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martes, 19 de enero de 2016

UN "HOLANDÉS ERRANTE" DE GRAN CALADO EN EL AUDITORIO NACIONAL



El holandés errante (Der fliegende Holländer), ópera romántica en tres actos, con música y texto de Richard Wagner, inspirado en las Memorias del señor de Schnabelewopski (1831-1833), de Heinrich Heine.— Director musical: David Afkhan.— Director del coro: Miguel Ángel García Cañamero.— Intérpretes: Bryn Terfel (Holandés), Ricarda Merbeth (Senta), Andreas Bauer (Daland), Torsten Kerl (Erik), Pilar Vázquez (Mary), Dmitry Ivanchey (Timonel).— Coro y Orquesta Nacional de España.— Auditorio Nacional de Música de Madrid (Sala Sinfónica). Viernes, 15 de enero de 2016, 19:00 horas.


COMO todo buen aficionado a la lírica sabe, El holandés errante (Der fliegende Holländer) es la primera de las óperas compuestas por Richard Wagner que el genio de Leipzig consideró digna de pasar a la posteridad para ser representada, razón por la que se encuentra incluida en el denominado "Canon de Bayreuth" desde 1901 (1), ocupando el primer lugar, en razón de su fecha de composición y estreno (1843). Aunque algunos adversarios del músico alemán no terminan de comprender el gesto de haber repudiado sus tres primeras composiciones —Las hadas (Die Feen), La prohibición de amar (Das Liebesverbot) y Rienzi— y ven en él una mezcla de prejuicio y animadversión contra la ópera italiana y la Grand Opéra —cuya influencia se deja sentir en dichas óperas primerizas—, lo cierto es que la cesura impuesta por Wagner a partir de Der fliegende Holländer para marcar una diferencia entre lo que habían sido hasta ese momento sus trabajos musicales y lo que estaba por venir tiene bastante lógica, pues resulta evidente que con esta obra de 1843 el maestro dio un importante paso adelante en el camino hacia la elaboración de su teoría sobre el drama musical, que iba a terminar dando lugar a composiciones tan sorprendentes e innovadoras como Das Rheingold, Tristan und Isolde, Götterdämmerung y Parsifal.

Wagner en una litografía de 1843 (año en que se estrenó Der fliegende Holländer)


No puede negarse que El holandés errante —la historia de un fantasmal y misterioso marinero holandés condenado a vagar eternamente por los mares del mundo hasta encontrar el amor puro de una mujer que le pueda redimir del pecado cometido con la muerte— es una ópera romántica par excellence y que contiene todos los elementos estructurales típicos de la ópera tradicional; aquellos que, más por confirmar sus propias teorías musicales que por odio real, tanto llegaría a aborrecer Wagner. Así, en la obra encontramos arias, cavatinas, dúos, tercetos, números de coro, partes que podríamos denominar de recitativo... En fin, el corpus completo y característico de la ópera de toda la vida en su forma más tradicional y reconocible. Pero junto a ello aparecen otros elementos novedosos que terminarían siendo definitorios del arte wagneriano e iban a abrir el camino hacia nuevas fórmulas musicales y dramáticas. En primer lugar el modo en que se articulan los elementos recién mencionados, que no lo hacen por números —según el esquema habitual en la ópera italiana—, sino a nivel de escena, lo que otorga mayor unidad dramática a la acción. En segundo lugar la temática elegida —una leyenda (luego serán también los mitos germanos)—, que le permite a Wagner abordar temas arquetípicos y universales que le son muy caros: la redención, el perdón, el amor, la compasión, la Naturaleza como entidad primordial, el eterno femenino... En tercer lugar el preponderante papel jugado por la orquesta, que viene a ser un personaje más (en igualdad de condiciones con los cantantes) y tiene una importancia dramática de primer orden, lanzando continuos guiños al oyente-espectador a través de la armonía y las tonalidades utilizadas en cada caso. Por ejemplo —y como señala José Luis Téllez en el documentado artículo introductorio incluido en el programa de mano de estas funciones—, mediante el empleo de: «Tonalidades con bemoles (Re menor, Si bemol, La bemol, Fa menor, Sol Menor, Do menor...) para el mar y los personajes a él asociados, tonalidades con sostenidos (La mayor, Mi mayor, Sol mayor, Re mayor...) para los habitantes de la realidad terrestre», ofreciendo una oposición dialéctica entre Naturaleza/Mito vs Civilización/Historia que tendrá fecundas consecuencias en el futuro Anillo del nibelungo (2). Este peso de lo sinfónico —que no era nuevo en los compositores operísticos germánicos (pensemos, por ejemplo, en Carl Maria von Webern, o en Marschner)— iba a alcanzar cotas máximas precisamente con Wagner, quien incluye en sus obras piezas instrumentales de un alcance, un significado y una inspiración insuperables que resultan esenciales para el desarrollo de la acción dramática. Junto a ello podemos contabilizar también el empleo, más desarrollado aquí, del leitmotiv como elemento conductor de la acción; unidades melódicas recurrentes identificadas con ideas, objetos, situaciones o personajes de la acción y que aparecen en su totalidad incluidas en la soberbia obertura de la obra, que es de una intensidad descriptiva apabullante. Con razón dijo el director de orquesta Felix Mottl —quien estrenó El holandés errante en Bayreuth en 1901— que «por donde se abra la partitura el viento te pega en la cara». Aunque estos motivos conductores no llegan a tener aún aquí la importancia que habrán de adquirir posteriormente en otras obras de Wagner —especialmente a partir de Das Rheingold, donde toda la estructura musical se construye a partir de ellos y de sus infinitas variaciones— no dejan de ser importantes. Wagner los ordena por familias temáticas, otorgándoles un valor musical concreto y definitorio: todo lo que se refiere al desasosiego espiritual del Holandés, las tormentas, el destino, etc. está representado por motivos de cuartas y de quintas ascendentes; todo lo que remite a la paz del hogar, al reposo de los personajes, a la redención por el amor, etc. nos llega a través de un intervalo de tercera descendente. Y así de manera sucesiva.

La escena final de la ópera, según el estreno de Dresde, en 1843


Lo cierto es que el propio Wagner fue consciente de que con Der fliegende Holländer daba un paso fundamental en su carrera como dramaturgo y compositor, desde el momento en que confesó que con dicha obra se iniciaba su trayectoria como poeta y decía adiós «al papel de mero cocinero de textos de ópera» (3).

Las dos representaciones que la OCNE ha programado en el Auditorio Nacional para este título —una el día que comentamos, y la segunda el pasado domingo 17 de enero— aparecen integradas en el ciclo "Malditos", que se ha venido desarrollando a lo largo de esta temporada 2015/2016, y cuyo objetivo era el de diversificar las actividades de ambas formaciones musicales y abrirlas hacia nuevos repertorios, como es el caso de la ópera. Y, a juzgar por los resultados obtenidos el pasado día 15, podemos decir que han conseguido ambos objetivos con creces.

