rutilante de sus agudos—, sino que preocupa, al tratarse de una soprano de coloratura. Su lectura dramática del personaje resultó algo superficial y plana, mostrándonos una Gilda de carácter muy juvenil, que apenas experimenta evolución psicológica hacia una mayor madurez a lo largo de la representación y tras ser mancillada por el Duque. Ofreció un Caro nome de estimable factura (con algún apuro en la coloratura) y buenos momentos en sus dúos con el Duca y Rigoletto (incluyendo la muerte en la escena final). No obstante, flaqueó en las dos vendette! (donde el sobreagudo no alcanzó la proyección deseada). Muy aplaudida al final de la función, y no faltaron motivos para ello, a mi modesto entender, pues aunque no llegó a redondear su papel hizo con él cosas muy interesantes.

La ensoñadora (y un tanto simplona) Gilda de la soprano rusa


Se supone que el personaje del Duque de Mantua —pese a ser un tipo chulesco, pendenciero, crápula, bravucón y mujeriego—, ha de cantarse de manera áulica, elegante y señorial, como corresponde a un individuo de su alcurnia. Pues bien, nada de ello logró transmitirnos el tenor norteamericano Stephen Costello, que se mostró monótono en la expresión (si exceptuamos un proyecto de canto rubato que pareció despuntar en el dúo del primer encuentro con Gilda), plebeyo en el fraseo y con grandes problemas para salvar exitosamente las innumerables dificultades que el personaje presenta en la zona del passaggio y en el registro agudo, desplegando una voz con cuerpo y entidad lírica, pero que se desmoronaba a medida que el tenor ascendía en la escala, merced a la ausencia de una adecuada cobertura, lo que dio como resultado agudos abiertos, tirantes y forzados hasta rozar el grito. Este problema se vio en la mayoría de sus intervenciones —pues el personaje exige al intérprete moverse a menudo en esa zona tan incómoda—, aunque pudo percibirse especialmente en el dúo con Gilda (È il sol dell'anima) y en la dificilísima aria Parmi veder le lagrime, donde el tenor ha de cantar continuamente en la zona de paso, acentuando con intensidad, pero también suavemente y con entonación ensoñadora, para hacernos sentir que se ha enamorado realmente por vez primera de una mujer. Nada de esto se escuchó, desde luego, a Costello, que dijo su parte como si estuviera leyendo un prospecto. Eso sí, bastante seguro en casi todas las notas (incluso en las abiertas). Su idiomatismo, además, fue incluso más defectuoso que el de la soprano rusa, si se me apura.

El Duca, sin dar abasto, con las tres mujeres que conquista en la ópera


Magnífico (el más destacable, junto a la Peretyatko) el Sparafucile del bajo italiano Andrea Mastroni. Sobrio, contundente, lúgubre y con buenas sonoridades en todo el registro, incluida la parte más grave (así en el "Sparafucile!" que cierra su dúo con Rigoletto y en el "buona notte" de la última escena). Muy bien, asimismo, desde el punto de vista actoral y escénico: joven, apuesto, muy creíble como personaje. Una agradable sorpresa.

Aquí tienen a Mastroni el pasado día 30, en el dúo con Nucci del acto I


Aceptable la Maddalena de Justina Gringyte, aunque hubo dificultades para escucharla bien en el cuarteto del último acto. Buena prestación en la escena de la muerte de Gilda (que, a mi entender, fue de lo mejor de la función).

Bien el resto de comprimarios, si exceptuamos a Fernando Radó, que nos ofreció un Monterone difícilmente digerible, tanto desde el punto de vista escénico —se le vio demasiado joven (¿no pudieron caracterizarlo para evitar este hándicap?)—, como desde el vocal, donde no supo (o no pudo) transmitir, ni por asomo, lo que de autoritario, imperativo, noble, digno y grave tiene un personaje como el del ultrajado Conde de Monterone. Su escena de lucimiento quedó, por ello, absolutamente diluida y sin fuerza.

