domingo, 16 de septiembre de 2012

TARZÁN SE CUELGA OTRA VEZ DE LAS LIANAS. NUEVA EDICIÓN ALEMANA DE BOCOLA



GRACIAS al amable comentario de uno de los visitantes habituales de este blog he podido confirmar que la editorial alemana Bocola va a lanzar el próximo mes de noviembre una nueva edición del célebre personaje creado por Edgar Rice Burroughs, recogiendo todas las etapas tebeísticas del mismo en su Golden Age, desde que Rex Maxon y Hal Foster iniciaran las aventuras del hombre-mono, hasta la época en que Burne Hogarth lo elevó a categoría de icono tebeístico, pasando por los dos años en que lo dibujó el puertorriqueño Rubén Moreira (Rubimor), para cubrir el vacío dejado por Hogarth tras su "espantá" del año 1945. Es decir, un período cronológico que abarca de 1931 a 1950 —según reza en la publicidad proporcionada por la editorial, que puede verse abajo— y al que debe añadirse todas las tiras dibujadas por Foster en 1928 (que también serán incluidas, como material extra, en el primer volumen) (1).



Están previstos diez volúmenes de 112 páginas cada uno (es decir, con dos años de producción por volumen), encuadernados en tapa dura y con un formato que ya quisiéramos volver a ver por estos lares: 26,35 x 35,40 cm. Y digo "volver", porque la edición de Bocola ha debido tomar como referencia la norteamericana de NBM (desde luego, su presentación es muy parecida), que ya fue utilizada en su momento por Ediciones B para lanzarla en nuestro país entre 1994 y 1995. Aunque, por desgracia, entonces sólo se llegaron a publicar cuatro volúmenes de 68 páginas (en los que, por cierto, no se incluía el trabajo de Rex Maxon, como tampoco se hizo luego en la posterior y más reciente edición de Planeta DeAgostini) (2). Así pues, por diseño y por dimensiones una edición similar a la de Ediciónes B (cuyos volúmenes, por cierto, llegaron a superar en tamaño a los de la editorial germana, pues medían 27 x 36,2 cm.). No obstante, en el caso de la presentación del material imagino que la cosa ya será distinta, pues en la citada publicidad promocional de Bocola se advierte a los futuros compradores de que las planchas han sido restauradas para recuperar el color original. El precio de cada uno de los volúmenes será de 29,90 euritos.

Es una lástima que la última edición de Tarzán en nuestro país —la realizada por Planeta— esté tan reciente, pues esta circunstancia hace que se reduzcan las posibilidades de que el gigante editorial pueda volver a editar este título clásico de los cómics de prensa norteamericana. Aunque nunca se sabe... En todo caso sería estupendo que Planeta volviese a colaborar con Bocola, tal como ya lo ha hecho en el caso de Prince Valiant, para ofrecernos esta nueva versión restaurada del Rey de la Jungla. Pero roguemos a Wotan para que, si esto ocurre, sea respetando las elegantes cubiertas originales en color verde y el formato grande, no vaya a ser que se les ocurra innovar ofreciéndonos otra versión coleccionable con lomos tipo "puzzle" y un tamaño más reducido.

Por su parte, los que lean bien alemán ya están perdiendo el tiempo en comprar este primer volumen de Bocola.

El Tarzán elegante, mesurado y clasicista de Harold Foster (el mejor, en mi opinión,
desde el punto de vista gráfico, sin olvidar los de Manning y Kubert)


El Tarzán troglodítico y neanderthalensis del pobre Maxon, siempre tan denostado (y con razón)

El destacable Tarzán de Rubimor. Un "Rey de la selva" de transición



El Tarzán histérico, barroco y exacerbado de Burne Hogarth (que, sin embargo, llevó a su punto álgido la serie)


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(1) Un adelanto de la novedad editorial la dio hace días otro visitante del blog, como bien puede verse aquí.

(2) En la de NBM creo que tampoco se incluían las planchas realizadas por Maxon, que van del 15/03/1931 al 20/09/1931, momento en que asume la realización de la serie el gran Harold Foster —con las consecuencias artísticas que todos conocemos—, cuya primera dominical está fechada el 27/09/1931.

jueves, 13 de septiembre de 2012

EL "CAPITÁN TRUENO" FÍLMICO LLEGA A FRANCIA



NUESTRO Capitán Trueno —del que, por una feliz casualidad, hemos estado hablando en este Nibelheim hace bien poco—, va a desembarcar próximamente en suelo galo, como consecuencia del lanzamiento, el 18 de octubre y en dvd, de la discutida y discutible película El Capitán Trueno y el Santo Grial, que dirigiera Alejandro Martínez el pasado año 2011. Prince Killian et le trésor des Templiers se titula el engendro en su versión francesa y ha dado lugar a diferentes reseñas en medios especializados, donde se destaca la trascendencia que esta creación tebeística ha tenido para la cultura popular española. En ActuaBD, por ejemplo, llegan a compararla, incluso, con personajes como Astérix o Tintín y le han dedicado un amplio artículo (muy documentado) cuya traducción creo que puede ser interesante para aquellos que no dominen la lengua de Molière y quieran estar informados. Así es que allá va el texto (los demás pueden leerlo aquí, en su versión original):


La gesta del Capitán Trueno


Didier Pasamonik

El lanzamiento en Francia del DVD
Prince Killian (Condor Entertainment, el 18 de octubre de 2012), título inglés de las aventuras de El Capitán Trueno, viene a recordarnos la importancia de este personaje que es, para España, el equivalente de nuestro Astérix o de nuestro Tintín.