Wagner en la última etapa de su vida


El joven director germano David Afkham, flamante titular de la ONE, nos ofreció una lectura brillantísima y vibrante de esta gran partitura wagneriana (la primera que, como ya hemos dicho, abría el camino a las nuevas coordenadas creativas que el genio de Leipzig se había marcado desde el comienzo de su carrera). El uso variado e inteligente de las dinámicas, así como el empleo de tempi inspiradísimos y muy adecuados en cada momento dieron como resultado una interpretación de gran intensidad dramática y enorme teatralidad, lo que contribuyó a que entre el público asistente no echásemos de menos durante la función la ausencia de decorados. Bastó con una buena iluminación —sabiamente manejada para crear atmósferas—, un movimiento de actores inteligente —que les llevó a desplazarse incluso hasta por el patio de butacas— y algunos objetos referenciales y simbólicos sobre el escenario —el buque, la escopeta de Erik, la rueca de Senta, el retrato del holandés de la leyenda— para que viviéramos el drama en toda su intensidad. Extraordinarias las cuerdas —cuyo papel resulta fundamental a lo largo de toda la obra, al ser las responsables de recrear el viento, que tanto protagonismo adquiere a lo largo de la acción— y brillantísimos los metales (con algún fallo puntual e irrelevante), dentro de una labor de conjunto referencial, con una orquesta de sonido empastado, compacto y bastante equilibrado. Muy inteligente Afkham durante toda la representación, no sólo por alternar adecuadamente los pasajes de gran enjundia instrumental con aquellos otros de mayor sosiego e intimidad, sino por ayudar a los cantantes solistas, plegando el sonido para no cansarlos innecesariamente y facilitar la inteligibilidad del texto. Ello se hizo evidente, por ejemplo, en el impresionante monólogo de presentación que el holandés tiene en el acto I (Die Frist ist um) —donde Afkham echó un cable a Terfel, aunque la orquesta siguiera sonando realmente impresionante y pavorosa (como lo exige la infernal pieza)—, así como en el dúo entre él mismo y Senta (del acto II), donde ambos intérpretes pudieron expresarse con absoluta libertad vocal, sin temor a ser ahogados por la orquesta.



Si magnífica fue la prestación orquestal no resultó menos excelente la de los coros, sobre todo el masculino, que se mostró insuperable a lo largo de toda la representación, pero de modo muy concreto en su espectacular escena primera del acto III y durante el duelo de canciones entre los marineros noruegos y la fantasmal tripulación del Holandés, desplegando un sonido empastado, de gran variedad tímbrica, nitidísima dicción y magníficas sonoridades, de manera que dio lugar a momentos musicales de extraordinaria expresividad y memorable intensidad emocional. De lo mejorcito que ofreció la noche. Eficacísimo, también, el coro femenino, tanto en la escena de las ruecas, como en la de la fiesta de los jóvenes noruegos en la bahía.

La estrella de la velada fue el bajo-barítono galés Bryn Terfel, uno de los más importantes cantantes de su generación y personalidad destacable dentro de esta cuerda, teniendo en cuenta la enorme crisis de voces graves que hay desde hace años. Aunque comenzó su carrera como intérprete mozartiano, a partir del año 1996 Terfel decidió ampliar su repertorio introduciendo papeles de Wagner, hasta llegar al año 2006, en que incorporó el rol del Holandés, que tiene bien interiorizado. Ha sido la primera vez que el cantante se presenta en Madrid con una ópera completa —razón por la que un servidor estaba muy interesado en asistir a estas funciones para escucharle (pese a no ser santo de mi devoción)— y puedo decir que el resultado ha sido interesante, pero poco más. El galés nos propuso una lectura contundente en lo dramático y de buenos medios vocales, si bien estos ya aparecen algo mermados, especialmente en la zona aguda y del pasaje, a las que el intérprete accedió de manera algo forzada, usando continuos portamenti y con un sonido que se blanqueaba y perdía bruñidura y metal. Centro sólido y graves algo abiertos pero rotundos, para dibujar un Holandés sombrío y poderoso, de sonoridades oscuras —como a mí me gusta— y atractivo instrumento (aunque con un punto de engolamiento y de vibrato, que es lo que a mí no me satisface de Terfel). Una voz, en todo caso, de color claramente baritonal. Ofreció un primer acto de gran calibre, con una presentación sobrecogedora en el impresionante monólogo Die Frist ist um —desplegando un canto heroico, expresivo y matizado en las dinámicas, de fraseo incisivo, que se vio muy realzado por el inteligente acompañamiento de Kafhan— y un apreciable dúo con Daland. Quizá por esa generosa entrega del principio, en el segundo acto se vio claramente superado por la soprano y en el tercero apareció muy cansado, aunque logró terminar airoso la función.



La gran sorpresa de la noche llegó con la soprano alemana Ricarda Merbeth, que nos hizo disfrutar de una Senta muy bien perfilada desde el punto de vista dramático y vocal. Es un personaje que la cantante ha interpretado frecuentemente, incluso en Bayreuth —donde lo debutó en 2013 bajo la dirección de Christian Thielemann—, de modo que lo conoce bastante bien. La voz de Merbeth es de lírica con cierto peso y notable proyección (aunque no demasiado ancha ni atractiva), de graves débiles, pero muy segura en el centro y en el primer agudo. Con estos mimbres —que no son poca cosa— ofreció una lectura muy inteligente, sensible y teatral de la noble joven que está dispuesta a morir por amor, con el objeto de redimir de manera absolutamente desinteresada al hombre del que se ha enamorado a través de una leyenda. Su lectura de la famosa "balada" resultó excelente, y lo mismo podríamos decir del enternecedor dúo con el Holandés (ambos en el acto II), donde Merbeth superó con creces a Terfel.



Deslusionante sin paliativos el Erik del tenor alemán Torsten Kerl, un cantante experimentado en lides como ésta, con un instrumento más sólido de lo habitual para este rol, pero que desplegó una voz colocada en el cogote, de escasa proyección y apoyo defectuoso, hasta el extremo de que en su preciosa cavatina del acto III que sigue al duetto con Senta (Willst jenes Tags dich nicht mehr entsinnen) terminó "deleitándonos" con una serie de esforzados agudos emitidos a base de gola y un gallo final. Francamente mal.



Justo antes de iniciarse la representación, y a través del servicio de megafonía, se anuncio la sustitución del bajo previsto originalmente para interpretar al padre de Senta (Peter Rose) por Andreas Bauer, que nos sirvió un Daland de escasa entidad dramática y modestos medios vocales. Sin pena ni gloria pasó su hermosa, lucida y desenfadada cancioncilla Mögst du, mein Kind, del acto II. Cumplidor, sin más.

Muy bien cantado el timonel de Dmitry Ivanchey, aunque el tenor ruso posee unos medios muy modestos y livianos, que no permitieron resaltar en todo lo que valió su lectura de la "canción" al comienzo de la obra (Mit Gewitter und Sturm). Bien, asimismo, la Mary de la mezzo española Pilar Vázquez, que ofreció una lectura muy sólida de la nodriza de Senta y desplegó sonidos de buena proyección en el centro y estupendos graves.

En resumen: una velada digna de recordar. Y sin necesidad de que hubiera directores de escena. Ya ven ustedes...

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(1) Wagner proyectó su representación para el Festival de Bayreuth previsto para el año 1889, que él mismo no llegaría a ver, pues falleció en 1883.