Me gustaría hacer una mención muy especial al coro masculino, que hizo una labor estupenda en el papel de grupo de cortesanos del Duque de Mantua. Aunque tuvieron un pequeño despiste, con desfase incluido —en el relato previo a Possente amor mi chiama, que enseguida rectificaron— formaron un conjunto homogéneo y de gran credibilidad escénica y canora. Bravo por ellos.

Conclusión: Verdi nunca defrauda.

sábado, 14 de noviembre de 2015

EL MUNDANAL RUIDO, 7: MA MEMOIRE AVEC PARIS ET LA FRANCE



COMO homenaje a las víctimas de los atentados realizados ayer en París. Mi recuerdo para la ciudad de la luz (y de la libertad, igualdad y fraternidad) y con toda Francia. Mi solidaridad y afecto para con los familiares de las víctimas.

"ESPEIN IS DIFERENT", 52: LA CUP VUELVE A BURLARSE DE ARTUR MAS


EFECTIVAMENTE, un auténtico y humillante calvario el que le están haciendo pasar al "president" en funciones los miembros de la CUP. El lider de CDC ya empieza a ser objeto de sorna incluso en el extranjero y en Francia, por ejemplo, los periodistas especializados le llaman "Monsieur menos 12", porque cada vez que convoca elecciones —medida con la que ha amenazado a la CUP si no le dan su apoyo— pierde 12 escaños. Pero si desean conocer más detalles de todas estas noticias pinchen en el siguiente enlace (o en este otro).

sábado, 7 de noviembre de 2015

NOVEDAD EDITORIAL: "JUSTIN HIRIART", DE FRUCTUOSO Y HARRIET



BUENO, en realidad tampoco es una novedad, stricto sensu, pues se trata de una serie que apareció publicada, por vez primera, a principios de los años 80 del pasado siglo. En una época que fue magnífica para el cómic de autor en nuestro país. Y aunque en España pasó algo desapercibida ―ya se sabe: nadie es profeta en su tierra―, lo cierto es que en Francia llegó a colocarse en una buena posición (como lo demuestra el hecho de haberse realizado hasta cinco álbumes de la misma).

Pues bien, a continuación tengo el gusto (y el honor) de presentarles el prólogo que he redactado para este reedición de Justin Hiriart. Se trata de la versión "extensa" ―versión del director o Director's Cut, que podríamos decir, emulando las reediciones que se hacen ahora de películas ya conocidas―, que no hubo ocasión de incluir en el libro por cuestiones técnicas y de espacio. Con ello me quito una espinita y aprovecho para publicitar una buena edición. Que lo disfruten...


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PALABRAS PREVIAS

Querido lector: deseo iniciar este artículo introductorio confesando que recibí muy ilusionado la invitación de Gregorio Muro Harriet para prologar la edición integral de Justin Hiriart que ahora tienes entre tus manos. Y es que la serie me trae numerosos y buenos recuerdos, alguno de los cuales me gustaría compartir contigo. Supe de su existencia, por vez primera, al poco tiempo de su gestación ―que se produjo en la segunda mitad del año 1981―, cuando el proyecto ya se encontraba en pleno desarrollo y disfrutaba, incluso, de reconocimiento internacional (aunque luego explicaré con algo más de detalle cómo se llegó a tal situación). Y fue así porque, precisamente, en aquella misma época conocí y traté con bastante asiduidad a uno de sus dos autores: el dibujante Francisco Fructuoso Esparza.

Los autores en sus años mozos, por la época en que se inició la serie (© Ttartalo)


Paco y yo mantuvimos una buena y constante relación durante algún tiempo. Frecuenté su casa y en el estudio que allí había montado pude ver cómo creaba algunas de las páginas que aparecen en este álbum integral. Charlábamos (de lo divino y de lo humano), fumábamos (cuando esto aún no estaba tan mal visto como ahora) y, por encima de todo, discutíamos sobre las bondades de nuestros historietistas favoritos; principalmente Antonio Hernández Palacios (que era el mío) y François Bourgeon, por el que Paco sentía verdadera predilección (como podrá comprobar quien lea la obra y vea sus dibujos).