Creado el 14 de mayo de 1956 por el guionista
Víctor Mora (nacido en 1931, en Barcelona, bajo el pseudónimo de Víctor Alcázar), y el dibujante Ambrós (Miguel Ambrosio Zaragoza, 1913-1992) para la colección Dan, una serie de fascículos populares publicados por Ediciones Bruguera, las aventuras de El Capitán Trueno comienzan en el año de gracia de 1191, durante la III Cruzada. Trueno es un cruzado al servicio de Ricardo "Corazón de León", camino de Tierra Santa.

Muy inspirado, sobre todo gráficamente, por Prince Valiant de Harold Foster, la serie propone un clásico trío de protagonistas constituido por el héroe sin miedo ni tacha (Trueno), por el forzudo simpático (Goliath) y el chiquillo intrépido y espabilado (Crispín). A su lado, el mago Morgano, mezcla de Merlín el Mago y de Leonardo Da Vinci y, sobre todo, la hermosa Sigrid, reina de Thule, que subraya el homenaje de los autores a la tira de Foster.

La serie despertó enseguida el interés de los lectores, hasta el punto de que Bruguera decidió publicarla el mismo año que en su revista insignia, Pulgarcito, en aventuras independientes paralelas.


Desde 1958, Capitán Trueno se convirtió en un fenómeno, obligando a Bruguera a reeditar sus primeros fascículos. Las ventas acumuladas de los fondos sobrepasaron el millón de ejemplares mientras que cada novedad alcanzaba regularmente la increíble cifra de 350.000 ejemplares por semana. La serie fue ilustrada por muchos dibujantes, entre los cuales podrían mencionarse Jesús Blasco, Luis Bermejo y J. Redondo.



En términos de notoriedad, se puede comparar Capitán Trueno con nuestro Tintín y si, en cierta medida, el reportero con tupé protegió a Hergé de las consecuencias de la depuración tras el final de la II Guerra Mundial, nuestro intrépido cruzado español salvó igualmente al guionista Víctor Mora.


Durante la guerra civil que desgarró a España en los años treinta y que condujo a la terrible dictadura del General Franco, el padre de Víctor Mora, Vincens Mora, tomó el camino del exilio con su familia, pero no sin antes haber estado internado en un campo de refugiados en Bram (Agde). La educación del joven Víctor se inició en Limoges, hasta el fatal día de 1941 en que su padre murió, precipitando su retorno a España.


Se comprende que, en estas condiciones, sus simpatías no estuvieran con el franquismo. Junto a su producción historietística realizó actividades clandestinas antigubernamentales, hasta el punto de que fue arrestado y detenido, él y su compañera, por la temible policía franquista, como sospechoso —si uno cree el acta de detención— de ser "comunista y francmasón". Pero cuando la policía política supo que había detenido al creador del famoso Capitán Trueno le liberó inmediatamente...


Traducidas al alemán, al italiano, al portugués, al griego y al neerlandés, las aventuras de El Capitán Trueno también lo fueron al francés en Amigo, en 1964 (38 fascículos editados por la Société Française de Presse Illustrée, SFPI), bajo el título de Capitaine Tonnerre [Capitán Trueno]. [Apareció también] en la revista Tornade en 1968, por el mismo editor, bajo la etiqueta Ivanhoé de las ediciones Aventures et Voyages en 1970; bajo el nombre de Yann Cyclone, de nuevo bajo la cabecera Amigo en 1980; después bajo la forma de nuevos álbumes publicados por las ediciones Vaisseau d'Argent [Barco de plata], con un álbum en formato franco-belga, en un grafismo realista, pero ilustrado por el dibujante americano John M. Burns, bajo el título de Trueno, el paladín: la bruja de Anubis.



Por otro lado, es sabido que Víctor Mora hizo una brillante carrera en Francia, especialmente con las series de ciencia ficción
Dany Futuro (con Carlos Giménez), el western Sunday (con Víctor de la Fuente), Los ángeles de acero (con Víctor de la Fuente), Las crónicas del sinnombre (con Luis García), Los inoxidables (con Antonio Parras), Taranis (con Carlos Marcello), sin contar las aventuras de la tenebrosa Felina, escritas para Annie Goetzinger...

Esta película, adaptada de sus aventuras, no se estrenó en salas francesas. Está realizada por
Antonio Hernández (director de Los Borgia) y el papel titular está encarnado por Sergio Peris Mencheta.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

"MOSES UND ARON", DE SCHÖNBERG, POR FIN EN MADRID



Moses und Aron, ópera en tres actos, con libreto y música de Arnold Schönberg, basado en el libro del Éxodo de la Biblia.— Dirección musical: Sylvain Cambreling.— Intérpretes: Franz Grundheber (Moses), Andreas Conrad (Aron), Johanna Winkel (Una joven), Elvira Bill (Una inválida), Jean-Noël Briend (un joven), Jason Bridges (Un joven desnudo), Andreas Wolf (Otro hombre / Un efraimita), Friedemann Röhlig (Un sacerdote), Johanna Winkel, Katharina Persicke, Elvira Bill y Nora Petrocenko (Cuatro vírgenes desnudas), Johanna Winkel, Katharina Persicke, Elvira Bill, Jason Bridges, Andreas Wolf y Friedemann Röhlig (Seis voces solistas).— EuropaChorAkademie. SWR Sinfonieorchester Baden-Baden - Freiburg.— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 7 de septiembre de 2012.— En versión de concierto.