(2) José Luis TÉLLEZ, «Un drama nuevo», Madrid, 2016, p. 7.

(3) En el opúsculo Eine Mitteilung and meine Freunde (Una comunicación a mis amigos), publicado en 1851 (ed. y trad. de William Ashton Ellis, The Art-Work of the Future. Richard Wagner's Prose Works, vol. I, Londres, 1895, p. 308).

sábado, 31 de enero de 2015

EUROPA GALANTE EN EL AUDITORIO NACIONAL DE MADRID



Obras de Antonio Vivaldi, Georg Ph. Telemann y Vicente Martín y Soler.— Europa Galante: Fabio Ravasi, Elin Gabrielsson, Carla Marotta (violines I), Andrea Rognoni, Luca Giardini, Silvia Falavigna (violines II), Pablo de Pedro (viola), Antonio Fantinuoli (violonchelo), Nicola Barbieri (violone), Giangiacomo Pinardi (tiorba), Paola Poncet (clave).— Dirección musical y violín: Fabio Biondi.— Auditorio Nacional de Música de Madrid. Sala de Cámara.— Miércoles, 28 de enero de 2015, 19:30 horas.


EXTRAORDINARIO concierto el ofrecido el pasado miércoles en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música de Madrid por el conjunto italiano Europa Galante, dirigido por el violinista Fabio Biondi, dentro del ciclo Universo Barroco. Es ésta una de las formaciones más prestigiosas, reconocidas y premiadas dentro del panorama de la música antigua en la actualidad, y ello se notó desde el mismo instante en que sus integrantes empezaron a tocar: un sonido homogéneo, empastado, redondo, lleno de matices y de claridad, de asombrosa perfección tímbrica y pasmosa naturalidad interpretativa, y con un dominio, una frescura y una imaginación absolutas en el empleo de los tempi y de las dinámicas.



Es un tipo de interpretación el de Europa Galante muy característico de los nuevos grupos surgidos a finales de los años 80 y principios de los 90 del pasado siglo (al menos de los más populares y conocidos en la actualidad): un nuevo modo de presentar partituras que ya están trilladísimas y que las "viejas" formaciones que abrieron veinte o treinta años antes el camino de recuperación de lo que se empezó a conocer como "Música Antigua" (Ancien Music) —el Leonhardt Consort de Gustav Leonhardt, The English Concert de Trevor Pinnock, Musica Antiqua Köln de Reinhardt Goebel, La Petite Bande de los hermanos Kuijen, el Concentus Musicus Wien de Nikolaus Harnoncourt, I Musici, etc.— habían interpretado desde un punto de vista denominado "historicista", limpiando el repertorio barroco de todos las adherencias románticas que se le habían ido pegando con el transcurrir del tiempo, y continuando una senda abierta por el fundamental Karl Richter en los años 50-70. Con ello ofrecieron lecturas más equilibradas y asépticas, de sonido pulcro y espíritu menos arrebatado, buscando la claridad de matices y la lectura fidedigna o revisionista de la partitura, antes que una expresividad acentuada de la misma, tan propia de la interpretación en el repertorio romántico. Por el contrario, Europa Galante y otros grupos coetáneos —por ejemplo Il Giardino Armonico, de Giovanni Antonini— dan a sus versiones de los grandes maestros barrocos una nueva vuelta de tuerca, poniendo el acento en los fuertes contrastes dinámicos, en el virtuosismo filigranesco, en la delectación por el detalle melismático, en la variación de los tempi, en los sonidos rubati, en el empleo de diminuendi, accelerando y rittardando como efecto expresivo y en el despliegue de un virtuosismo interpretativo que, pese a no estar ausente en agrupaciones anteriores, llega a extremos sorprendentes aquí y acaba convirtiéndose en marca de fábrica. De este modo se ofrece una visión "novedosa" de piezas consagradísimas y se ofrece algo que no se había hecho hasta el momento, dentro de un repertorio tan trillado.

Fabio Biondi


Estas fueron, en definitiva, las características del concierto ofrecido por Europa Galante, que produjo gran alborozo en un público que llenaba por completo el aforo de la Sala de Cámara del Auditorio y que aplaudió a rabiar al final del espectáculo. El programa, que incluía obras de tres maestros bien conocidos y pivotaba sobre Antonio Vivaldi (1678-1741), se inició con la Sinfonía de la ópera Griselda (1735), del compositor veneciano. Una pieza de circunstancia que, pese a todo, está llena de la gracia y la inspiración melódica tan propias del "prete rosso", caracterizándose a nivel estructural por la forma del concerto ripieno a 4 (sin solistas) y su división tripartita. En ella pudo ya dar Biondi rienda suelta a su virtuosismo instrumental, aunque el plato fuerte aún estaba por llegar en la segunda parte del concierto.

Telemann
A continuación pudimos escuchar el Concierto para 3 violines en fa mayor, TWV 53:F1 de Telemann. Una pieza compuesta en 1733 y que forma parte de la conocida Tafelmusik del compositor de Magdeburgo, género musical con la forma de una suite de danzas que se organizaba en torno a una estructura integrada por obertura-cuarteto-concierto-trío-pieza solista-final, todo en la misma tonalidad. Es Telemann uno de mis compositores barrocos favoritos y su "música para banquete" una de sus obras que más he escuchado. Un agradable complemento al resto del programa, que los miembros de Europa Galante interpretaron a la perfección, destacándose Biondi, Ravasi y Rognoni como violines solistas.

Siguió a ésta la obra menos atractiva de la velada, compuesta por el menos popular de los tres compositores elegidos: nuestro Vicente Martín y Soler (1754-1806). ¿Una concesión de Europa Galante al público español? Se trataba de una selección de los ballets El rapto de las Sabinas (1780) y La bella Arsene (1781), que fueron compuestos por el maestro valenciano durante su etapa italiana al servicio del rey Fernando I de Nápoles y las Dos Sicilias.

Martín y Soler


Y tras el descanso llegó el momento estrella de la velada, con la interpretación de las conocidísimas Le quattro stagioni. ¿Quién no ha escuchado alguna vez un movimiento, al menos, de estos famosísimos cuatro conciertos, compuestos por Antonio Vivaldi en 1725 e incluidos en la opus 8 (Il cimento dell'armonia e dell'invenzione). Seguramente estemos ante una de las obras descriptivas y programáticas más populares e influyentes de todos los tiempos, tanto por lo que supuso de ruptura y evolución del tradicional concerto soli al concerto ripieno —donde la orquesta no se limita a acompañar a un solista, sino que contribuye al desarrollo de la obra—, como por haberse constituido en foco de inspiración para numerosos compositores como Bach, Haendel y otros, que llevaron hasta su forma definitiva la estructura concerto.