A Gregorio Muro, por el contrario, no he llegado a verlo nunca en persona. No le conozco. Mi relación con él se inició de la manera más fortuita, informal y peregrina que imaginarse pueda: navegando por Facebook y al hilo de ciertos comentarios que hice sobre viñetas de algunos de los tebeos que él había guionizado y que publicó en su perfil. ¡Ya ven ustedes! Y luego dicen que las redes sociales no sirven para nada...



Bueno, lo cierto es que he tenido el placer de acabar siendo el prologuista de esta obra integral, que ahora recupera para España ―casi 35 años después de su primera presentación al público― una serie que los aficionados conocimos a medias en su momento, puesto que aquí sólo llegaron a publicarse tres de los cinco álbumes que la integran. ¿Pero cómo surgió la idea de crear Justin Hiriart —una historia sobre balleneros vascos en el siglo XVII—, y cómo llegó a materializarse? Veámoslo.


LA INTRAHISTORIA DE UN PROYECTO

Navegar de bolina, o ciñendo trapo, es la forma de navegar a vela contra la dirección del viento en el menor ángulo posible. En tales condiciones, el barco recibe el viento por la amura. Este es el tipo de navegación que nos acerca más al ángulo muerto o de navegación imposible. Y es, también, una metáfora perfecta para referirnos a la forma en que han tenido que maniobrar habitualmente los autores de cómic en nuestro país, avanzando siempre en zigzag y hacia barlovento ―es decir, contra viento y marea― para intentar salvar todo tipo de obstáculos. Es, en todo caso, la imagen marinera que más le conviene a esta serie de Justin Hiriart (aunque podríamos aplicarla a otros muchos proyectos de la historieta española): una idea que se gestó en la mente de dos autores españoles, pero que terminó siendo acogida, financiada y publicada por un editor extranjero (en este caso francés), para terminar siendo editada luego también en España. El pan nuestro de cada día, podríamos decir, hablando de tebeos en nuestro país. Incluso en la actualidad, cuando parece haberse experimentado un importante auge de la historieta —a juzgar por todo lo que se publica—, a muchos de nuestros creadores aún les sigue resultando imposible salir adelante y tienen que buscarse la vida dedicando sus esfuerzos a otra cosa, o bien trabajando para el mercado exterior.



No era el panorama mucho más halagüeño a mediados de los años 70, aunque el boom del cómic de autor ya empezaba a tomar verdadero impulso, gracias a la realización de historias más comprometidas y adultas, su publicación en nuevas cabeceras orientadas hacia un lector distinto del infantil y la aparición de revistas teóricas que dotaron al medio de los primeros instrumentos de reflexión y análisis. Es en este contexto de efervescencia cultural, social y política ―no olvidemos que dicho boom se produjo al mismo tiempo que la transición de la dictadura a la democracia en nuestro país―, donde Gregorio Muro y Paco Fructuoso comenzaron a trabajar profesionalmente.

En 1977, y mientras el proceso autonómico y de reivindicación identitaria en diferentes regiones de España iba tomando auge, la editorial Erein de San Sebastián empezó a publicar una revista mensual en eusquera titulada iPurbeltz (que podríamos traducir como “Culo negro”). Iba dirigida principalmente al público infantil y juvenil de las ikastolas, que comenzaban a proliferar por entonces, y tenía como objetivo difundir dicha lengua a través del cómic y la literatura. Clausurada en 2008, después de 30 años en activo y 362 números publicados, iPurbeltz habría de jugar en aquellos primeros tiempos de andadura un papel de primer orden como trampolín de lanzamiento y vehículo de proyección para la cantera de guionistas, dibujantes e ilustradores vascos de la época.