EL pasado viernes se abrió en Madrid la nueva temporada 2012/2013 del Teatro Real, con una función de considerable importancia histórica, pues se ofrecía en la Villa y Corte, por vez primera, una obra nunca vista por estos lares: Moses und Aron, del compositor austríaco Arnold Schönberg (1874-1951). Es curioso, aunque tampoco debería sorprendernos, pero la única vez que se ha representado en nuestro país esta fundamental pieza del repertorio operístico del siglo XX fue en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, el 29 de noviembre de 1985. Así pues, un importante acontecimiento musical —resaltado, además, por la circunstancia de que se celebra ahora el 15º Aniversario de la reapertura del teatro madrileño— y que un servidor, como buen aficionado a la lírica, no estaba dispuesto a perderse bajo ningún concepto. Y lo cierto es que la cosa tenía su complicación, porque el Real sólo ha programado dos funciones (en versión de concierto, además), con lo cual se hizo verdaderamente difícil conseguir la entrada en su momento (1). Pero todo terminó saliendo bien, de lo cual me alegro. Con este inicio de temporada, el director artístico del coliseo lírico madrileño —el inefable y polémico Mortier— vuelve a apostar por alejarse (y alejarnos a los aficionados) de los cartelloni más tradicionales. Pero no nos quejaremos demasiado en esta ocasión, pues su propuesta de temporada ha sido mucho más equilibrada que la precedente. Y eso es de agradecer. Ahora vayamos ya a lo que, de verdad, importa.

Schönberg en 1948
Moses und Aron es una obra de fuerte compromiso en doble dirección: compromiso estético, desde luego —pues supone una reafirmación de la teoría compositiva dodecafónica elaborada por Schönberg—, pero sobre todo político, ya que su composición responde a una obsesión personal del músico, derivada de su identidad judía y del complejo proceso de conversión religiosa personal que experimentó a lo largo de su vida. Nacido en el seno de una familia judía librepensadora, Schönberg vivió en el agnosticismo durante sus primeros años, hasta el momento en que se convirtió al protestantismo (1898), antes de contraer matrimonio en 1901 con Mathilde, hermana del también músico Alexander von Zemlinsky. Posteriormente, a medida que el antisemitismo latente en las sociedades germánica y austríaca empezó a manifestarse de manera más abierta y agresiva, Schönberg inició un proceso de retorno a sus raíces religiosas familiares como gesto de rebeldía y solidaridad con los judíos, hasta el extremo de terminar derivando en una nueva conversión —esta vez al judaísmo— que se materializó en el verano de 1933, durante una ceremonia celebrada en una sinagoga de París, cuando ya estaba exiliado, y en la que Marc Chagall actuó como testigo. Es indudable que la llegada de los nazis al poder aceleró ese camino de vuelta a la fe de sus antepasados, pero en realidad todo se había iniciado mucho antes de 1933, y respondía a un lento proceso de reflexión personal y de profundización en un problema —el religioso— que preocupó especialmente al compositor a lo largo de su vida.

 Schönberg, que también nos dejó obra pictórica, aparece aquí
retratado por el magnífico pintor Egon Schiele (1917)


Todo esto queda perfectamente ejemplificado en la obra Der Biblische Weg (El camino bíblico), que Schönberg escribió en 1926-1927 para dar una contundente respuesta al incremento de unos sentimientos antisemitas que él mismo había experimentado en primera persona, durante un incidente ocurrido en la localidad austríaca de Mattsee, cuando fue expulsado de un hotel por el simple hecho de ser judío. En dicha obra, que sólo conocemos por referencias, el personaje principal —Max Aruns (nombre propio creado a partir de la alteración fonética de los miticos nombres de Moses y Aaron)— viene a ser una sublimación de esas dos grandes figuras de la epopeya hebrea, y estaba parcialmente inspirado en la figura de Theodor Herzl, fundador del moderno Sionismo político. Así pues, una obra de claro contenido político, en la que Schönberg ya hacía público su compromiso con el judaísmo y que iba a tener un reflejo inmediato en su gran composición dramática —el Moses und Aron que estamos comentando—, al servir como fuente principal para el libreto de esta última ópera.

Moisés y Aarón, según la versión fílmica de la ópera, realizada por Jean-Marie Straub y Danièle Huillet en 1973