Antonio Vivaldi


La versión ofrecida por Europa Galante, verdadera especialista en esta obra vivaldiana, fue sorprendente y, a la vez, refrescante por innovadora. Las constantes variaciones de tempo (al menos de los tempi a que nos tienen acostumbrados otras versiones), el ritmo vertiginoso (casi paroxístico) en los presti, el empleo continuo de disonancias realizadas con el arco y el continuo alternarse de efectos estilísticos de todo tipo (staccati, pizzicati, spiccati, etc.) otorgaron dinamismo y variedad a la interpretación y dieron como resultado una lectura del todo distinta de esta archiconocida obra maestra. Y valga un ejemplo concreto como testimonio de lo que digo: el efecto creado en el allegro non molto del cuarto concierto, donde los componentes de Europa Galante desplegaron un efecto mixto de staccato y frotado tradicional con el arco que, unido a disonancias, dio como resultado un efecto sonoro extraño pero muy sugerente. Con todo, y pese a la enorme variedad de matices y de variaciones, el grupo de intérpretes mantuvo en todo momento la homogeneidad, así como una destacada invividualización de cada uno de los instrumentos, de modo que, por ejemplo, en el largo de ese mismo cuarto concierto no sólo pudimos escuchar perfectamente diferenciado al solista, sino que los pizzicati del resto de intérpretes se marcaron con enorme claridad, tanto en los violines como en uno de los dos violonchelos y en el contrabajo del bajo continuo.

En resumen: una interpretación muy sugerente, llena de matices y de novedades que fue premiada con una gran ovación y de la que se obtuvo como bis la repetición del presto del concierto nº 2, con la introducción de gran cantidad de imaginativas variaciones por parte de Biondi.

Enorme éxito para los miembros de Europa Galante y para Antonio del Moral, como organizador del ciclo Universo Barroco y responsable de que grupos como éste visiten nuestro país.

Y una última observación: no deja de sorprenderme la mala educación del público, que tras el intermedio tuvo esperando un buen rato a los intérpretes sobre el escenario mientras terminaban de acomodarse en sus localidades. Biondi, con su dominio del español y las tablas que le da el oficio salió del paso ante tan inusual como incómoda situación diciendo que por un publico tan bueno como ése merecía la pena esperar lo que hiciera falta. ¡Qué tacto! En fin, que el personal ya no se conforma sólo con toser cada vez que tiene ocasión, o ponerse a abrir caramelitos en los momentos más inadecuados, sino que ahora, además, se permite el lujo de hacer esperar a los intérpretes encima del escenario.

domingo, 23 de noviembre de 2014

LOS "GURRELIEDER" DE SCHÖNBERG EN EL AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID



Gurrelieder (Canciones de Gurre), para solistas, coro y orquesta con música y libreto de Arnold basado en textos del poeta y escritor danés Jens Peter Jacobsen y traducidos al alemán por Robert Franz Arnold.— Dirección musical: Eliahu Inbal.— Intérpretes solistas: José Ferrero, tenor (Rey Waldemar), Christie Brewer, soprano (Tove), Catherine Wyn-Roger, mezzosoprano (Waldtaube, la paloma del bosque), Andreas Conrad, tenor (Klaus-Narr, Klaus el Bufón), Albert Dohmen, bajo (Campesino y Narrador).— Orquesta y Coro Nacionales de España. Coro de RTVE.— Auditorio Nacional de Música de Madrid. Sala Sinfónica.— Sábado, 22 de noviembre, 19:30 horas.


AGRADABILÍSIMA velada la que este nibelungo y su media naranja pasaron la tarde-noche de ayer en el Auditorio Nacional, asistiendo a la segunda función de los Gurrelieder schoenbergnianos, bajo la dirección de Eliahu Inbal. Estupenda lectura la del director israelí y sensacional prestación la de la Orquesta y Coro Nacionales de España, reforzados para la ocasión por el Coro de RTVE para sacar adelante una de las partituras más suntuosas, complejas y opulentas que un oyente puede encontrarse desde el punto de vista orquestal.



Los Gurrelieder (o Canciones de Gurre) pertenecen a la primera época de Schönberg como compositor, antes de que abandonara los postulados tardorrománticos inspirados en Wagner y Mahler y diera el paso que supondría su ruptura con el pasado y lo iba a poner en la senda del dodecafonismo, desde la que revolucionaría la Música occidental. No es extraño que partiendo de esa estética propia del Postromanticismo, Schönberg se mostrara interesado por una leyenda medieval para tomar como base de su composición. El título hace referencia al castillo Gurre, en Dinamarca, escenario de la leyenda nacional danesa relativa al enfermizo amor que el rey Valdemar IV Atterdag (1320-1375) sintió por su amante Tove, y el posterior asesinato de ésta a manos de la reina consorte Helvig. Leyenda que, todo sea dicho, posiblemente tenga su base histórica más en el reinado de su antepasado Valdemar I (1131-1182), que en el del propio Atterdag.

Imagen de Valdemar IV y de la reina Helvig (o Haelwig) en una de las paredes
de la iglesia de San Pedro (Sankt Peders Kirke) en Naestved (Dinamarca)


Schönberg comenzó a componer la obra con la idea de hacer un ciclo de canciones para soprano, tenor y piano que iba a presentar a una competición organizada por la "Asociación de Compositores de Viena". Pero como no llegó a tiempo decidió darle una nueva orientación a la pieza, convirtiéndola en algo más ambicioso. Empezó por componer las partes que enlazaban las nueve primeras canciones originales y añadió un preludio, así como la "Canción de la paloma del bosque" y, posteriormente, el conjunto de las partes segunda y tercera. En esta nueva versión estuvo trabajando hasta 1903, momento en que la abandonó antes de proceder a la orquestación para dedicarse a otros proyectos. Cuando volvió a la obra, en 1910, Schönberg ya había escrito sus primeras obras atonales (Tres piezas para piano, op. 11, Cinco piezas para orquesta, op. 16 y Erwartung, todas ellas de 1909) y había conocido a Gustav Mahler, que ejercería una profunda influencia sobre él. Y todo esto se percibe en la obra, que recibió un nuevo impulso a lo largo del año 1911, cuando concluyó la orquestación, que muestra gran influencia mahleriana. A pesar de que la obra tardó cerca de diez años en ser terminada, lo cierto es que se conserva la unidad estilística y tampoco se aprecia la evolución hacia lo dodecafónico en que ya había empezado a trabajar Schönberg, abandonando el sistema tonal a partir de 1908. Sí se detecta, por el contrario, las diversas influencias musicales que el músico vienés experimentó a lo largo de estos años, pasando del wagnerismo evidente de las primeras dos partes de los Gurrelieder —con una masa orquestal gigantesca— a la marcada influencia de Mahler en la tercera, especialmente en el ámbito de la orquestación y en el uso de los grupos instrumentales como si fueran conjuntos de música de cámara dirigidos a crear efectos y colores diversos y variados. Es muy significativo, también el papel que Schönberg otorgó aquí al Sprechgesang (o Sprechstimme), esto es, a la técnica vocal consistente en escanciar el texto en un modo que se halla a medio camino entre el canto y el lenguaje hablado (y que hallamos en la pieza Des Sommerwindes Wilde Jagd de los Gurrelieder), artificio que volvería a explorar con mayores consecuencias y alcance en otras obras suyas como Pierrot Lunaire (1912) y sus distintas óperas.