Cubierta del número 1 de la revista iPurbeltz


Al año siguiente, en 1978, Gregorio Muro empezó a colaborar en dicha cabecera como autor completo. Pero poco tiempo después, y por sugerencia de los editores, abandonó el dibujo para dedicarse en exclusiva a los guiones. Fue entonces cuando volvió a ponerse en contacto con su amigo Paco y le propuso la realización de diferentes series e historias cortas, que terminarían publicándose en la revista. Surgieron, así, Txo, Sandra, Lanzasteroides, Hugh Glass…

Y así hasta llegar al año 1981, que fue el de la primera edición del “Salón del Cómic de Barcelona”. Muro y Fructuoso marchan en el mes de mayo a la Ciudad Condal con la idea de vender allí, a los editores españoles, sus historias aparecidas en iPurbeltz. Pero la tentativa no llega a cuajar. Se fijan, sin embargo, en el stand de Jacques Glénat ―donde Juan Giménez ha logrado vender una historia realizada con Ricardo Barreiro y titulada La estrella negra (la primera en color realizada por el dibujante argentino)― y piensan en la posibilidad de dar también ellos el “salto” internacional a Francia, ya que en España no parece haber nadie interesado. Ese mismo día, en el hotel donde ambos se alojan, deciden preparar un álbum de 46 páginas para llevarlo al Festival de Angulema (o Angoulême), que ha de celebrarse ocho meses después (en enero de 1982). Es una ciudad que está relativamente cerca de San Sebastián ―la base de operaciones que utilizará Harriet― y acoge uno de los certámenes comiqueros más importantes del mundo.



La primera idea que éste maneja es de una historia de ciencia ficción ―¿si a Giménez y Barreiro les funcionó, por qué no también a nosotros?, debió pensar el guionista donostiarra―, pero Paco, al que ya por entonces le encantaba Bourgeon y gustaba de dibujar barcos y aviones (pues siempre ha sido un gran aficionado a las maquetas), propone algo en esa línea. Gregorio, que tenía en el horno varios guiones para otros dibujantes de iPurbeltz, elige una serie integrada por historias cortas sobre balleneros vascos, pues piensa que el tema puede interesar a su compañero de aventura. La idea había surgido, al parecer, porque una hermana de nuestro guionista (que es historiadora) se hallaba investigando el árbol genealógico de su apellido materno (de origen vasco-francés) y había encontrado la huella de cierto antepasado que fue capitán de un buque ballenero y se llamaba Justin Harriet ("Arrieta" en vasco-español). La familia, como se ve, acudía en auxilio del creador. Así es que dicho y hecho: Gregorio ya tenía el nombre de su personaje, aunque para alejarlo un poco de la realidad y renunciar a lo que podría parecer algo personalista, decide cambiarle el apellido por otro que sonara de manera parecida y quedase igual de bien. Surgió así la idea de llamarlo Hiriart (que no es sino nuestro "Iriarte").

Una vez acabado el guión del primer álbum (Mar de sangre), Gregorio lo ofreció a sus editores de Erein, que aceptaron la propuesta. Pero en una nueva vuelta de tuerca, el proyecto dio otro paso hacia adelante cuando unos amigos aficionados al cómic vieron el trabajo que Paco estaba realizando y decidieron apostar por la obra y buscar financiación para fundar la editorial Ttarttalo, que sería la que publicaría en España los tres álbumes que conocemos. Pero sólo en español, puesto que los derechos en eusquera ya estaban comprometidos con Erein.



Entretanto llegó el momento de acudir a Angoulême, y allí marcharon ambos autores llevando consigo varias planchas del primer álbum de Justin Hiriart, su conocida portada en la que aparece representada una ballena sumergiéndose en el mar y ese álbum de ciencia ficción que Gregorio propusiera a Paco como primera alternativa, pero que terminó dibujando Daniel Redondo y que conocemos con el título de Las aventuras de Ion y Mirka. El resultado ya sabemos todos cuál fue: Jacques Glénat compró ambos trabajos y estos pasaron a formar parte de la historia del tebeo europeo.


JUSTIN HIRIART: LA AVENTURA POR LA AVENTURA... Y EL MAR DE FONDO

Decía Mariano Ayuso ―en un artículo que dedicó a Harriet y Fructuoso en su conocida revista Sunday (y con el que iniciaba una nueva sección en la misma para promocionar a jóvenes promesas de la historieta)― que los españoles: «tenemos un largo pasado detrás que permite tocar todos los géneros sin tener que recurrir a argumentos foráneos. Tenemos piratas como Blas de Lezo, bandidos generosos como José María el Tempranillo o Joaquín Murrieta, malos integrales como Lope de Aguirre, aventureros increíbles como Aviraneta o agentes especiales […] como el coronel Casinello (sic) o el “cisne”. En fin —concluía el teórico bilbaíno—, que tenemos de todo y a uno le alegra que algunos dibujantes y guionistas vuelvan a lo nuestro. Y lo nuestro es darle palos al inglés… siempre que se pueda» (1).