Schönberg toma como base de su texto el libro del Éxodo, aunque utilizando sólo algunos pasajes del mismo (básicamente los relativos a la zarza ardiente, los prodigios realizados por Aarón, la salida de Egipto, la entrega de las Tablas de la Ley y el becerro de oro). La acción narra la huida del pueblo hebreo de Egipto y la proclamación de los Diez Mandamientos como su ley suprema, ahondando en la cuestión de la esencia y expresión de la fe, a través de los dos personajes contrapuestos de Moisés (símbolo de la religiosidad estricta, profética, carismática, pura, espontánea, contemplativa e intransigente) y Aarón (que personifica la religiosidad pragmática, posibilista y sacerdotal, siempre dispuesto a renunciar a ciertos principios para ganar adeptos). Es decir, que nos hallamos ante una profunda reflexión sobre cierto tema que ha preocupado durante siglos a los espíritus religiosos: la dialéctica implícita en el conflicto entre palabra y acción, o entre espiritualidad contemplativa y activa (o, hablando en términos más prosaicos, entre el intelectual y el hombre de acción). En resumen: lo que en las tres religiones monoteístas se ha denominado siempre la dialéctica entre uita actiua y uita contemplatiua. Partiendo de este problema fundamental, el compositor también reflexiona sobre la esencia del monoteísmo puro y el problema de la creencia en un Dios absoluto, abstracto y no sensorial, cuya existencia sólo puede aceptarse a través de la pura fe. Desde este punto de vista, y tal como concluye la ópera (que está inacabada, por cierto), no puede afirmarse que el mensaje de Schönberg fuera demasiado optimista al respecto, pues el telón cae ante un Moisés que confiesa abiertamente su derrota, recitando ante el auditorio un lapidario monólogo que resulta estremecedor:
«¡Dios irrepresentable! / ¡Idea ambigua e inexpresable! / ¿Consientes esta interpretación? / ¿Puede Aarón, mi boca, crear esta imagen? / ¡Entonces me he formado una falsa imagen / como solo [sic] puede serlo una imagen! / ¡He sido, pues, derrotado! / ¡Todo lo que he pensado / no era entonces más que demencia / y no puede ni debe ser dicho! / ¡Oh, palabra, palabra que me abandona!».

Pero también cabría hacer una interpretación diversa y algo más optimista (es lo que tienen las obras que, por diversas circunstancias, han quedado abiertas): y es que si tomamos en cuenta el texto del acto III —que fue el que no llegó a musicar Schönberg— llegaríamos a un final mucho más esperanzado. En él se desarrolla una breve escena de tenso diálogo entre Aarón (que aparece encadenado y custodiado por dos guardias) y Moisés, cerrándose con la muerte repentina del primero (sin que se aclare cuál es el motivo) y una admonición final del segundo al pueblo judío, advirtiendo a sus integrantes de la necesidad de permanecer solos, unidos y alejados de otros pueblos:
«Siempre que os mezcláis con otros pueblos / y utilizáis vuestros dones, / que fuisteis elegidos para poseer / a fin de luchar por la idea de Dios, / y utilizáis vuestros dones con fines / falsos y fútiles, para participar / en contiendas con pueblos extranjeros / en sus viles placeres, siempre que abandonáis / la ausencia de deseo del desierto / y vuestros dones os han conducido / a la [sic] más altas cimas, siempre volveréis / a caer derribados como consecuencia de / ese uso erróneo, de vuelta al desierto [...]. Pero en el desierto sois invencibles / y alcanzaréis la meta: / en unión con Dios».

Theodor Herzl (1860-1904)
De estas palabras bien podríamos deducir que el mensaje final de Schönberg quería ser una llamada al judaísmo para advertirle que no debía (ni podía) pensar ya en la "asimilación" como medida de convivencia con los gentiles (conclusión a la que había llegado Schönberg después de sus traumáticas experiencias vitales con el antisemitismo y antes, incluso, del acceso de los nazis al poder). Es decir, que el músico austríaco se nos aparecería así claramente identificado con los postulados del Sionismo político moderno elaborados por el ya referido Theodor Herzl —según los cuales era necesario el establecimiento de una nueva patria para el pueblo judío en la Tierra de Israel (Eretz Israel)—, y su obra sería una apología del judaísmo sionista. Desde esta última perspectiva, también cabría considerar que el posibilismo de Aarón en la ópera —ese pragmatismo que le lleva, por ejemplo, a consentir la fabricación del becerro de oro— sea una metáfora del posibilismo practicado por aquella parte del judaísmo que venía defendiendo la idea de que, a través de la "asimilación", los judíos podrían llegar a convivir en paz con los gentiles. Una alternativa que, en todo caso, quedó completamente aniquilada tras el Holocausto llevado a cabo por los nazis durante la II Guerra Mundial.

Sea de una u otra forma, quizá tampoco deberíamos elucubrar demasiado al respecto en torno al texto del último acto del libreto, pues sabemos que para Schönberg lo más importante fue la música durante el proceso de composición de la ópera. Tal como ha señalado Santiago Martín Bermúdez en un magnífico artículo dedicado a la obra:
«Schoenberg escribía su libreto, pero lo modificaba según componía, y la música era el drama; no es el libreto el drama, sino las líneas vocales, tramas contrapuntísticas, tejidos orquestales y vocales que salen a partir de su composición. Es más: ni siquiera podemos estudiar Moisés y Aarón con la lectura del libreto; esto es, si quisiéramos prescindir de lo musical y atenernos a lo dramático, no comprenderíamos el fondo (no digamos ya la forma) de esta obra, porque lo dramático se da a través de lo musical, de lo lírico, empezando por la incomprensión que induciría la lectura al no tener en cuenta cómo canta Aarón y cómo "recita" Moisés. En consecuencia, ese tercer acto puede muy bien ser sacrificado en una escenificación, y así se ha hecho a menudo» (2).