El castillo Gurre en una representación romántica del siglo XIX


Sobresaliente interpretación, desde el punto de vista instrumental, la que tuvimos ocasión de presenciar ayer, con un Eliahu Inbal inspirado y atento a cada detalle de la riquísima y compleja partitura. No debe extrañarnos, dado que el maestro israelí es un consumado especialista en este repertorio tardorromántico y ha dejado grabada, incluso, una versión de la obra, caracterizada (como en la función de anoche) por el perfecto ensamblaje entre el impulso, la energía y el calor propios del pleno Romanticismo y la preocupación por marcar con claridad la estructura de la composición, diferenciando no sólo entre los tres grandes bloques o partes que la componen, sino introduciendo matices dentro de cada una de ellas y ofreciendo un universo sonoro distinto para cada ocasión, en función del desarrollo dramático: aguerrida, épica, violenta e imperiosa en todas las escenas de Waldemar-Tove, pero conmovedora y recogida en la larga intervención de la Paloma del Bosque; angustioso y terrible en la plegaria-reproche de la segunda parte; divertido, liviano, desenfadado en la extensa intervención del bufón Klaus; esperanzado, alegre y luminoso en la escena de la cacería salvaje y el coro final, etc.

El maestro israelí en una imagen de archivo


En cuanto a los solistas, destacar la buena prestación de todos ellos, a excepción del tenor José Ferrero, que se las vio y se las deseó para sacar adelante su dificilísimo y exigente papel de Rey Waldemar. El tenor posee un instrumento oscuro y de cierto peso —que parece ser lo requerido para interpretar con garantía la parte del monarca, que ha de sonar heroico y aguerrido—, pero su emisión es tan defectuosa y limitada que la voz apenas brilla ni se proyecta adecuadamente. Sonidos entubados y traseros, opacos y sin apenas squillo que impidieron, en todo momento, la correcta intelección del texto cantado. Vamos, que un servidor no fue capaz de entender absolutamente nada de lo que interpretó el tenor albaceteño, y eso que iba siguiendo con mucha atención el texto de la obra. Ello, además, es tanto más significativo cuanto que, contra todo pronóstico, resultaba más fácil seguir lo que decían las dos voces femeninas que lo cantado por el tenor. Una lástima, la verdad, pues el papel de Waldemar es el principal de esta soberbia pieza. Por otra parte, y debido fundamentalmente a este problema, el cantante no pudo sobreponerse ni una sola vez a la inmensa masa orquestal que Schönberg echó encima a su parte, siendo tapado durante prácticamente toda la función y quedando, en algún momento, anulado del todo (como si no estuviera sobre el escenario).

El tenor Ferrero


Muy interesante la Tove de la soprano norteamericana Christine Brewer. Voz dramática, con pegada, carnosidad y buena proyección, que fue capaz de sobreponerse a la orquesta y sacar adelante su complejo papel (que tiene alguna nota inmisericorde). Aún mejor, en mi opinión, la Paloma del bosque de la mezzo británica Catherine Wyn-Rogers, inspiradísima en la expresión y muy acertada tanto en los acentos como en el fraseo durante su larga intervención en "Tauben von Gurre!". Magnífico también el bufón Klaus del tenor alemán Andreas Conrad, dueño de un material (en apariencia) más liviano que el de Ferrero, pero con mucho más brillo y proyección. Cantó estupendamente su particella, mostrándose juguetón, divertido y del todo intencionado, como corresponde al momento. Es cierto que su larga intervención de la tercera parte ("Ein seltsamer Vogel ist so'n Aal") no se ve lastrada por una densidad orquestal semejante a la que acompaña aquellos otros pasajes en que Waldemar o Tove cantan, pero no creo que sólo a ello se debiera el mérito del tenor alemán, que fue capaz de sobreponerse sin dificultad a la masa de la orquesta. Y dejo para el final al gran bajo-barítono alemán Albert Dohmen, el Wotan más asiduo en Bayreuth durante la década 2000-2010, que dejó testimonio de su poderío y dominio y construyó un magnífico Campesino y un excelente Narrador. No es un cantante por el que yo sienta especial predilección, pero he de reconocer que estuvo sencillamente soberbio en sus dos intervenciones, muy especialmente en la larga perorata de la "Cacería salvaje" ("Des Sommerwindes Wilde Jagd"), demostrando que el sprechgesang puede convertirse en pura poesía cantada cuando se expresa con el sentimiento, la intención dramática y el idiomatismo con que él lo hizo. Sencillamente extraordinario.

De izquierda a derecha, y de arriba abajo, Brewer, Wyn-Roger, Conrad y Dohmen


No anduvo a la zaga de los solistas el reforzado e impresionante coro, que tiene inmejorables ocasiones de lucimiento y ofreció muy buenas intervenciones. Especialmente las voces masculinas en los dos diálogos de los vasallos de Waldemar con el monarca, y sobre todo en el segundo de ellos ("Der Hahn erhebt den Kopf zur Kraht"), cuyo comienzo resultó sobrecogedor. En la primera de sus intervenciones ("Gegrüsst, o König, an Gurre-Seestrand!") quedó claro cómo el sinfonismo fue llevado hasta casi lo paroxístico por Schönberg, pues el exceso de la columna sonora llega ahí hasta un punto en que resulta complicado diferenciar entre la orquesta propiamente dicha y las voces, que acaban convirtiéndose casi en un mero instrumento más al resultar prácticamente imposible saber lo que están diciendo.

La OCNE, que ayer se vieron reforzados por el Coro de RTVE, en una imagen de archivo


Dadas las peculiares y un tanto mestizas características de la obra —en la que lo sinfónico y lo dramático están a un mismo nivel— más de una vez se ha hablado de cuál pueda ser el verdadero carácter de estos Gurrelieder: ¿oratorio? ¿cantata? ¿simple ciclo de canciones? ¿ópera? De hecho, el artículo introductorio de Santiago Martín Bermúdez al programa de mano del concierto —así como diversas opiniones de expertos manifestadas desde el momento de la composición de la pieza— plantean esta cuestión. Pues bien, yo no podría decir con seguridad qué es esta obra, pero sí tengo (más o menos) claro lo que no es: pese a que se haya escenificado alguna vez, creo que no es una ópera, pues el hecho de que en ningún momento los personajes interactúen entre sí constituye un importante hándicap en este sentido. De modo que, pese a la continuidad dramática y la unidad de acción que puede observarse, considero que estamos ante un ambicioso y original ciclo de lieder (tal como anuncia el propio título de la obra), o ante una cantata u oratorio, más que ante una ópera propiamente dicha.


Los Gurrelieder representados escénicamente en la Dutch National Opera durante el pasado mes de septiembre


La Sala Sinfónica del Auditorio, con su aforo a medio gas (aproximadamente dos tercios del mismo, con huecos en todas las zonas), se entregó de lleno a los intérpretes, que fueron muy aplaudidos al final del espectáculo (especialmente Inbal, por razones obvias).

Un apacible y relajado paseo hasta llegar a casa, andando por calles prácticamente vacías —merced a la fiebre futbolística del personal—, sirvieron para poner el broche de oro a una estupenda y satisfactoria velada. ¡Gracias Herr Schönberg...!