No es, seguramente, lo más destacable de una serie clásica de aventuras como Justin Hiriart que los corsarios ingleses salgan vapuleados y con el rabo entre las piernas (lo que, efectivamente, ocurre ya en el primer álbum) tras su encuentro con los aguerridos marineros vascos que nos presentan Fructuoso y Harriet. O que los franceses pierdan igualmente en sus encontronazos con ellos, aunque estén caracterizados con rasgos algo más amables que los habitantes de la pérfida Albión. Pero sí podríamos llegar a considerar ambas situaciones imaginarias como exorcismo o acto de justicia reivindicativa, que viene a equilibrar la balanza por todas aquellas veces que —en el cine sobre todo—, hemos sido los españoles los malos de la película. Con todo, lo que de verdad importa en Justin Hiriart es el espíritu de aventura en estado puro que se respira en cada una de sus páginas y viñetas. Porque lo cierto es que nos hallamos ante una historia muy tradicional —y utilizo el término sin ninguna intención peyorativa—, al estilo de la más pura y genuina bande dessinée de las de toda la vida; sin grandes trascendencias, ni excesivas alharacas filosóficas. La aventura por la aventura, vamos. Lo cual es muy de agradecer, por otro lado, teniendo en cuenta que, desde hace unos años, a buena parte de los autores de historieta le ha dado por contarnos su vida y sus neuras a través de las denominadas "novelas gráficas", tan en boga hoy día.


Ello no significa, sin embargo, que el guionista renuncie a plantear algunos temas que le preocupaban —al menos por la época en que escribió la obra—, y sobre los que deseaba llamar la atención. Entre ellos podríamos mencionar, por ejemplo, los relativos a la Naturaleza y su explotación por el hombre, o el respeto hacia las culturas minoritarias, rasgos que, en opinión de Mariano Ayuso, dan al protagonista de la serie «un toque "verde" [...] que presagia a los futuros ecologistas pacifistas, y que viene muy bien para recordar a los lectores que la Naturaleza se acaba y que si de verdad quedan héroes en estos tiempos, esos son los chicos de "Green Peace"» (2).

El trabajo de Harriet y Fructuoso poco tiene que ver, como digo, con la "novela gráfica" actual. Antes bien, se nutre directamente de la tradición literaria aventurera más clásica. Aquella en la que los grandes espacios salvajes, la Naturaleza, la odisea por la supervivencia, el arrostrar todo tipo de peligros y la acción a raudales juegan un papel decisivo. La misma que aparece representada por nombres tan ilustres y conocidos como Daniel Defoe, James Fenimore Cooper, Walter Scott, Nathaniel Hatworne, Hermann Melville, Robert Louis Stevenson, Howard Pyle, Joseph Conrad, Jack London y otros. Pero aún podríamos precisar más, señalando que bebe de dos manantiales específicos (o subgéneros) dentro de la novela de aventuras: la que tiene a los piratas, los navegantes y al mar en general como protagonistas, y la que representa el mundo de la frontera y del encuentro (¿quizá deberíamos decir "choque"?) con las poblaciones autóctonas (en el caso que nos interesa concretamente los indígenas norteamericanos, indios y esquimales). En este sentido, y tras leer las peripecias de Justin Hiriart y su tripulación de aguerridos marineros —sobre todo en el primer volumen—, resulta imposible no pensar inmediatamente en dos obras inmortales y de referencia de la literatura de aventuras, como son El último mohicano, de Fenimore Cooper (The Last of the Mohicans: A Narrative of 1757, Filadelfia, 1826) y Moby Dick, de Hermann Melville (Moby Dick, Nueva York, 1851).