Todos estos sentimientos tan intensos y contradictorios los expresa Schönberg a través de dos líneas vocales bien distintas para cada uno de los dos personajes protagonistas: la de Moisés —voz de bajo o barítono con buenos graves, aunque en la partitura no especifica sino que debe ser un intérprete que utilice el "canto hablado"— utiliza, a lo largo de toda su particella, un canto parlato o recitado rítmico (Sprechgesang) que refleja a la perfección su personalidad reflexiva, autoritaria, mesiánica, rígida, perentoria e inflexible. El rol de Aarón, por el contrario, está encomendado a la voz de un tenor con reciedumbre (no necesariamente heroico), capaz de hacer frente a un canto muy exigente, con elevada tesitura y lleno de saltos interválicos y expresiones melismáticas. Así pues, desde un punto de vista puramente operístico (o belcantista) bien podríamos decir que el verdadero protagonista de la obra es Aarón, pues no sólo interviene durante más minutos que Moisés, sino que también conduce la acción desde el punto de vista musical y dramático. El resto de caracteres tiene una importancia menor —llegando a ser algunos de ellos simplemente anecdóticos—, si exceptuamos al coro, que actúa como un personaje más y cuyas numerosas intervenciones no carecen de interés musical y de trascendencia dramática. A él le están encomendadas las partes en que habla Jehová a través de la zarza ardiente, el pueblo hebreo —responsable fundamental de las reprobables acciones que dan al traste con la misión de Moisés— y los Setenta Ancianos de la Revelación. Y para ello la masa coral es organizada por Schönberg de manera muy variada y completa (antes por grupos que por tesituras), con el fin de otorgar la expresividad necesaria en cada caso. Así tenemos un pequeño conjunto de seis cantantes solistas que actúan como narrador; un coro de cuatro voces (entre las que se incluyen niños) que recrean la voz de la zarza ardiente utilizando el Sprechgesang; un gran coro mixto para representar al pueblo hebreo; otro de bajos para cantar las partes de los Setenta Ancianos; un coro de mendigos (contraltos y bajos), otro de viejos (tenores), el coro de los príncipes (hombres a cuatro voces) y el de los hombres desnudos que bailan para celebrar la fabricación del becerro de oro. Es decir, una variedad coral de enorme prestancia que actúa como vehículo transmisor de la colectividad y de la grandeza omnipresente de Dios (posibilidad esta última sobre la que se puede elucubrar, al ver que Schönberg decidió emplear para ello un coro de voces heterogéneas y muy contrastadas que representan la voz de la divinidad).

Schönberg haciendo correcciones

Desde el punto de vista instrumental, la obra presenta una exuberancia, ampulosidad y riqueza de elementos musicales realmente apabullante. Y no sólo por el enorme número de intérpretes que se requiere para su correcta interpretación —al escenario del Real subieron 230 músicos (entre orquesta y coro), a los que hay que añadir los 10 cantantes solistas, así como bailarines y figurantes para representar las diferentes escenas que recorren el libreto—, sino por la variedad de formas y recursos musicales de los que hace gala Schönberg. Partiendo de una base dodecafónica previa y meticulosamente elaborada, el compositor austríaco levanta un edificio de escrupulosa precisión y considerable opulencia orquestal, que abre el camino para la renovación total de la ópera como género. No podemos detenernos aquí a enumerar la enorme cantidad de elementos expresivos que Schönberg introduce en su partitura —por lo que remitimos al erudito estudio que Rainer Peters firma en el programa de mano que ha publicado el Teatro Real coincidiendo con estas dos representaciones (3) y a un artículo no menos docto de Manuela Mesa (4)—, pero sí nos gustaría señalar que, pese a la dificultad intrínseca en una música que se apoya en el sistema dodecafónico y en la estructura serial, la obra resulta bastante accesible y cómoda para el oyente, posiblemente porque posee una potencia dramática de primer orden que enseguida consigue captar toda su atención. Además hay varios momentos quasi sinfónicos en los que Schönberg se nos muestra especialmente inspirado y descriptivo (por ejemplo en el gran ballet del segundo acto, con la frenética danza en torno al becerro de oro).

El escenario del Real lleno a rebosar con todos los intérpretes que exige la partitura


El hecho de que Moses und Aron quedara incompleta ha sido un factor decisivo a la hora de explicar la tardía difusión de la obra. De hecho, no llegó a representarse nunca en vida de su autor, pues éste siempre manifestó su deseo de concluirla. La primera vez que se interpretó en público uno de sus pasajes fue en la ciudad alemana de Darmstadt, el 2 de julio de 1951, eligiendo para ello la "Danza en torno al becerro de oro". El estreno íntegro tuvo lugar en versión de concierto en Hamburgo, el 12 de marzo de 1954, con Hans Herbert Fiedler en el papel de Moisés y Helmut Krebs en el de Aarón, bajo la dirección de Hans Rosbaud. Hubo que esperar tres años más, al 6 de junio de 1957, para que se realizara la primera representación escenificada, que tuvo lugar en la ciudad de Zurich, de nuevo con Fiedler y Rosbaud, a los que se sumó Helmut Melchert como Aarón. Fuera de los países de habla germana, el primer teatro que la incluyó en cartel fue el Covent Garden de Londres, donde la dirigió Georg Solti el 28 de junio de 1965. El salto a Estados Unidos se produjo a través de Boston, donde fue representada el 30 de noviembre de 1966, aunque no sería hasta 1999 cuando la obra subió al escenario de la MET de Nueva York.