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Abriendo la entrada El árbol de la vida (1905-1909), de Gustav Klimt (Österreischisches Museum für Angewandte Kunst).

lunes, 27 de octubre de 2014

RECITAL DE PIOTR BECZALA EN MADRID



Concierto-Conmemoración del 15º aniversario de la muerte de Alfredo Kraus.— Dirección musical: Marc Piollet.— Intérprete: Piotr Beczala (tenor). Orquesta Titular del Teatro Real.— Teatro Real de Madrid. Sala Principal. Viernes, 24 de octubre de 2014.


NO ha sido Polonia tradicionalmente un país que haya dado muchas grandes voces de tenor, al estilo de lo que ha ocurrido con Italia, España o Alemania, por ejemplo. Los ha habido, y muy grandes, pero no puede afirmarse que hayan sido abundantes. Entre los más significativos deberíamos citar al mítico Jean de Reszke —el más grande de su tiempo—, a Julián Dobrski —que estrenó el papel de Stefan en La casa embrujada (Straszny dwor), de Stanislaw Moniuszko (una de las piezas más interesantes de las que pretendo hablar a continuación)— (1), al célebre Ignacy Dygas y a su casi contemporáneo, el exquisito Jan Kiepura.

Los artistas mencionados arriba


En la actualidad podemos disfrutar, afortunadamente, con otro representante de dicha cuerda y nacionalidad que está haciendo las delicias de los aficionados por todo el mundo. Me refiero, claro está, a Piotr Beczala (Czechowice-Dziedzice, Polonia, 1966), intérprete con gran proyección internacional en la actualidad que lleva ya bastantes años de carrera a sus espaldas (creo que debutó en 1992), pero al que apenas si hemos tenido la ocasión de ver por los Madriles. De hecho, su última (y única) participación en el Teatro Real fue en una Damnation de Faust del año 2009, donde interpretó el papel titular de la obra. Desde entonces nada. Por ese motivo, no podemos sino felicitar a los responsables del coliseo madrileño por la idea de haberlo traído a Madrid e incluirlo en el programa del ciclo "Las voces del Real", aunque fuera con la excusa del homenaje que durante dos días se ha hecho en honor de Alfredo Kraus, consistente en este recital de Beczala (día 24) y en un concierto de cantantes que estudiaron con el legendario tenor canario (sábado 25) (2). Y digo "excusa" porque parece un poco cogida por los pelos esa vinculación entre ambos cantantes, dado que si bien es cierto que Beczala ha mostrado siempre su admiración por Kraus y tiene en repertorio algunos de los papeles que éste bordó a lo largo de su longeva carrera (Duca di Mantova, Faust, Roméo...), también lo es que ha cantado otros que nada tienen que ver. Y el hecho es que está planteándose incursionar en un repertorio (Lohengrin, por ejemplo, que cantará en Bayreuth el próximo año 2016) que el canario no pensó en abordar ni en sueños. De hecho, en el programa del concierto se incluyeron algunas arias de papeles que Kraus nunca tuvo en repertorio (don José de Carmen, Cavaradossi de Tosca, Rodrigue de Le Cid, etc.). Así es que no puede decirse, precisamente, que las carreras de ambos cantantes hayan discurrido en paralelo. Por este motivo, entre otros más, me parece muy injusta una opinión como la de Gonzalo Alonso, quien en la crítica sobre el espectáculo que publicó en Beckmesser el mismo sábado 25, comienza destacando que la impresión obtenida al comenzar el concierto fue el de "añoranza" por Kraus. Injusto digo, porque no era momento de hacer esas comparaciones —que tampoco proceden, pues se trata de cantantes con personalidad e instrumento bien distintos—, y sí de disfrutar, por vez primera y desde hace mucho tiempo, de una atractiva voz de tenor, cosa poco habitual en el Real, donde parece que se van recuperando las grandes voces, después del lamentable "desierto" que en este terreno se impuso durante la etapa Mortier, merced a su concepto de la ópera (en el que primaba siempre mucho más lo escénico que lo vocal).

Al concierto propiamente dicho le precedió un acto de presentación en el que intervinieron Arturo Reverter —que glosó las cualidades canoras de Alfredo Kraus—, Gonzalo Alonso —que leyó una carta "imaginada" supuestamente escrita por el tenor canario y dirigida al Teatro Real (y cuyo texto puede consultarse íntegramente aquí)—, Joan Matabosch —que se limitó a dar las gracias a todo el mundo— y la hija mayor de Kraus —Rosa— que volvió a agradecer el recuerdo hacia su padre en este acto de dos jornadas. Pero pasemos ya a comentar cómo discurrió el concierto.

El programa —variado, completo, amplio y muy exigente— reunió piezas instrumentales de empaque y arias conocidísimas para al gran público. Repertorio italiano y francés en su totalidad —si exceptuamos uno de los dos bises—, con el añadido de una auténtica maravilla absolutamente desconocida por estos lares: el aria de Stefan de la ópera La casa embrujada (Straszny dwor, 1865), del compositor polaco Stanislaw Moniuszko, que me pareció magnífica y de la que hablaré enseguida.

Se inició el concierto con una versión algo plúmbea y falta de nervio de la obertura de Les Vêpres Siciliennes, de Verdi, con un Marc Piollet empeñado en marcar bien las dinámicas entre las diferentes secciones de la pieza a base de tempi muy contrastados, aunque lo único que consiguió fue que la parte más melódica de la misma sonara pesante, lenta, aburrida y sin chispa, en contraste con la más marcial, que fue conducida con mayor gracia y energía. En todo caso ya se percibió aquí el defecto principal de Piollet durante el concierto: el abuso de los decibelios, que perjudicaron claramente a Beczala en algunas de sus intervenciones, como luego señalaremos. Interesante la obertura de Le Carnaval Romain, de Berlioz, así como la del Guillaume Tell rossiniano (donde el volumen fue también lo más destacable) y muy bonita la lectura del preludio del acto III de Carmen, donde las flautas tuvieron ocasión de lucirse.

El director francés en una imagen de archivo


Y llegó el momento de Beczala. El tenor polaco es dueño de una bella voz de lírico, rica de armónicos, suave, cálida, de bello timbre, pero sin demasiado volumen y con ciertos problemas en el fiato. Por otro lado, posee un punto mate que le roba algo de squillo, aunque no carezca de él en absoluto en la zona alta, a la que llega con facilidad, si bien el sonido se blanquea un poco y se estrecha en esa franja. Lo que más destacaría, por encima de todo, es su cuidada línea de canto, la emisión más o menos franca (excepto en el agudo) y una dicción nitidisima, que permite entender, en todo momento, cada una de las palabras que el cantante emite. Ello se debe, sin duda, a su magnífica vocalización, que aparece materializada de manera ostensible en un movimiento de la boca muy marcado, con el que dibuja cada una de las vocales y consonantes que pronuncia en cada momento, y que fue perfectamente visible para los espectadores gracias a las pantallas de vídeo que hay instaladas en la sala del Teatro Real. Es un intérprete muy elegante, que tiene controlado en todo momento lo que está haciendo y al que se nota seguro. Esto en cuanto a virtudes. En el "debe" pondría yo, básicamente, la falta de expresividad —todo suena muy en su lugar, pero algo falto de vida y de nervio—, la ausencia de un legato más rico y variado, que ennoblecería considerablemente su línea de canto y daría mayor calidad dramática a sus intervenciones, así como cierta monotonía en las dinámicas y el color de la voz. Todo suena un poco igual; bien, agradable, en su sitio, pero falto de imaginación. Su dominio del repertorio francés —tanto por idiomatismo (perfecto), como por estilo— me parece extraordinario (de hecho fue lo mejor del recital) y creo que es por ahí por donde el intérprete debería profundizar y seguir desarrollándose. Pero pasemos al análisis somero de su prestación en cada una de las arias con que nos deleitó durante la velada.