La acción de Justin Hiriart se desarrolla a comienzos del siglo XVII y tiene como protagonista a un capitán ballenero vasco, que da nombre a la serie y va siempre acompañado de su fiel contramaestre, Martín. Gracias a su profesión y a las peculiaridades de la misma —entre ellas, la necesidad de recorrer grandes distancias siguiendo a los cetáceos—, Justin y sus hombres navegarán por las aguas del Noreste de América, en busca de ballenas, de bacalao, de pieles y de otros productos con los que comerciar, visitando lugares tan pintorescos y evocadores como la desembocadura del río San Lorenzo, Terranova, o la Península del Labrador y cruzando su destino con corsarios ingleses, aventureros franceses, tribus de indios y esquimales, etc., en un entorno donde los paisajes y el mar adquieren una importancia de primer orden.




Es una lástima que la serie no tuviera continuidad, pues el tema elegido se prestaba a las mil maravillas para desarrollar nuevas aventuras. La actividad de los balleneros vascos —que se remonta a tiempos muy antiguos (el primer testimonio data de la primera mitad del siglo VII, nada menos)— se inició en las aguas del Mar Cantábrico. Pero pronto, la desaparición de cetáceos en la zona hizo que sus captores tuvieran que extender el área de acción. Y así vemos cómo los antecesores de Justin Hiriart navegaron rumbo al Mar del Norte, primero, y a Islandia, después, hasta terminar alcanzando —al menos desde 1517— las costas septentrionales de América (Terranova y Labrador), que es el marco geográfico en el que veremos actuar a los personajes de la serie. En todos estos lugares dejaron los balleneros vascos (vizcaínos y guipuzcoanos, sobre todo) una profunda huella, como se echa de ver al comprobar la gran cantidad de topónimos que pueden encontrarse hoy día en el área de Red Bay, en la presencia de símbolos vascos (como la ikurriña) en el escudo de la isla de San Pedro y Miquelón, o incluso en el recuerdo de acontecimientos históricos tan luctuosos como el de la denominada "Matanza de los españoles" (o Spánverjavígin), que se produjo en Islandia en el invierno de 1615 —es decir, poco tiempo después de los años en que tienen lugar las peripecias de Justin Hiriart y sus hombres—, cuando los habitantes de la isla —instigados por las autoridades locales— asesinaron a 32 marineros vascos, integrantes de una expedición ballenera que se había visto obligada a pasar el invierno allí por causa de un temporal, y cuya estancia despertó la hostilidad y los recelos de los habitantes del lugar. Un trágico incidente del que, hasta hace poco, quedaban incluso vestigios en la legislación islandesa, como lo demuestra el hecho de que sólo el pasado mes de abril del presente año fuera derogada por las autoridades de la isla una ley que permitía dar muerte a los vascos.



Porque no pensemos que nuestros balleneros eran inocentes turistas en busca de aventuras. No. Se trataba de hombres rudos y curtidos, acostumbrados a unas duras condiciones de vida, y en cuya actividad no quedaba del todo claro dónde estaba la línea fronteriza entre el comercio y la abierta piratería (de hecho, en la serie encontramos algún ejemplo de ello, como podrá ver el lector en su momento). Así, pese a ser los protagonistas, los "buenos" de las aventuras como entidad colectiva, como grupo, cuando ello es necesario para la progresión dramática de la historia, Harriet no duda en presentarnos a algunos de estos balleneros vascos como auténticos delincuentes y tipos faltos de escrúpulo. Y es que, como ocurre en la vida misma —que rehúye, por sistema, el maniqueísmo tan propio de la mala literatura—, en Justin Hiriart encontramos un poco de todo.

Del primer álbum —Mar de sangre, cuyo guión se destaca por la simplicidad argumental, la linealidad narrativa y la presencia de numerosos topoi o lugares comunes bien característicos del relato de aventuras—, pasamos en los siguientes libros a una mayor complejidad de la trama. Hay, además, una cierta preocupación por ofrecer retratos algo más complejos de todos los personajes desde el punto de vista psicológico, al margen de los prototipos de siempre, aunque sin llegar nunca a lo patológico, ni a obstaculizar con ello el desarrollo de la acción: los buenos no lo son del todo —excepto, quizá, el propio Justin (que, de todas formas, es un individuo algo atormentado)— y los malos también tienen algo redimible en su forma de ser y actuar. Pero dado que la serie quedó truncada, no podemos saber cómo habría evolucionado ésta (y sus personajes) en futuros títulos.