Moses und Aron en una reciente representación de la Bayerische Staatsoper 
(junio de 2006), con John Tomlinson como Moisés y John Daszak como Aarón


A nivel orquestal, la versión que tuvimos la fortuna de ver el pasado viernes fue más que correcta. Hay que tener en cuenta que la Orquesta de Baden-Baden/Friburgo —a cuyos integrantes ya pudimos escuchar en el Saint-François de Asisse del pasado verano de 2011— y el EuropaChorAkademie son auténticos especialistas en este tipo de repertorio contemporáneo y lo tienen bien preparado. Ese ha sido, al menos, el argumento esgrimido por Gérard Mortier para explicar la ausencia de los cuerpos estables del Teatro Real (la Orquesta Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo) en estas dos funciones: que aún no tienen la experiencia necesaria para afrontar la partitura de Schönberg con el nivel de calidad que requiere. De ahí la necesidad de la sustitución, según el gestor belga. Pero, a decir verdad, y hablando del coro traído especialmente para la ocasión, puede afirmarse que no hicieron mucho más de lo que podría haber hecho nuestro coro titular del Teatro que, desde hace un tiempo, se mueve a un nivel altísimo de calidad. ¿Nueva desconfianza prejuiciosa de Mortier hacia los medios y músicos españoles? En fin, Serafín. De todas formas, el resultado final fue especialmente brillante a nivel musical, y eso que los profesores tuvieron que bregar con una partitura complicada y exigente de verdad. Cumplieron un gran papel las cuerdas —a destacar, por ejemplo, esa sección en un variado e imaginativo staccato que deben interpretar los contrabajos en el primer acto— y, sobre todo, la sección de percusión, que tiene encomendados numerosos pasajes.

 Otra imagen del escenario del Real de Madrid durante estas funciones


Igualmente bregado en este tipo de repertorio está Sylvain Cambreling, al que también pudimos ver dirigiendo esta misma orquesta en el citado Saint-François. Aunque el francés se mostró mucho más inspirado en aquella ocasión, no puede negarse que conoce a la perfección la partitura schoenbergiana. Bastó con verle saltar y moverse sobre el podio directorial al unísono con las escurridizas notas del xilófono (que tiene su parte importante en esta obra) para darse cuenta de ello. En resumen: demostró gran afinidad con la obra y un desarrollado sentido de la concertación dada la complejidad de la partitura. Y, por todo ello, fue el más aplaudido.

Cambreling "dando caña" a la orquesta

El Moses del veterano barítono alemán Franz Grundheber resultó impecable, por expresividad y medios vocales. Como ya he señalado arriba, su particella no es especialmente dificultosa a nivel lírico —pues todo el texto está recitado, según dijimos antes—, pero requiere de un intérprete dúctil, comunicativo, con sentido dramático (pero sin exceso de melos) y que sepa transmitir la trascendente gravedad del personaje. En este sentido Grundheber resultó ser ideal para un rol que ya tiene muy trabajado y cuyo texto supo cincelar de manera extraordinaria, reflejando en cada momento todos los matices anímicos del personaje. Ello explica que nos condujera, conmovidos, hasta el final de la obra y que el lamento con el que se cierra ésta mientras cae el telón —acompañado por una nota sostenida de los violines en piano— resultara sobrecogedor. Muy bien

El Aron del tenor Andreas Conrad —a cuyo nombre le suprimió Schönberg una "a" por pura supersticion, para evitar que el título de su obra tuviera trece letras— fue también muy interesante. En realidad puede afirmarse que se trata del verdadero protagonista de la ópera —como ya hemos insinuado antes— y que ha de lidiar con una partitura muy exigente y llena de dificultades. Su voz corrió sin problemas por toda la sala, dando cuerpo a ese canto perentorio y agitado, lleno de saltos interválicos y melismas, que Schönberg propuso para él. Personalmente me gusto menos que Grundheber, pero he de reconocer que estuvo estupendo en sus dúos con él.

Grundheber y Conrad, los grandes protagonistas de la velada
(junto con Cambreling) en un momento de la representación


El resto de intérpretes estuvo bien, contribuyendo al éxito final de unas funciones que podrían haber adquirido la condición de auténticamente históricas si se hubieran ofrecido en mayor número y con un montaje escénico, pues hay suficientes elementos dramáticos en el libreto y situaciones potentes de sobra para darse cuenta de que, en versión escenificada, la ópera gana considerables enteros. El propio Schönberg era consciente de la importancia que tenía este factor para la presentación correcta de su obra, de modo que cuidó dicho aspecto con gran detalle, incluso mientras componía la partitura. En este sentido, refiriéndose a las partes bailadas para la gran escena del becerro de oro y a la tiranía de los regisseurs (¿no les suena a ustedes esto de algo?), el 8 de agosto de 1931 escribía en los siguientes términos a su discípulo y amigo Anton Webern:
«he tenido mucho trabajo con la cabal puesta a punto de la escena de la "Danza del becerro de oro". Querría dejarles lo menos posible a los nuevos soberanos del arte teatral, a los directores de escena, y así también he pensado en la coreografía en la medida de lo que me es posible. Pues todo está muy descuidado, y el autoritarismo de estos "ayudantes" y su falta de conciencia llegan a ser superados sólo por su falta de cultura y su impotencia» (5).

Para cerrar esta crónica me gustaría dedicar unas líneas al personal del Teatro Real, deseando que no sigan produciéndose más regulaciones de empleo y que, por tanto, resulte innecesario manifestarse en contra de ellas, como hicieron algunos de los empleados (¿ya despedidos?) fuera del coliseo antes de iniciarse la función. Ya en el interior de la sala una joven habló en nombre de los trabajadores, recordando, de manera muy educada, que gracias a su esfuerzo y buena voluntad habían podido seguir adelante las dos funciones (que peligraron por amenaza de huelga, como ya ocurrió con las de Cyrano de Bergerac). Al parecer —yo no lo oí— otra persona quiso tomar también la palabra, pero no tuvo ocasión de hacerlo. Como siempre, hubo entre el público quien —falto de la más mínima sensibilidad hacia la desgracia ajena (a la postre la interrupción sólo duro unos minutos)— gritó diciendo que no estaba allí para oír declaraciones panfletarias. Pero, afortunadamente, fue silenciado por otros espectadores y, sobre todo, por un aplauso unánime que siguió a la intervención de la mujer ya mencionada. Claro, que siempre hay quien puede superar a estos disconformes de primera línea, llegándose a sentir molestos, incluso, por el simple hecho de que los trabajadores se manifestaran en los exteriores del Teatro. Es el caso de José Catalán Deus, que en su crónica de las funciones y mostrando la delicadeza de una alpargata, ha escrito algo tan sorprendente y falto de empatía con la desgracia ajena como esto: «protesta laboral intolerable e injustificable, que como otras de parecido tenor de gremios que se resisten a arrimar el hombro en la superación de esta merecida crisis, causa vergüenza ajena». Ahí queda eso. Debemos deducir que, según Catalán, los trabajadores del Real no sólo no tendrían que defender sus puestos de trabajo, sino que deberían entregarlos gustosamente como ofrenda a su parte alícuota de sacrificio por causa de una crisis que, a juzgar por el tono del párrafo, nos merecemos más que el Egipto faraónico las plagas bíblicas. En fin, Serafín, esto es lo que hay. Imagino que, en el fondo, lo que debió molestarle al columnista es que le estropearan el glamour de una tarde de ópera en el Real, porque de otro modo no se entienden sus palabras. "¡Puaj, cómo afean la Plaza de Oriente esos manifestantes!", debió de pensar. "¡Y con tantos alemanes viéndolo! ¡Van a pensar que los españoles siempre andamos de jarana! ¡Vaya ejemplo para convencerles de que estamos haciendo los deberes!". Pero es que la situación no es para menos, sinceramente. ¡Y pocas cosas ocurren, si nos paramos a reflexionar en todo lo que nos están haciendo a los de siempre...! ¡En realidad, lo que me sorprende es que las calles no estén ardiendo ya (como la zarza)! (6).

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(1) La segunda representación fue el domingo, y se retransmitió por Radio Clásica de RNE.

(2) MARTÍN BERMÚDEZ, Santiago, «Dios: el canto y la palabra», en Intermezzo, revista de la Asociación de Amigos de la Ópera de Madrid, Madrid, 2012, p. 187.

(3) PETERS, Rainer, «Moisés: creador de un pueblo», en Moses und Aron, Madrid, 2012, pp. 28-31.

(4) MESA, Manuela, «Las obras dramáticas de Schönberg (y 5). Las obras dramáticas de Arnold Schönberg o la presciencia de la ópera futura: Moses und Aron», en la revista on-line OpusMusica, nº 7, julio-agosto, 2006 (pinchando en el siguiente enlace).

(5) Citado en «Arnold Schönberg. Cartas en torno a Moses und Aron», artículo incluido en el programa de mano del Teatro Real, Madrid, 2012, p. 49.

(6) Muy aconsejable (como casi siempre) la crítica firmada por Luis Gago. Pueden leerla pinchando aquí. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

TEBEOS Y NOSTALGIA: UNA ECUACIÓN INEVITABLE ¿Y CONVENIENTE?




LA salida a la venta del último coleccionable de Planeta DeAgostini —dedicado a nuestro mítico y castizo Guerrero del Antifaz—, así como algún comentario publicado en la entrada testimonial (y alegórica) que dediqué hace unos días a hacerme eco de dicha noticia, me han hecho pensar en la conveniencia de redactar este pequeño comentario, con el objeto de plantearles la siguiente disyuntiva:
¿Son realmente tan buenos como se dicen ciertos tebeos de nuestra infancia, o bien es que los miramos con más nostalgia (bendito sentimiento) y pasión que objetividad?



Personalmente, y aunque soy plenamente consciente de la importancia que El Guerrero del Antifaz ha tenido para la historia del tebeo español, nunca he sentido especial simpatía por la mítica obra de Manuel Gago. Me ha parecido un tebeo bastante normalito, mediocremente dibujado (en casi todas sus etapas, aunque mucho peor al principio, claro está) y entretenido sólo a ratos. Y conste que esto ya me ocurrió, incluso, cuando era niño y lo leí por vez primera (luego tampoco he repetido demasiado, la verdad sea dicha). De ahí —e imagino que ya se habrán dado cuenta de ello— el escaso interés que ha despertado en mí la aparición del citado coleccionable "planetoide".



Es verdad que la situación de la historieta en España entre los años 40 a 60 —recordemos que El Guerrero del Antifaz aparece, por vez primera, en 1943 (según la opinión mayoritariamente aceptada)— no era demasiado boyante, ni estaba para muchas alharacas. Asimismo, el nivel de exigencia del público de la época se movía en parámetros muy modestos y el tono general de los tebeos resultaba demasiado anodino e inocentón, por lo que el panorama, en general, apenas si resiste una mínima comparación con lo que se hacía entonces no sólo en EE. UU —¡imaginense: Foster, Raymond, Caniff, Eisner, Robbins, Drake, Barry, Kirby, Kubert, etc.—, sino incluso en otros países europeos, como Francia, Bélgica o Italia. De todos modos, incluso dentro de nuestra "piel de toro" hubo otros artistas coetáneos a Manuel Gago que hicieron obras bastante más interesantes y de mucho mejor factura que las del ilustre vallisoletano. Pienso, por ejemplo, en Boixcar y su Flecha Negra (por citar sólo uno de sus títulos más conocidos y temáticamente relacionado con El Guerrero del Antifaz), en Eduardo Vañó con su Roberto Alcázar y Pedrín (que tampoco era para tirar cohetes, ni gráfica ni argumentalmente, pero creo que supera a la creación gagiana por variedad temática o argumental y, sobre todo, por la riqueza de sus fuentes de inspiración), en Ambrós (magnífico dibujante en su etapa madura y muy superior a Gago desde el comienzo), en Giner (insuperable y, posiblemente, el mejor dibujante naturalista que dio España en aquella época), en Darnís y su Jabato, en Iranzo (cuyo enérgico y personal trazo le permitía superar todas sus carencias), etc. Y esto por hablar, únicamente, de los dibujantes en estilo realista.



Ahora bien, insisto en que reconozco los méritos de El Guerrero, por lo que me identifico plenamente con lo que podemos leer en una magnífica y precisa entrada de El lector impaciente, donde se comenta esta última edición "planetoide", destacando
«la habilidad de Gago para construir la historia y dotarla de una complejidad que va más allás del "muere, perro" que a algunos les gustaría hacernos creer. Gago cuida especialmente el sentido del ritmo y sabe ensalzar las virtudes de un estilo de dibujo elegante y fluido que parece tener en autores de la talla de Hal Foster y Alex Raymond sus principales referentes, así como ocultar sus deficiencias para ponerse en todo momento al servicio de la historia y los personajes».

En fin, Serafín. No seré yo quien vaya a utilizar el concepto "elegante", para referirme al rudimentario estilo (sobre todo al principio) de Gago, pero conste que, en lo básico, estoy completamente de acuerdo con la lectura que de esta obra clásica del tebeo español ha realizado nuestro "impaciente" conbloguero PAblo.



En cualquier caso, es una buena noticia que se haya puesto en marcha esta reedición y espero, muy de veras, que todos los amantes de El Guerrero del Antifaz vuelvan a disfrutar de lo lindo con sus aventuras (o a conocerlas, si es la primera vez que se acercan a ellas). Sea de una u otra forma, quienes al final saldrán ganando son los lectores (por su disfrute) y los tebeos (por su promoción). Y eso es lo más importante.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

"TITANIC", DE ATTILIO MICHELUZZI... ¡¡CONFIRMADO!!



EL último boletín de novedades de Norma Editorial (correspondiente al mes de octubre) anuncia la publicación en España del Titanic de Micheluzzi, tal como adelantamos aquí hace unos meses. Una extraordinaria noticia de la que todos los aficionados tenemos que alegrarnos.


La edición base es la francesa realizada por Mosquito (24 x 30 cm. y 84 páginas), aunque, desgraciadamente, parece ser que Norma ha optado por reducir un poco el tamaño y el número de páginas (no así el precio). En todo caso, y como la diferencia no es mucha, habría que comparar ambas ediciones para saber cuál es el margen en cada una de ellas, cómo queda la mancha y a qué tamaño se presentará la española. Tendremos que aguardar, por tanto, al próximo mes de octubre para saber a qué atenernos. De todas formas, se trata de una magnífica novedad editorial que todos debemos celebrar, pues nos hallamos ante un clásico de la historieta europea cuya presentación en nuestro país era ya inexcusable, y que será lanzado aprovechando el centenario del hundimiento del célebre transatlántico (como ya se hizo en Francia). Seguiremos informando...


Postdata (incluida a las 12:35 horas)



Interesantísima, también, otra de las novedades incluidas en este mismo avance de Norma: la publicación del último trabajo de François Schuiten, cuyo título original —La douce— encierra un juego de palabras —la dulce (douce), la doce (douze)— que, me temo, se ha perdido en la traducción española: La doce. Historia dedicada a una locomotora de vapor modelo Atlantic type 12 (concretamente la número 12.004), en la que vuelve a cobrar un enorme protagonismo el universo tecnológico que tanto ha interesado siempre a Schuiten (al igual que la Arquitectura), y que dio lugar a la célebre serie de Las ciudades oscuras, que éste realizó en colaboración con su amigo Benoît Peeters. Se trata del primer trabajo realizado en solitario por el dibujante belga, que se ha encargado tanto del dibujo como del guión, y el lector interesado puede consultar una amplia y documentada reseña sobre el mismo en el siguiente enlace.