Comenzó el concierto con una versión algo sosita del "Di tu se fedele", de Un ballo in maschera. Era el principio y creo que sería de achacar a la falta de calentamiento de la voz el hecho de que ésta sonara algo opaca y se clareara en la zona aguda en los primeros momentos. Con todo, Beczala se mostró valiente y entregado, pues optó por solucionar con el difícil canto di sbalzo esas notas graves en saltos interválicos que Verdi pide en la partitura (en "sfidar" y "cor") y que casi ningún tenor se atreve a ofrecer, prefiriendo irse hacia arriba.

Vino luego una de las arias más comprometidas para tenor del repertorio belcantista, auténtico fetiche de Alfredo Kraus y en la que Beczala difícilmente podía superarle: la romanza "Tombe degli avi miei", del acto III de Lucia di Lammermoor, cuyo recitativo expuso bien el tenor polaco, aunque le faltó imaginación y variedad expresiva en el conjunto, que escanció de manera un tanto monótona. La dicción, en todo caso, fue perfecta y precisa, como a lo largo de todo el concierto.

Con la siguiente pieza el recital empezó a remontar, según mi modesta opinión, pues entraba de lleno el tenor en el repertorio francés, que fue lo que mejor cantó a lo largo de la velada. Al tenor se le vio algo más cómodo y la emisión apareció más liberada y ortodoxa (sobre todo en la zona aguda). Una correcta versión del aria del balcón que canta Roméo en la escena primera del acto II de Roméo et Juliette de Gounod ("L'amour!... Ah! lève-toi, soleil!") fue lo mejor en esta primera parte del concierto, por idiomatismo, expresión y estilo.

Y se llegó al Ecuador del concierto con otra pieza francesa que fue auténtico fetiche en el repertorio de Kraus: "Pourquoi me réveiller" del Werther de Massenet, en la que Beczala volvió a mostrar sus mejores cualidades, pero a cuya lectura faltó intensidad dramática e incisividad expresiva. La voz estuvo en su sitio, el canto fue correcto, pero faltó carne, cuerpo e intensidad para hacer creíble del todo un papel tan romántico como el del joven y enfermizo enamorado creado por Goethe. Algo parecido a lo que ocurrió en su versión del "aria de la flor", del acto II de Carmen ("La fleur que tu m'avais jetée"), que el tenor polaco interpretó muy correctamente al principio de la segunda parte, pero sin la enjundia o el peso vocal que, en mi opinión, hace falta a la hora de encarnar el papel de Don José, un tenor lírico spinto cuya vocalidad no se asemeja, creo yo, a la que posee Beczala. Al menos de momento, aunque sabemos que el tenor está haciendo pequeñas y progresivas incursiones en un repertorio algo más dramático y que tiene menos rodado (como se vio en el hecho de ayudarse con la partitura sólo en el caso de Carmen y Le Cid).

Interesantes observaciones de Luis Gago sobre Beczala en el programa de mano del concierto


Al aria de Bizet siguió otra de Gounod que acabó erigiéndose en la mejor interpretación de toda la velada: una estupenda versión de "Salut! demeure chaste et pure", de Faust, que el polaco cantó con un gusto exquisito, un idiomatismo insuperable y una expresividad fuera de toda duda. Extraordinaria interpretación que marco el punto álgido del concierto, haciendo que la siguiente pieza resultara menos convincente. Me refiero a la hermosa plegaria de Rodrigue en Le Cid, de Massenet ("Ah! Tout est bien fini... Ô Souverain!"), en la que Beczala volvió a mostrar su facilidad y sintonía con el repertorio francés, pero donde sus características vocales resultaron insuficientes de nuevo, pues se trata de un papel que requiere —como algunos otros de los ya citados— un instrumento de mayor peso y caudal sonoro.

Se llegó luego al momento inesperado del recital: el aria de Stefan de la ópera La casa embrujada, de Moniuszko, que resultó muy interesante. La verdad es que Beczala está haciendo el lógico proselitismo por colocar en primer plano este repertorio absolutamente desconocido entre nosotros y es algo que debemos agradecerle, pues piezas como la indicada tienen una calidad considerable y merecen ser difundidas. Esta misma romanza ya la grabó en un disco que publicó en el año 2010 (Slavic Opera Arias, de Orfeo), pero yo no lo había oído y debo decir que me causó una impresión muy favorable. No puedo hablar del idiomatismo de la pieza, pues desconozco el polaco, pero es de suponer que la interpretación debió de ser perfecta en este sentido (los numerosos compatriotas del tenor que había en el teatro seguramente podrían corroborarlo). Sería, quizá, por la seguridad que da el saber que el público está escuchando una música desconocida y en la que resulta difícil establecer comparaciones con otras versiones, pero lo cierto es que Beczala se mostró aquí especialmente entregado, ofreciéndonos una lectura muy efectista de la pieza (que es muy ambiental y ensoñadora) desde el punto de vista dramático. Muy bien. El segundo gran acierto de este concierto.

A la sorpresa de la noche le siguió una pieza bien conocida de todos: el aria "E lucevan le stelle", del acto III de la Tosca pucciniana. Buena interpretación, correcta factura, pero con un canto spianato poco generoso y escaso slancio para este tipo de repertorio, en el que la voz de Beczala no aporta el dramatismo y el peso necesarios. Poca personalidad en una pieza tan celebérrima y una interpretación que en algo debería diferenciarse de todas las demás (habiendo antecedentes tan gloriosos al cantarla).

El recital se cerró con dos bises de buena factura, pero en la línea conservadora de toda la velada: el primero de ellos consistió en el aria "Dein ist mein ganzes Herz" —interpretada por el personaje del príncipe chino Sou-Chong en el acto II de la opereta El país de las sonrisas (Das Land des Lächelns), de Franz Lehár— que Beczala tuvo que cantar intentando sobreponerse y superar el enorme torrente sonoro que Piollet le echó encima, hasta el extremo de ahogar prácticamente su voz y afear con eso la interpretación. La segunda pieza de regalo —que dedicó especialmente a su esposa— fue la conocida napolitana Core 'ngrato, en la que no faltaron ganas, pero sí idiomatismo e italianità. Sonó demasiado sinfónica. Inadecuada, por tanto. Pero no se puede decir que el tenor polaco no pusiera ganas.



Al final todo el mundo aplaudió muchísimo (yo braveé, de hecho, su interpretación ya señalada del aria de Faust) y se fue a casa satisfecho al saber que las voces están empezando a llegar al Teatro Real. ¡Ya iba siendo hora!