Otra característica del trabajo de Harriet se refiere al interés por la documentación y la veracidad histórica. Al margen de todo lo relativo al argot propio de la náutica —imprescindible en este tipo de relatos y que está presente en cada uno de los cinco álbumes—, encontramos en Justin Hiriart referencias a la realidad cotidiana de los balleneros vascos —por ejemplo, expresiones y frases que eran habituales en ellos—, la utilización de conocidas anécdotas históricas que han llegado hasta nosotros y que Harriet incorpora hábilmente al guión —recuerdo, entre otras, la costumbre de saludar irónicamente burlándose de los sacerdotes (y no digo más, para no destripar la sorpresa)—. Todo ello son elementos que contribuyen a dar verosimilitud a lo que ocurre y a ambientar el relato, pero sin caer tampoco en el excesivo didactismo, riesgo principal de cualquier cómic con marcada ambientación histórica, como es éste.

Para recrear todo el universo de ficción imaginado por Harriet, Paco Fructuoso desplegó un estilo que entronca con esa corriente historietística deudora de la escuela denominada de "línea clara", en su vertiente "seria" o "realista" (3); esto es, aquella por la que han transitado —con sus peculiaridades y diferencias lógicas— autores como Edgard Pierre Jacobs, Jacques Martin, Gilles Chaillet, Michel Blanc-Dumont, André Juillard, Vittorio Giardino, Yves Swolfs, Patrice Pellerin y otros. Artistas, todos ellos, cuya máxima preocupación es la definición precisa de la línea, a través de un dibujo limpio, sobrio, depurado y generalmente bastante canónico, que suele renunciar a los tonos intermedios (esto es, al tramado), a las manchas de negro, o a los fuertes efectos de contraste entre sombra y luz a través de la tinta, confiando el acabado de los mismos al color. Por supuesto, todas estas características no siempre están presentes, con absoluta pureza, en el trabajo de Fructuoso, pues el dibujante murciano tiene su particular modo de solucionar cada problema que se le presenta, de modo que no renuncia, por ejemplo, al empleo de tramados y negros para reforzar determinadas viñetas, o lograr volúmenes en ciertos objetos. Y lo mismo ocurre con el color que, a diferencia de la escuela de "línea clara" más clásica —en la que los colores suelen ser planos y poco expresivos—, es aplicado por Fructuoso de modo muy pictórico; esto es, modelando con él formas y volúmenes —a través de aguadas y gradaciones de tonalidad (aplicadas, si no recuerdo mal, con acuarelas líquidas y tintas de color)—, lo que otorga buena parte de su potencial expresivo al dibujo y sirve para completarlo. En este sentido, a mi entender, Paco se muestra mucho más próximo a artistas como Juillard, Giardino, Swolfs o Pellerin, que a Martin, Jacobs y otros.




Aunque la mayor influencia que podemos detectar en su trabajo —reconocida por él mismo— es la ejercida por el parisino François Bourgeon, maestro de maestros y auténtico puntal en el auge que el cómic histórico y de aventuras experimentó durante la década de los pasados años 80. Autor a quien debemos dos obras maestras como son Los pasajeros del viento (Les Passagers du vent, 1979-1984 y 2009-2010) y Los compañeros del crepúsculo (Les Compagnons du crépuscule, 1984-1990). De ambientación bajomedieval esta última, es a la primera a la que Fructuoso debe buena parte de su inspiración en Justin Hiriart, pues en ella los paisajes y, sobre todo, el mar adquieren una importancia superlativa, hasta el punto de convertirse en un personaje más de la historia (tal y como ocurre con nuestra serie). Aún recuerdo perfectamente la admiración con que, en nuestras charlas conjuntas, Paco me hablaba del tratamiento tan prodigioso que Bourgeon dio al mar en Los pasajeros del viento: su oleaje, el agua en permanente movimiento, la espuma borboteante en la cresta de las olas, las salpicaduras, la estela dejada por la quilla de las embarcaciones durante la navegación, sus distintos colores—del azul al verde esmeralda, pasando por los anaranjados y los rojos de los atardeceres— en función de la luz de cada momento... Pero la verdad es que, tras haber vuelto a repasar las viñetas de Justin Hiriart para redactar este prólogo, puedo afirmar con absoluta convicción y certeza que bien poco tiene que envidiar nuestro murciano al maestro galo a la hora de representar el mar, pues lo hace con una maestría, una perfección y una credibilidad tales que el resultado final raya, casi, en lo fotográfico. ¡Ah, y para los más despistados diré que el propio Fructuoso optó por autorretratarse en la figura del propio Justin (como percibirán quienes le conozcan en persona o hayan visto, alguna vez, una fotografía de él).