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(1) Sobre Dobrski podemos leer en el siguiente enlace: «Er begann sein Studium am Konservatorium von Warschau im Alter von 13 Jahren und brachte es 1832 zum Abschluss. 1832 debütierte er an der Warschauer Oper als Graf Almaviva in Rossinis Barbier von Sevilla und hatte direkt einen großen Erfolg. Er besaß eine hervorragend schöne lyrische Tenorstimme, voll Wärme und Ausdruckskraft und war dabei ein hoch begabter Schauspieler. Für viele Jahre blieb er als gefeierter erster Tenor an der Oper von Warschau. Hier sang er auch am 1.1.1858 in der Uraufführung der Neufassung der polnischen Nationaloper Halka von Moniuszko die Partie des Jontek, während Pauline Rivoli die Halka kreierte. Im Februar des gleichen Jahres feierte der Sänger sein 25jähriges Bühnenjubiläum und wurde nach einer Galavorstellung von Verdis Ernani mit einem goldenen Lorbeerkranz dekoriert, dessen Blätter die Titel der Opern trugen, in denen er sein Publikum begeistert hatte. Er wirkte an der Oper von Warschau in weiteren Uraufführungen von Opern Moniuszkos mit, so in Flis (Der Flößer, 24.9.1858) und in Straszny Dwór (Das Gespensterschloss, 28.9.1865 als Stephan), beide unter der Leitung des Komponisten. Er trat 1846-48 an italienischen Opernhäusern auf, u.a. in Turin und in Genua. 1848 musste er wegen seiner Teilnahme an der polnischen Revolution sein Heimatland Polen verlassen, konnte aber später wieder dorthin und an die Oper von Warschau zurückkehren. Moniuszko fügte für ihn im 4. Akt der Oper Halka bei deren Aufführung 1858 in Warschau die Arie des Jontek Szumia jodly (im Mazurka-Rhythmus) ein. Von den Bühnenpartien des Sängers sind zu nennen: der Pollione in Norma, der Edgardo in Lucia di Lammermoor, der Gennaro in Lucrezia Borgia von Donizetti, der Manrico im Troubadour, der Lyonel in Flotows Martha und der Fra Diavolo in der Oper gleichen Namens von Auber. 1861 wurde er wegen seiner offen gezeigten patriotischen Haltung von der russischen Verwaltung aus dem Ensemble der Warschauer Oper entlassen. Er beschränkte sich jetzt auf eine pädagogische Tätigkeit in Warschau, darunter mehrere Jahre als Professor am Warschauer Konservatorium, kam aber 1865 nochmals an die Große Oper in der polnischen Hauptstadt. Im gleichen Jahr sang er dort als letzte Partie den Eleazar in Halévys La Juive. Er wurde auch als Komponist von Liedern bekannt. Er starb 1886 in Warschau».

(2) Acto al que se ha preferido llamar "conmemoración", pasando como de puntillas por la vergonzosa situación que se ha dado de no haber realizado aún, a quince años de la muerte de Kraus, ningún homenaje en condiciones (después del fallido que no llegó a materializarse en el año 2000). Matabosch, no obstante, ha prometido que pronto el tenor canario tendrá el homenaje que merecía.

martes, 15 de febrero de 2011

MATTHIAS GOERNE, O LA FRIALDAD GERMÁNICA



EXTRAÑO recital el que ofreció anoche el barítono alemán Matthias Goerne en el Teatro madrileño de la Zarzuela, dentro del XVII Ciclo de Lied que se viene celebrando desde hace años en la capital del reino. Extraño, al menos, para quien esto escribe. Pero más por cuestión de formas que de canto. Y me explico: el intérprete se mostró correctísimo y agradecido con el público, pero tan frío como un cubito de hielo, casi glacial. Y es algo que sorprende, teniendo en cuenta la relación —continua y exitosa— que mantiene desde hace tiempo con el público de la Villa y Corte.

Cantante y pianista empezaron retrasándose bastante al comienzo —desde las butacas hubo, incluso, quien pensó que se estaban haciendo de rogar—, justo antes de que una voz por la megafonía del teatro anunciara que Goerne no iba a cantar una de las piezas previstas en el programa: el bello lied schubertiano Der Schmetterling (La mariposa). Estupor; sorpresa; dudas... Empezaron a correr, entonces, las especulaciones: ¿estaría enfermo el cantante y no deseaba enfrentarse al animoso tempo de la pieza? ¿Acaso no le gustaba? ¿Quizá el pianista Deutsch no llevaba preparada la canción? ¿Se le habría olvidado la partitura en su casa? Lo cierto es que, por deferencia con el público, tendría que haberse especificado la causa de esta repentina decisión, pero no se hizo.

Y tras esta primera supresión vinieron muchas más, pues Goerne y Deutsch cercenaron buena parte de los textos de un recital dedicado íntegramente a Schubert. De Die Wehmut (Tristeza), 3 estrofas de 5; de Ins Stille Land (Hacia la tierra silenciosa), 1 estrofa de tres; de Der Herbstabend (La tarde de otoño), 3 estrofas de 5; de Der Sänger am Felsen (El bardo en la roca), 3 estrofas de 5 y de Abschied von der Harfe (Despedida del arpa), 2 estrofas de 5.

En lo musical la velada transcurrió dentro de lo previsto: un programa redondo y estilísticamente homogéneo, que dio pie a que Goerne desplegara esa musicalidad que le ha hecho célebre. Savoir faire, expresividad suma y aplicación de un canto dúctil, camerístico y variado que es el requerido en este difícil género del lied (donde lo que se dice es igual de importante, o incluso más, que el cómo se dice). Y todo ello servido con esa voz tan reconocible que luce el barítono de Weimar, caracterizada por un engolamiento que afea todas sus interpretaciones, pero que en absoluto desluce el conjunto desde el punto de vista expresivo. Del inicial Der Jüngling und der Tod —donde el barítono matizó perfectamente la diferenciación vocal de los dos personajes que intervienen en la pieza—, hasta el teatral Liedesend —con numerosas variaciones melódicas adaptadas a la acción descrita en el texto—, pasando por el épico, aventurero e iniciático Drang in die Ferne, o por el hermosísimo Du bist die Ruh —que cantó en un verdadero hilo de voz y con un recogimiento casi monacal—, Goerne derrochó musicalidad y dio sobradas muestras del absoluto dominio que ejerce sobre este hermoso y complejo repertorio.

El recital, no obstante, concluyó tan extrañamente como había comenzado, pues a pesar de los continuos aplausos, de las ovaciones y de algunos bravos —hasta cuatro veces salieron a saludar Goerne y Deutsch— no hubo ni un solo bis. Muy cicatero y distante se mostró el barítono alemán. ¿Estaría enfermo? En cualquier caso, si así era deberían haberlo advertido al comienzo del concierto.

Añado, a continuación, un vídeo en el que se puede oír a Goerne interpretar el citado lied Du bist die Ruh. Aunque en el recital de la Zarzuela lo cantó, si cabe, aún con mayor delicadeza que aquí, no obstante servirá para hacerse una idea de cuál es su lectura del mismo.