De entre todas las series que el prolífico Muro Harriet guionizó para dibujantes como Paco Fructuoso, Daniel Redondo, Miguel Berzosa, José Manuel Mata o Luis Astrain, ésta que ahora te dispones a leer, intrépido lector, es, seguramente, la que más éxito y renombre alcanzó, hasta el punto de que uno de los cinco álbumes que integran la obra (en concreto el cuarto) fue nominado en 1988 al Prix Alfred ―actualmente conocido como Fauve d’or―, una de las categorías que se conceden en el Festival Internacional de Angoulême desde el año 1976 para recompensar un álbum publicado en francés el año anterior. Justin Hiriart fue realizada entre 1981 y 1988, siendo Glénat la editorial que publicó todos los libros, cuyos títulos originales son Ecume du sang (1984), Le voyage maudit (1985), Le secret (1985), Le brûlot (1987) y Le navire de Satan (1988). En España, tal como dije antes, gracias a la editorial donostiarra Ttarttalo al menos pudimos conocer los tres primeros volúmenes: Mar de sangre (1983), Viaje maldito (1984) y El secreto (1985). Ahora, gracias a esta nueva edición integral, por fin podremos descubrir qué nos deparaban los dos títulos restantes y cómo proseguían las aventuras de estos intrépidos balleneros vascos que vivieron a principios del siglo XVII.



Toma asiento pues, querido lector, acomódate (si es posible) en un buen sillón orejero y dispón tu espíritu para sumergirte en una historia trepidante, cuyos verdaderos protagonistas son la aventura en estado puro, el mar y los amplios espacios salvajes. La única obligación que tienes es la de disfrutar.

Al menos es lo que desean los autores y éste que suscribe (tu seguro servidor), Alberich el Negro.

Madrid, agosto de 2015




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(1) Mariano AYUSO, «Los que empiezan. Fructuoso y Harriet con Mar de Sangre», en Sunday, nº 15-16 (Madrid, 1984), p. 36. Los personajes citados en último lugar son Andrés Cassinello Pérez ―militar que formó parte de los servicios secretos españoles y estuvo implicado en la lucha antiterrorista y en la crea-ción de los GAL― y el espía Luis Manuel González-Mata Lledó, que sirvió a diferentes gobiernos ―incluido el de Franco― en los años 50-70 del pasado siglo.

(2) Mariano AYUSO, ibid.

(3) No hace falta precisar —aunque lo hago, por si acaso— que utilizó aquí el término "línea clara" en un sentido estético muy amplio, alejándome por completo de conceptualizaciones tan restrictivas como las que propuso, por vez primera, Juan E. D'Ors en su «Manifiesto del Nuevo Renacentismo, o qué diablos es eso de la Línea Clara», La Luna de Madrid, nº 6 (abril 1984), pp. 34-35, y que luego volvió a reiterar en su ensayo Tintín, Hergé... y los demás, Ediciones Libertarias, Madrid, (2)2006 (1ª edición de 1988).

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Si desean ampliar un poco la información y conocer mejor al guionista de esta serie, pueden escuchar el siguiente programa de radio, que incluye una amplia entrevista con Gregorio Muro: