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martes, 19 de enero de 2016

UN "HOLANDÉS ERRANTE" DE GRAN CALADO EN EL AUDITORIO NACIONAL



El holandés errante (Der fliegende Holländer), ópera romántica en tres actos, con música y texto de Richard Wagner, inspirado en las Memorias del señor de Schnabelewopski (1831-1833), de Heinrich Heine.— Director musical: David Afkhan.— Director del coro: Miguel Ángel García Cañamero.— Intérpretes: Bryn Terfel (Holandés), Ricarda Merbeth (Senta), Andreas Bauer (Daland), Torsten Kerl (Erik), Pilar Vázquez (Mary), Dmitry Ivanchey (Timonel).— Coro y Orquesta Nacional de España.— Auditorio Nacional de Música de Madrid (Sala Sinfónica). Viernes, 15 de enero de 2016, 19:00 horas.


COMO todo buen aficionado a la lírica sabe, El holandés errante (Der fliegende Holländer) es la primera de las óperas compuestas por Richard Wagner que el genio de Leipzig consideró digna de pasar a la posteridad para ser representada, razón por la que se encuentra incluida en el denominado "Canon de Bayreuth" desde 1901 (1), ocupando el primer lugar, en razón de su fecha de composición y estreno (1843). Aunque algunos adversarios del músico alemán no terminan de comprender el gesto de haber repudiado sus tres primeras composiciones —Las hadas (Die Feen), La prohibición de amar (Das Liebesverbot) y Rienzi— y ven en él una mezcla de prejuicio y animadversión contra la ópera italiana y la Grand Opéra —cuya influencia se deja sentir en dichas óperas primerizas—, lo cierto es que la cesura impuesta por Wagner a partir de Der fliegende Holländer para marcar una diferencia entre lo que habían sido hasta ese momento sus trabajos musicales y lo que estaba por venir tiene bastante lógica, pues resulta evidente que con esta obra de 1843 el maestro dio un importante paso adelante en el camino hacia la elaboración de su teoría sobre el drama musical, que iba a terminar dando lugar a composiciones tan sorprendentes e innovadoras como Das Rheingold, Tristan und Isolde, Götterdämmerung y Parsifal.

Wagner en una litografía de 1843 (año en que se estrenó Der fliegende Holländer)


No puede negarse que El holandés errante —la historia de un fantasmal y misterioso marinero holandés condenado a vagar eternamente por los mares del mundo hasta encontrar el amor puro de una mujer que le pueda redimir del pecado cometido con la muerte— es una ópera romántica par excellence y que contiene todos los elementos estructurales típicos de la ópera tradicional; aquellos que, más por confirmar sus propias teorías musicales que por odio real, tanto llegaría a aborrecer Wagner. Así, en la obra encontramos arias, cavatinas, dúos, tercetos, números de coro, partes que podríamos denominar de recitativo... En fin, el corpus completo y característico de la ópera de toda la vida en su forma más tradicional y reconocible. Pero junto a ello aparecen otros elementos novedosos que terminarían siendo definitorios del arte wagneriano e iban a abrir el camino hacia nuevas fórmulas musicales y dramáticas. En primer lugar el modo en que se articulan los elementos recién mencionados, que no lo hacen por números —según el esquema habitual en la ópera italiana—, sino a nivel de escena, lo que otorga mayor unidad dramática a la acción. En segundo lugar la temática elegida —una leyenda (luego serán también los mitos germanos)—, que le permite a Wagner abordar temas arquetípicos y universales que le son muy caros: la redención, el perdón, el amor, la compasión, la Naturaleza como entidad primordial, el eterno femenino... En tercer lugar el preponderante papel jugado por la orquesta, que viene a ser un personaje más (en igualdad de condiciones con los cantantes) y tiene una importancia dramática de primer orden, lanzando continuos guiños al oyente-espectador a través de la armonía y las tonalidades utilizadas en cada caso. Por ejemplo —y como señala José Luis Téllez en el documentado artículo introductorio incluido en el programa de mano de estas funciones—, mediante el empleo de: «Tonalidades con bemoles (Re menor, Si bemol, La bemol, Fa menor, Sol Menor, Do menor...) para el mar y los personajes a él asociados, tonalidades con sostenidos (La mayor, Mi mayor, Sol mayor, Re mayor...) para los habitantes de la realidad terrestre», ofreciendo una oposición dialéctica entre Naturaleza/Mito vs Civilización/Historia que tendrá fecundas consecuencias en el futuro Anillo del nibelungo (2). Este peso de lo sinfónico —que no era nuevo en los compositores operísticos germánicos (pensemos, por ejemplo, en Carl Maria von Webern, o en Marschner)— iba a alcanzar cotas máximas precisamente con Wagner, quien incluye en sus obras piezas instrumentales de un alcance, un significado y una inspiración insuperables que resultan esenciales para el desarrollo de la acción dramática. Junto a ello podemos contabilizar también el empleo, más desarrollado aquí, del leitmotiv como elemento conductor de la acción; unidades melódicas recurrentes identificadas con ideas, objetos, situaciones o personajes de la acción y que aparecen en su totalidad incluidas en la soberbia obertura de la obra, que es de una intensidad descriptiva apabullante. Con razón dijo el director de orquesta Felix Mottl —quien estrenó El holandés errante en Bayreuth en 1901— que «por donde se abra la partitura el viento te pega en la cara». Aunque estos motivos conductores no llegan a tener aún aquí la importancia que habrán de adquirir posteriormente en otras obras de Wagner —especialmente a partir de Das Rheingold, donde toda la estructura musical se construye a partir de ellos y de sus infinitas variaciones— no dejan de ser importantes. Wagner los ordena por familias temáticas, otorgándoles un valor musical concreto y definitorio: todo lo que se refiere al desasosiego espiritual del Holandés, las tormentas, el destino, etc. está representado por motivos de cuartas y de quintas ascendentes; todo lo que remite a la paz del hogar, al reposo de los personajes, a la redención por el amor, etc. nos llega a través de un intervalo de tercera descendente. Y así de manera sucesiva.

La escena final de la ópera, según el estreno de Dresde, en 1843


Lo cierto es que el propio Wagner fue consciente de que con Der fliegende Holländer daba un paso fundamental en su carrera como dramaturgo y compositor, desde el momento en que confesó que con dicha obra se iniciaba su trayectoria como poeta y decía adiós «al papel de mero cocinero de textos de ópera» (3).

Las dos representaciones que la OCNE ha programado en el Auditorio Nacional para este título —una el día que comentamos, y la segunda el pasado domingo 17 de enero— aparecen integradas en el ciclo "Malditos", que se ha venido desarrollando a lo largo de esta temporada 2015/2016, y cuyo objetivo era el de diversificar las actividades de ambas formaciones musicales y abrirlas hacia nuevos repertorios, como es el caso de la ópera. Y, a juzgar por los resultados obtenidos el pasado día 15, podemos decir que han conseguido ambos objetivos con creces.

Wagner en la última etapa de su vida


El joven director germano David Afkham, flamante titular de la ONE, nos ofreció una lectura brillantísima y vibrante de esta gran partitura wagneriana (la primera que, como ya hemos dicho, abría el camino a las nuevas coordenadas creativas que el genio de Leipzig se había marcado desde el comienzo de su carrera). El uso variado e inteligente de las dinámicas, así como el empleo de tempi inspiradísimos y muy adecuados en cada momento dieron como resultado una interpretación de gran intensidad dramática y enorme teatralidad, lo que contribuyó a que entre el público asistente no echásemos de menos durante la función la ausencia de decorados. Bastó con una buena iluminación —sabiamente manejada para crear atmósferas—, un movimiento de actores inteligente —que les llevó a desplazarse incluso hasta por el patio de butacas— y algunos objetos referenciales y simbólicos sobre el escenario —el buque, la escopeta de Erik, la rueca de Senta, el retrato del holandés de la leyenda— para que viviéramos el drama en toda su intensidad. Extraordinarias las cuerdas —cuyo papel resulta fundamental a lo largo de toda la obra, al ser las responsables de recrear el viento, que tanto protagonismo adquiere a lo largo de la acción— y brillantísimos los metales (con algún fallo puntual e irrelevante), dentro de una labor de conjunto referencial, con una orquesta de sonido empastado, compacto y bastante equilibrado. Muy inteligente Afkham durante toda la representación, no sólo por alternar adecuadamente los pasajes de gran enjundia instrumental con aquellos otros de mayor sosiego e intimidad, sino por ayudar a los cantantes solistas, plegando el sonido para no cansarlos innecesariamente y facilitar la inteligibilidad del texto. Ello se hizo evidente, por ejemplo, en el impresionante monólogo de presentación que el holandés tiene en el acto I (Die Frist ist um) —donde Afkham echó un cable a Terfel, aunque la orquesta siguiera sonando realmente impresionante y pavorosa (como lo exige la infernal pieza)—, así como en el dúo entre él mismo y Senta (del acto II), donde ambos intérpretes pudieron expresarse con absoluta libertad vocal, sin temor a ser ahogados por la orquesta.



Si magnífica fue la prestación orquestal no resultó menos excelente la de los coros, sobre todo el masculino, que se mostró insuperable a lo largo de toda la representación, pero de modo muy concreto en su espectacular escena primera del acto III y durante el duelo de canciones entre los marineros noruegos y la fantasmal tripulación del Holandés, desplegando un sonido empastado, de gran variedad tímbrica, nitidísima dicción y magníficas sonoridades, de manera que dio lugar a momentos musicales de extraordinaria expresividad y memorable intensidad emocional. De lo mejorcito que ofreció la noche. Eficacísimo, también, el coro femenino, tanto en la escena de las ruecas, como en la de la fiesta de los jóvenes noruegos en la bahía.

La estrella de la velada fue el bajo-barítono galés Bryn Terfel, uno de los más importantes cantantes de su generación y personalidad destacable dentro de esta cuerda, teniendo en cuenta la enorme crisis de voces graves que hay desde hace años. Aunque comenzó su carrera como intérprete mozartiano, a partir del año 1996 Terfel decidió ampliar su repertorio introduciendo papeles de Wagner, hasta llegar al año 2006, en que incorporó el rol del Holandés, que tiene bien interiorizado. Ha sido la primera vez que el cantante se presenta en Madrid con una ópera completa —razón por la que un servidor estaba muy interesado en asistir a estas funciones para escucharle (pese a no ser santo de mi devoción)— y puedo decir que el resultado ha sido interesante, pero poco más. El galés nos propuso una lectura contundente en lo dramático y de buenos medios vocales, si bien estos ya aparecen algo mermados, especialmente en la zona aguda y del pasaje, a las que el intérprete accedió de manera algo forzada, usando continuos portamenti y con un sonido que se blanqueaba y perdía bruñidura y metal. Centro sólido y graves algo abiertos pero rotundos, para dibujar un Holandés sombrío y poderoso, de sonoridades oscuras —como a mí me gusta— y atractivo instrumento (aunque con un punto de engolamiento y de vibrato, que es lo que a mí no me satisface de Terfel). Una voz, en todo caso, de color claramente baritonal. Ofreció un primer acto de gran calibre, con una presentación sobrecogedora en el impresionante monólogo Die Frist ist um —desplegando un canto heroico, expresivo y matizado en las dinámicas, de fraseo incisivo, que se vio muy realzado por el inteligente acompañamiento de Kafhan— y un apreciable dúo con Daland. Quizá por esa generosa entrega del principio, en el segundo acto se vio claramente superado por la soprano y en el tercero apareció muy cansado, aunque logró terminar airoso la función.



La gran sorpresa de la noche llegó con la soprano alemana Ricarda Merbeth, que nos hizo disfrutar de una Senta muy bien perfilada desde el punto de vista dramático y vocal. Es un personaje que la cantante ha interpretado frecuentemente, incluso en Bayreuth —donde lo debutó en 2013 bajo la dirección de Christian Thielemann—, de modo que lo conoce bastante bien. La voz de Merbeth es de lírica con cierto peso y notable proyección (aunque no demasiado ancha ni atractiva), de graves débiles, pero muy segura en el centro y en el primer agudo. Con estos mimbres —que no son poca cosa— ofreció una lectura muy inteligente, sensible y teatral de la noble joven que está dispuesta a morir por amor, con el objeto de redimir de manera absolutamente desinteresada al hombre del que se ha enamorado a través de una leyenda. Su lectura de la famosa "balada" resultó excelente, y lo mismo podríamos decir del enternecedor dúo con el Holandés (ambos en el acto II), donde Merbeth superó con creces a Terfel.



Deslusionante sin paliativos el Erik del tenor alemán Torsten Kerl, un cantante experimentado en lides como ésta, con un instrumento más sólido de lo habitual para este rol, pero que desplegó una voz colocada en el cogote, de escasa proyección y apoyo defectuoso, hasta el extremo de que en su preciosa cavatina del acto III que sigue al duetto con Senta (Willst jenes Tags dich nicht mehr entsinnen) terminó "deleitándonos" con una serie de esforzados agudos emitidos a base de gola y un gallo final. Francamente mal.



Justo antes de iniciarse la representación, y a través del servicio de megafonía, se anuncio la sustitución del bajo previsto originalmente para interpretar al padre de Senta (Peter Rose) por Andreas Bauer, que nos sirvió un Daland de escasa entidad dramática y modestos medios vocales. Sin pena ni gloria pasó su hermosa, lucida y desenfadada cancioncilla Mögst du, mein Kind, del acto II. Cumplidor, sin más.

Muy bien cantado el timonel de Dmitry Ivanchey, aunque el tenor ruso posee unos medios muy modestos y livianos, que no permitieron resaltar en todo lo que valió su lectura de la "canción" al comienzo de la obra (Mit Gewitter und Sturm). Bien, asimismo, la Mary de la mezzo española Pilar Vázquez, que ofreció una lectura muy sólida de la nodriza de Senta y desplegó sonidos de buena proyección en el centro y estupendos graves.

En resumen: una velada digna de recordar. Y sin necesidad de que hubiera directores de escena. Ya ven ustedes...

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(1) Wagner proyectó su representación para el Festival de Bayreuth previsto para el año 1889, que él mismo no llegaría a ver, pues falleció en 1883.

(2) José Luis TÉLLEZ, «Un drama nuevo», Madrid, 2016, p. 7.

(3) En el opúsculo Eine Mitteilung and meine Freunde (Una comunicación a mis amigos), publicado en 1851 (ed. y trad. de William Ashton Ellis, The Art-Work of the Future. Richard Wagner's Prose Works, vol. I, Londres, 1895, p. 308).

sábado, 31 de enero de 2015

EUROPA GALANTE EN EL AUDITORIO NACIONAL DE MADRID



Obras de Antonio Vivaldi, Georg Ph. Telemann y Vicente Martín y Soler.— Europa Galante: Fabio Ravasi, Elin Gabrielsson, Carla Marotta (violines I), Andrea Rognoni, Luca Giardini, Silvia Falavigna (violines II), Pablo de Pedro (viola), Antonio Fantinuoli (violonchelo), Nicola Barbieri (violone), Giangiacomo Pinardi (tiorba), Paola Poncet (clave).— Dirección musical y violín: Fabio Biondi.— Auditorio Nacional de Música de Madrid. Sala de Cámara.— Miércoles, 28 de enero de 2015, 19:30 horas.


EXTRAORDINARIO concierto el ofrecido el pasado miércoles en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música de Madrid por el conjunto italiano Europa Galante, dirigido por el violinista Fabio Biondi, dentro del ciclo Universo Barroco. Es ésta una de las formaciones más prestigiosas, reconocidas y premiadas dentro del panorama de la música antigua en la actualidad, y ello se notó desde el mismo instante en que sus integrantes empezaron a tocar: un sonido homogéneo, empastado, redondo, lleno de matices y de claridad, de asombrosa perfección tímbrica y pasmosa naturalidad interpretativa, y con un dominio, una frescura y una imaginación absolutas en el empleo de los tempi y de las dinámicas.



Es un tipo de interpretación el de Europa Galante muy característico de los nuevos grupos surgidos a finales de los años 80 y principios de los 90 del pasado siglo (al menos de los más populares y conocidos en la actualidad): un nuevo modo de presentar partituras que ya están trilladísimas y que las "viejas" formaciones que abrieron veinte o treinta años antes el camino de recuperación de lo que se empezó a conocer como "Música Antigua" (Ancien Music) —el Leonhardt Consort de Gustav Leonhardt, The English Concert de Trevor Pinnock, Musica Antiqua Köln de Reinhardt Goebel, La Petite Bande de los hermanos Kuijen, el Concentus Musicus Wien de Nikolaus Harnoncourt, I Musici, etc.— habían interpretado desde un punto de vista denominado "historicista", limpiando el repertorio barroco de todos las adherencias románticas que se le habían ido pegando con el transcurrir del tiempo, y continuando una senda abierta por el fundamental Karl Richter en los años 50-70. Con ello ofrecieron lecturas más equilibradas y asépticas, de sonido pulcro y espíritu menos arrebatado, buscando la claridad de matices y la lectura fidedigna o revisionista de la partitura, antes que una expresividad acentuada de la misma, tan propia de la interpretación en el repertorio romántico. Por el contrario, Europa Galante y otros grupos coetáneos —por ejemplo Il Giardino Armonico, de Giovanni Antonini— dan a sus versiones de los grandes maestros barrocos una nueva vuelta de tuerca, poniendo el acento en los fuertes contrastes dinámicos, en el virtuosismo filigranesco, en la delectación por el detalle melismático, en la variación de los tempi, en los sonidos rubati, en el empleo de diminuendi, accelerando y rittardando como efecto expresivo y en el despliegue de un virtuosismo interpretativo que, pese a no estar ausente en agrupaciones anteriores, llega a extremos sorprendentes aquí y acaba convirtiéndose en marca de fábrica. De este modo se ofrece una visión "novedosa" de piezas consagradísimas y se ofrece algo que no se había hecho hasta el momento, dentro de un repertorio tan trillado.

Fabio Biondi


Estas fueron, en definitiva, las características del concierto ofrecido por Europa Galante, que produjo gran alborozo en un público que llenaba por completo el aforo de la Sala de Cámara del Auditorio y que aplaudió a rabiar al final del espectáculo. El programa, que incluía obras de tres maestros bien conocidos y pivotaba sobre Antonio Vivaldi (1678-1741), se inició con la Sinfonía de la ópera Griselda (1735), del compositor veneciano. Una pieza de circunstancia que, pese a todo, está llena de la gracia y la inspiración melódica tan propias del "prete rosso", caracterizándose a nivel estructural por la forma del concerto ripieno a 4 (sin solistas) y su división tripartita. En ella pudo ya dar Biondi rienda suelta a su virtuosismo instrumental, aunque el plato fuerte aún estaba por llegar en la segunda parte del concierto.

Telemann
A continuación pudimos escuchar el Concierto para 3 violines en fa mayor, TWV 53:F1 de Telemann. Una pieza compuesta en 1733 y que forma parte de la conocida Tafelmusik del compositor de Magdeburgo, género musical con la forma de una suite de danzas que se organizaba en torno a una estructura integrada por obertura-cuarteto-concierto-trío-pieza solista-final, todo en la misma tonalidad. Es Telemann uno de mis compositores barrocos favoritos y su "música para banquete" una de sus obras que más he escuchado. Un agradable complemento al resto del programa, que los miembros de Europa Galante interpretaron a la perfección, destacándose Biondi, Ravasi y Rognoni como violines solistas.

Siguió a ésta la obra menos atractiva de la velada, compuesta por el menos popular de los tres compositores elegidos: nuestro Vicente Martín y Soler (1754-1806). ¿Una concesión de Europa Galante al público español? Se trataba de una selección de los ballets El rapto de las Sabinas (1780) y La bella Arsene (1781), que fueron compuestos por el maestro valenciano durante su etapa italiana al servicio del rey Fernando I de Nápoles y las Dos Sicilias.

Martín y Soler


Y tras el descanso llegó el momento estrella de la velada, con la interpretación de las conocidísimas Le quattro stagioni. ¿Quién no ha escuchado alguna vez un movimiento, al menos, de estos famosísimos cuatro conciertos, compuestos por Antonio Vivaldi en 1725 e incluidos en la opus 8 (Il cimento dell'armonia e dell'invenzione). Seguramente estemos ante una de las obras descriptivas y programáticas más populares e influyentes de todos los tiempos, tanto por lo que supuso de ruptura y evolución del tradicional concerto soli al concerto ripieno —donde la orquesta no se limita a acompañar a un solista, sino que contribuye al desarrollo de la obra—, como por haberse constituido en foco de inspiración para numerosos compositores como Bach, Haendel y otros, que llevaron hasta su forma definitiva la estructura concerto.

Antonio Vivaldi


La versión ofrecida por Europa Galante, verdadera especialista en esta obra vivaldiana, fue sorprendente y, a la vez, refrescante por innovadora. Las constantes variaciones de tempo (al menos de los tempi a que nos tienen acostumbrados otras versiones), el ritmo vertiginoso (casi paroxístico) en los presti, el empleo continuo de disonancias realizadas con el arco y el continuo alternarse de efectos estilísticos de todo tipo (staccati, pizzicati, spiccati, etc.) otorgaron dinamismo y variedad a la interpretación y dieron como resultado una lectura del todo distinta de esta archiconocida obra maestra. Y valga un ejemplo concreto como testimonio de lo que digo: el efecto creado en el allegro non molto del cuarto concierto, donde los componentes de Europa Galante desplegaron un efecto mixto de staccato y frotado tradicional con el arco que, unido a disonancias, dio como resultado un efecto sonoro extraño pero muy sugerente. Con todo, y pese a la enorme variedad de matices y de variaciones, el grupo de intérpretes mantuvo en todo momento la homogeneidad, así como una destacada invividualización de cada uno de los instrumentos, de modo que, por ejemplo, en el largo de ese mismo cuarto concierto no sólo pudimos escuchar perfectamente diferenciado al solista, sino que los pizzicati del resto de intérpretes se marcaron con enorme claridad, tanto en los violines como en uno de los dos violonchelos y en el contrabajo del bajo continuo.

En resumen: una interpretación muy sugerente, llena de matices y de novedades que fue premiada con una gran ovación y de la que se obtuvo como bis la repetición del presto del concierto nº 2, con la introducción de gran cantidad de imaginativas variaciones por parte de Biondi.

Enorme éxito para los miembros de Europa Galante y para Antonio del Moral, como organizador del ciclo Universo Barroco y responsable de que grupos como éste visiten nuestro país.

Y una última observación: no deja de sorprenderme la mala educación del público, que tras el intermedio tuvo esperando un buen rato a los intérpretes sobre el escenario mientras terminaban de acomodarse en sus localidades. Biondi, con su dominio del español y las tablas que le da el oficio salió del paso ante tan inusual como incómoda situación diciendo que por un publico tan bueno como ése merecía la pena esperar lo que hiciera falta. ¡Qué tacto! En fin, que el personal ya no se conforma sólo con toser cada vez que tiene ocasión, o ponerse a abrir caramelitos en los momentos más inadecuados, sino que ahora, además, se permite el lujo de hacer esperar a los intérpretes encima del escenario.

domingo, 23 de noviembre de 2014

LOS "GURRELIEDER" DE SCHÖNBERG EN EL AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID



Gurrelieder (Canciones de Gurre), para solistas, coro y orquesta con música y libreto de Arnold basado en textos del poeta y escritor danés Jens Peter Jacobsen y traducidos al alemán por Robert Franz Arnold.— Dirección musical: Eliahu Inbal.— Intérpretes solistas: José Ferrero, tenor (Rey Waldemar), Christie Brewer, soprano (Tove), Catherine Wyn-Roger, mezzosoprano (Waldtaube, la paloma del bosque), Andreas Conrad, tenor (Klaus-Narr, Klaus el Bufón), Albert Dohmen, bajo (Campesino y Narrador).— Orquesta y Coro Nacionales de España. Coro de RTVE.— Auditorio Nacional de Música de Madrid. Sala Sinfónica.— Sábado, 22 de noviembre, 19:30 horas.


AGRADABILÍSIMA velada la que este nibelungo y su media naranja pasaron la tarde-noche de ayer en el Auditorio Nacional, asistiendo a la segunda función de los Gurrelieder schoenbergnianos, bajo la dirección de Eliahu Inbal. Estupenda lectura la del director israelí y sensacional prestación la de la Orquesta y Coro Nacionales de España, reforzados para la ocasión por el Coro de RTVE para sacar adelante una de las partituras más suntuosas, complejas y opulentas que un oyente puede encontrarse desde el punto de vista orquestal.



Los Gurrelieder (o Canciones de Gurre) pertenecen a la primera época de Schönberg como compositor, antes de que abandonara los postulados tardorrománticos inspirados en Wagner y Mahler y diera el paso que supondría su ruptura con el pasado y lo iba a poner en la senda del dodecafonismo, desde la que revolucionaría la Música occidental. No es extraño que partiendo de esa estética propia del Postromanticismo, Schönberg se mostrara interesado por una leyenda medieval para tomar como base de su composición. El título hace referencia al castillo Gurre, en Dinamarca, escenario de la leyenda nacional danesa relativa al enfermizo amor que el rey Valdemar IV Atterdag (1320-1375) sintió por su amante Tove, y el posterior asesinato de ésta a manos de la reina consorte Helvig. Leyenda que, todo sea dicho, posiblemente tenga su base histórica más en el reinado de su antepasado Valdemar I (1131-1182), que en el del propio Atterdag.

Imagen de Valdemar IV y de la reina Helvig (o Haelwig) en una de las paredes
de la iglesia de San Pedro (Sankt Peders Kirke) en Naestved (Dinamarca)


Schönberg comenzó a componer la obra con la idea de hacer un ciclo de canciones para soprano, tenor y piano que iba a presentar a una competición organizada por la "Asociación de Compositores de Viena". Pero como no llegó a tiempo decidió darle una nueva orientación a la pieza, convirtiéndola en algo más ambicioso. Empezó por componer las partes que enlazaban las nueve primeras canciones originales y añadió un preludio, así como la "Canción de la paloma del bosque" y, posteriormente, el conjunto de las partes segunda y tercera. En esta nueva versión estuvo trabajando hasta 1903, momento en que la abandonó antes de proceder a la orquestación para dedicarse a otros proyectos. Cuando volvió a la obra, en 1910, Schönberg ya había escrito sus primeras obras atonales (Tres piezas para piano, op. 11, Cinco piezas para orquesta, op. 16 y Erwartung, todas ellas de 1909) y había conocido a Gustav Mahler, que ejercería una profunda influencia sobre él. Y todo esto se percibe en la obra, que recibió un nuevo impulso a lo largo del año 1911, cuando concluyó la orquestación, que muestra gran influencia mahleriana. A pesar de que la obra tardó cerca de diez años en ser terminada, lo cierto es que se conserva la unidad estilística y tampoco se aprecia la evolución hacia lo dodecafónico en que ya había empezado a trabajar Schönberg, abandonando el sistema tonal a partir de 1908. Sí se detecta, por el contrario, las diversas influencias musicales que el músico vienés experimentó a lo largo de estos años, pasando del wagnerismo evidente de las primeras dos partes de los Gurrelieder —con una masa orquestal gigantesca— a la marcada influencia de Mahler en la tercera, especialmente en el ámbito de la orquestación y en el uso de los grupos instrumentales como si fueran conjuntos de música de cámara dirigidos a crear efectos y colores diversos y variados. Es muy significativo, también el papel que Schönberg otorgó aquí al Sprechgesang (o Sprechstimme), esto es, a la técnica vocal consistente en escanciar el texto en un modo que se halla a medio camino entre el canto y el lenguaje hablado (y que hallamos en la pieza Des Sommerwindes Wilde Jagd de los Gurrelieder), artificio que volvería a explorar con mayores consecuencias y alcance en otras obras suyas como Pierrot Lunaire (1912) y sus distintas óperas.

El castillo Gurre en una representación romántica del siglo XIX


Sobresaliente interpretación, desde el punto de vista instrumental, la que tuvimos ocasión de presenciar ayer, con un Eliahu Inbal inspirado y atento a cada detalle de la riquísima y compleja partitura. No debe extrañarnos, dado que el maestro israelí es un consumado especialista en este repertorio tardorromántico y ha dejado grabada, incluso, una versión de la obra, caracterizada (como en la función de anoche) por el perfecto ensamblaje entre el impulso, la energía y el calor propios del pleno Romanticismo y la preocupación por marcar con claridad la estructura de la composición, diferenciando no sólo entre los tres grandes bloques o partes que la componen, sino introduciendo matices dentro de cada una de ellas y ofreciendo un universo sonoro distinto para cada ocasión, en función del desarrollo dramático: aguerrida, épica, violenta e imperiosa en todas las escenas de Waldemar-Tove, pero conmovedora y recogida en la larga intervención de la Paloma del Bosque; angustioso y terrible en la plegaria-reproche de la segunda parte; divertido, liviano, desenfadado en la extensa intervención del bufón Klaus; esperanzado, alegre y luminoso en la escena de la cacería salvaje y el coro final, etc.

El maestro israelí en una imagen de archivo


En cuanto a los solistas, destacar la buena prestación de todos ellos, a excepción del tenor José Ferrero, que se las vio y se las deseó para sacar adelante su dificilísimo y exigente papel de Rey Waldemar. El tenor posee un instrumento oscuro y de cierto peso —que parece ser lo requerido para interpretar con garantía la parte del monarca, que ha de sonar heroico y aguerrido—, pero su emisión es tan defectuosa y limitada que la voz apenas brilla ni se proyecta adecuadamente. Sonidos entubados y traseros, opacos y sin apenas squillo que impidieron, en todo momento, la correcta intelección del texto cantado. Vamos, que un servidor no fue capaz de entender absolutamente nada de lo que interpretó el tenor albaceteño, y eso que iba siguiendo con mucha atención el texto de la obra. Ello, además, es tanto más significativo cuanto que, contra todo pronóstico, resultaba más fácil seguir lo que decían las dos voces femeninas que lo cantado por el tenor. Una lástima, la verdad, pues el papel de Waldemar es el principal de esta soberbia pieza. Por otra parte, y debido fundamentalmente a este problema, el cantante no pudo sobreponerse ni una sola vez a la inmensa masa orquestal que Schönberg echó encima a su parte, siendo tapado durante prácticamente toda la función y quedando, en algún momento, anulado del todo (como si no estuviera sobre el escenario).

El tenor Ferrero


Muy interesante la Tove de la soprano norteamericana Christine Brewer. Voz dramática, con pegada, carnosidad y buena proyección, que fue capaz de sobreponerse a la orquesta y sacar adelante su complejo papel (que tiene alguna nota inmisericorde). Aún mejor, en mi opinión, la Paloma del bosque de la mezzo británica Catherine Wyn-Rogers, inspiradísima en la expresión y muy acertada tanto en los acentos como en el fraseo durante su larga intervención en "Tauben von Gurre!". Magnífico también el bufón Klaus del tenor alemán Andreas Conrad, dueño de un material (en apariencia) más liviano que el de Ferrero, pero con mucho más brillo y proyección. Cantó estupendamente su particella, mostrándose juguetón, divertido y del todo intencionado, como corresponde al momento. Es cierto que su larga intervención de la tercera parte ("Ein seltsamer Vogel ist so'n Aal") no se ve lastrada por una densidad orquestal semejante a la que acompaña aquellos otros pasajes en que Waldemar o Tove cantan, pero no creo que sólo a ello se debiera el mérito del tenor alemán, que fue capaz de sobreponerse sin dificultad a la masa de la orquesta. Y dejo para el final al gran bajo-barítono alemán Albert Dohmen, el Wotan más asiduo en Bayreuth durante la década 2000-2010, que dejó testimonio de su poderío y dominio y construyó un magnífico Campesino y un excelente Narrador. No es un cantante por el que yo sienta especial predilección, pero he de reconocer que estuvo sencillamente soberbio en sus dos intervenciones, muy especialmente en la larga perorata de la "Cacería salvaje" ("Des Sommerwindes Wilde Jagd"), demostrando que el sprechgesang puede convertirse en pura poesía cantada cuando se expresa con el sentimiento, la intención dramática y el idiomatismo con que él lo hizo. Sencillamente extraordinario.

De izquierda a derecha, y de arriba abajo, Brewer, Wyn-Roger, Conrad y Dohmen


No anduvo a la zaga de los solistas el reforzado e impresionante coro, que tiene inmejorables ocasiones de lucimiento y ofreció muy buenas intervenciones. Especialmente las voces masculinas en los dos diálogos de los vasallos de Waldemar con el monarca, y sobre todo en el segundo de ellos ("Der Hahn erhebt den Kopf zur Kraht"), cuyo comienzo resultó sobrecogedor. En la primera de sus intervenciones ("Gegrüsst, o König, an Gurre-Seestrand!") quedó claro cómo el sinfonismo fue llevado hasta casi lo paroxístico por Schönberg, pues el exceso de la columna sonora llega ahí hasta un punto en que resulta complicado diferenciar entre la orquesta propiamente dicha y las voces, que acaban convirtiéndose casi en un mero instrumento más al resultar prácticamente imposible saber lo que están diciendo.

La OCNE, que ayer se vieron reforzados por el Coro de RTVE, en una imagen de archivo


Dadas las peculiares y un tanto mestizas características de la obra —en la que lo sinfónico y lo dramático están a un mismo nivel— más de una vez se ha hablado de cuál pueda ser el verdadero carácter de estos Gurrelieder: ¿oratorio? ¿cantata? ¿simple ciclo de canciones? ¿ópera? De hecho, el artículo introductorio de Santiago Martín Bermúdez al programa de mano del concierto —así como diversas opiniones de expertos manifestadas desde el momento de la composición de la pieza— plantean esta cuestión. Pues bien, yo no podría decir con seguridad qué es esta obra, pero sí tengo (más o menos) claro lo que no es: pese a que se haya escenificado alguna vez, creo que no es una ópera, pues el hecho de que en ningún momento los personajes interactúen entre sí constituye un importante hándicap en este sentido. De modo que, pese a la continuidad dramática y la unidad de acción que puede observarse, considero que estamos ante un ambicioso y original ciclo de lieder (tal como anuncia el propio título de la obra), o ante una cantata u oratorio, más que ante una ópera propiamente dicha.


Los Gurrelieder representados escénicamente en la Dutch National Opera durante el pasado mes de septiembre


La Sala Sinfónica del Auditorio, con su aforo a medio gas (aproximadamente dos tercios del mismo, con huecos en todas las zonas), se entregó de lleno a los intérpretes, que fueron muy aplaudidos al final del espectáculo (especialmente Inbal, por razones obvias).

Un apacible y relajado paseo hasta llegar a casa, andando por calles prácticamente vacías —merced a la fiebre futbolística del personal—, sirvieron para poner el broche de oro a una estupenda y satisfactoria velada. ¡Gracias Herr Schönberg...!

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Abriendo la entrada El árbol de la vida (1905-1909), de Gustav Klimt (Österreischisches Museum für Angewandte Kunst).

martes, 28 de mayo de 2013

NUEVA VELADA BARROCA EN EL AUDITORIO NACIONAL: "IMENEO", DE HAENDEL, EN VERSIÓN DE CONCIERTO



Imeneo, ópera seria en tres actos con libreto de Silvio Stampiglia y música de Georg Friedrich Haendel.— Dirección musical: Christopher Hogdwood.— Intérpretes: Renata Pokupić (Tirinto), Rebecca Bottone (Rosmene), Lucy Crowe (Clomiri), Vittorio Prato (Imeneo), Stephen Loges (Argenio).— The Academy of Ancient Music Orchestra and Choir.— Auditorio Nacional de Música de Madrid. Sala Sinfónica.— Domingo, 26 de mayo de 2013, 18:00 horas.

INTERESANTE oportunidad la que se ofreció a los aficionados en el que ha sido el último concierto operístico del ciclo "Universo Barroco", en esta temporada 2012-2013 que va concluyendo. Interesante digo, porque se presentó una obra muy poco programada —tan sólo 13 representaciones en todo el mundo durante el período comprendido entre el 1 de enero de 2011 y el 27 de mayo de 2013 (según datos de Operabase)— y no demasiado conocida de su prolífico autor, el célebre Georg Friedrich Haendel. Además se ha traído a Madrid servida por una de las agrupaciones más prestigiosas y especializadas dentro de este repertorio: la Academy of Ancient Music, del no menos reconocido Christopher Hogwood, uno de los mitos vivientes de este repertorio y auténtico artífice —junto al ya fallecido Leonhardt, Harnoncourt, Pinnock, Savall y algún nombre más— del revival "historicista" experimentado por esta parte del repertorio clásico. Gran oportunidad, por ende, para disfrutar de una velada que se presentaba como de gran interés por todas estas razones. Las expectativas, sin embargo, no quedaron cubiertas (para un servidor al menos), pues la representación —de gran nivel en lo orquestal— acabó convirtiéndose en un festival de vocecillas de jilguero, circunstancia que terminó influyendo de manera decisivamente negativa en el resultado final del espectáculo, pues comprenderán ustedes que una ópera con voces casi inexistentes se queda completamente coja, por muy buena que sea la prestación en el apartado instrumental. Pero enseguida hablamos de ello.



Imeneo fue compuesta por Haendel a partir de un libreto de autoría anónima que readaptaba un antiguo texto escrito por Silvio Stampiglia, quien fuera uno de los miembros fundadores de la Accademia dell'Arcadia. El argumento toma como base una variante tardía sobre el origen de Himeneo (dios grecorromano de las ceremonias matrimoniales), distinta a la leyenda mitológica habitual y según la cual se trataba de un joven de baja alcurnia que se enamoró de la hija del hombre más rico de la ciudad. Para poder estar a su lado siempre se disfrazó de mujer y la seguía por todas partes. Cuando ambos desfilaban con una comitiva de vírgenes organizada para celebrar los ritos de Eleusis fueron capturados por piratas. Himeneo se puso entonces de acuerdo con sus compañeras de cautiverio y organizó la fuga, matando a los piratas. Luego el muchacho se aseguró de que si lograba devolver a las mujeres sanas y salvas a Atenas desposaría a su amada. Cosa que consiguió sin ningún problema. Y el matrimonio fue tan dichoso que los atenienses instituyeron fiestas en su honor y asociaron el nombre de Himeneo a los desposorios.

Haendel en su madurez


La ópera, penúltima de las escritas por Haendel, fue compuesta entre 1738 y 1740, aunque no sería estrenada hasta finales de este último año (el 22 de noviembre), en el Lincoln's Inn Fields de Londres, donde gozó de otra representación el 13 de diciembre de ese mismo año. Posteriormente volvería a subir al escenario en Dublín dos veces más, el 24 y el 31 de marzo de 1742, con una partitura revisada para la ocasión. Se trata de una obra de circunstancias, correctamente realizada pero que carece del interés musical y dramático de otras composiciones del genial maestro de Halle. Además fue compuesta cuando el género de ópera seria italiana se hallaba ya en franco retroceso en Londres y el compositor había empezado a centrar su atención en el género del oratorio. Un argumento bastante simplón —que se reduce a la elección que una mujer debe hacer entre casarse con el hombre que ama (Tirinto), o con el que la ha rescatado de los piratas (Imeneo)— y una música no tan inspirada como en otras ocasiones —aunque no carezca de momentos llenos de la maestría que se espera de un genio en su madurez, así como de algún que otro experimento expresivo— hacen de Imeneo una obra que necesita obligatoriamente de buenas voces por parte de los solistas para conseguir un espectáculo completo y de verdadero interés. Por desgracia, y como ya dejé apuntado al comienzo de la reseña, no se dio el nivel vocal necesario para que la velada terminara siendo redonda. Y es una lástima, la verdad.

Christopher Hogwood


Christopher Hogwood y su Academy of Ancient Music volvieron a brillar otra vez con luz propia, demostrando el dominio absoluto que tienen sobre este repertorio y ofreciéndonos una lectura caracterizada por la limpidez absoluta del sonido, la homogeneidad y el equilibrio armónico y de texturas, muy típico de estas formaciones anglosajonas (y de las centroeuropeas), tan alejadas de otras interpretaciones con sonido más brillante, fantasioso y lleno de luminosa meridionalidad (como las que ofrece, por ejemplo, Il Giardino Armonico). Las cuerdas, concretamente los violines —imprescindibles en este repertorio—, estuvieron soberbias por empaste y homogeneidad, y otro tanto podría decirse de los claves para el bajo continuo, al frente de los cuales brillaron con luz propia Alastair Ross y Julian Perkins, en una labor que suele pasar desapercibida, pero que resulta fundamental en la música barroca.



En el terreno de lo vocal vamos a empezar por el Imeneo de Vittorio Prato, que aparecía en el programa de mano definido como bajo, aunque no entendemos por qué razón, pues su voz no tenía nada que ver con lo mínimo que se exige de esta tipología vocal: graves más o menos sonoros, centro rotundo y timbre en general oscuro. Pues bien, sólo muy tímidamente se dieron estas condiciones. Los graves eran inexistentes, el centro tenía color y sonoridades más propias de un barítono y el agudo apareció blanquecino y sin apoyo. Pasó prácticamente inadvertido (al menos para un servidor) incluso en piezas tan características para su tipo de voz como son "Di cieca notte allor", o "Esser mia dovrà", por no hablar del magnífico y largo terzetto que cierra el acto II, donde se oyó prácticamente sólo a la Rosmene de la Bottone (de quien hablaremos enseguida). En resumen: muy poca entidad vocal para apechugar con el protagonista (aunque bien es verdad que tampoco estamos ante un rol del otro mundo y que tampoco está pensado para un bajo profundo: de hecho, originalmente Haendel pensó el papel para tenor y escribió algunas partes del principio para este tipo de voz).



No mucho mejor fue el Argenio del bajo (o bajo-barítono) alemán Stephen Loges, dueño de una voz algo más oscura que la de Prato, pero que no aportó especialmente nada interesante en su lectura del viejo padre de Clomiri. De hecho, las pasó canutas en el aria "Su l'arena di barbara scena", desplegando una batería de graves muy, muy débiles y cerrando la pieza con un Fa1 (en la última sílaba de la frase "poi si ferMA") que sonó de todo menos rotundo y guarnecido: una nota estrangulada, abierta, sin empastar y totalmente salida de la gola.



En el campo femenino la cosa no anduvo tampoco demasiado sobrada, la verdad. El Tirinto de la mezzo croata Renata Pokupić —un papel escrito originalmente para alto castrato y que debería haber interpretado el contratenor David Daniels (que, según se podía leer en la página del CNDM suspendió por "problemas personales")— tuvo escaso empuje, aunque no careció de acentos y estilo adecuados. Pero aunque la voz era bonita, estaba timbrada y poseía sonoridades aterciopeladas, sin embargo carecía de proyección (especialmente en los graves), por lo que se hizo muy difícil escucharla en condiciones. Fue la intérprete más aplaudida, pues tenía a su cargo dos verdaderas golosinas como son "Sorge nell'alma mia" (un pezzo di bravura que estuvo entre lo más premiado por el respetable) y la reflexiva y grave "Pieno il core di timore", aria larguísima (y un poco aburrida) que cubrió, por duración, buena parte del breve acto III. En ambas estuvo Pokupić bastante convincente, pero es lástima que su voz no tuviera el suficiente volumen y la consistencia requerida para transmitir todo lo que ambas arias encierran y reclaman (especialmente la fiereza y la desazón descritas en la primera, y que aparecen perfectamente recreadas en esta lectura, debida a la excelente Ann Hallenberg, o en esta otra, de la no menos buena Joyce Di Donato).



El papel de Rosmene —objeto de todos los desvelos amoros por parte de los pretendientes Imeneo y Tirinto— fue asumido por la soprano Rebecca Bottone, cantante poseedora de un instrumento levísimo, de soprano muy ligera que, al menos, consiguió hacerse oír algo mejor que otros de sus compañeros. De todas formas la blancura de la voz, la falta de terciopelo y la ausencia de armónicos dieron como resultado una línea de canto poco atractiva, plana y sin brío. La ligereza del instrumento, no obstante, le permitió salvar sin ningún problema las agilidades incluidas en su aria de comienzos del acto III, "In mezzo a voi due".



Junto con el Tirinto de Pokupić podríamos decir que fue la Clomiri de la Lucy Crowe la parte vocal más interesante de toda la velada (y, desde luego, la solista a la que mejor se oyó de todos los que cantaron). La llamativa soprano británica lució un instrumento de lírico-ligera, con buena proyección, más volumen que su compañera de cuerda y una línea de canto aceptable, pero poco idiomática (se notaba su origen anglosajón). Lo peor estuvo en el timbre (no demasiado agradable y con un punto de fijeza o frialdad) y en una zona aguda donde la voz parecía abrirse y sonar desabrida. Tímidos aplausos en su aria "V'è un infelice" —que fueron rápidamente acallados por esos imbéciles a quienes les gusta chistar a los demás— y recompensa merecida en "E sì vaga del tuo bene" y "Se ricordar ten vuoi", que pusieron fin a sus intervenciones más destacadas.



En resumen: velada muy desigual y desilusionante desde el punto de vista vocal. Si algo se salvó fue gracias a la prestación de Hogwood y de sus huestes, que volvieron a demostrar su valía en este tipo de música. No obstante, el público aplaudió enfervorecido (y casi a rabiar) al finalizar el espectáculo, imagino que por los irrefrenables deseos contenidos antes —de ahí lo de no dejar aplaudir a quien sí lo deseaba durante la representación— y ante el hecho, sobre todo, de verse arrastrado por la fama del conjunto orquestal, de su director y por la buena prestacion que ambos ofrecieron. No sería por las voces, desde luego, que como ya digo estuvieron bastante lejos de lo ideal.

miércoles, 22 de mayo de 2013

UNA DE ROMANOS: "AGRIPPINA", DE HAENDEL, EN EL AUDITORIO NACIONAL



Agrippina, ópera seria en tres actos con libreto del cardenal Vincenzo Grimani y música de Georg Friedrich Haendel.— Dirección musical: Eduardo López Banzo.— Intérpretes: Ann Hallenberg (Agrippina), Vivica Genaux (Nerone), María Espada (Poppea), Carlos Mena (Ottone), Luigi di Donato (Claudio), José Hernández Pastor (Narciso), Enrique Sánchez Ramos (Pallante), Josep Ramón Olivé i Soler (Lesbo).— Al Ayre Español.— Auditorio Nacional de Música de Madrid. Sala Sinfónica.— Domingo, 12 de mayo de 2013, 18:00 horas.


ASEGURAN los críticos y especialistas que Agrippina puede ser considerada el primer capolavoro de Haendel, aunque fuera la quinta ópera en la nómina de las que compuso. La obra, definida como dramma per musica y estructurada como ópera seria en tres actos, se estrenó el 26 de diciembre de 1709, en el Teatro San Giovanni Grisostomo de Venezia, pues Haendel se hallaba por aquel entonces en Italia, adonde había marchado en 1706 desde su Alemania natal para aprender la maniera de componer italiana y con la idea de alcanzar fama y prestigio como compositor de ópera, objetivo éste que, por aquella época, sólo se conseguía haciéndose un nombre en ese país mediterráneo. Agrippina cierra, pues, la etapa italiana del maestro anglo-sajón (y nunca mejor dicho), que al año siguiente de su estreno (es decir, en 1710) regresaría a Hannover antes de dar el salto a Inglaterra, donde se iba a consagrar para la posteridad, alcanzando gloria y uno de los primeros puestos en la nómina de los compositores más influyentes de todos los tiempos.

Haendel


El libreto de Agrippina fue escrito por el cardenal Vincenzo Grimani y desarrolla una temática muy habitual en la ópera seria alla italiana de la época: el de la dramatización de hechos históricos (o mitológicos) protagonizados por conocidos personajes del pasado grecorromano (a veces dioses o héroes), mezclados con tramas paralelas donde se habla de amores, desamores y traiciones. La materia ya había sido tratada con anterioridad en otras óperas (Annibale in Capua, de Tosí, Scipione Africano, de Cavalli, L'incoronazione di Poppea, de Monteverdi; Messalina, de Pallavichini) y volvería a serlo posteriormente por el mismo Haendel (Alessandro, Scipione, Serse, Rodelinda, etc.) y por otros autores bien conocidos (por ejemplo, Adriano in Siria, de Pergolesi; La clemenza di Tito, de Mozart, Catone in utica, de Paisiello, La morte di Cesare, de Zingarelli, Tito Manlio, de Tarchi, etc.), antes de llegar a la renovación total del género por obra y gracia del movimiento romántico, que volvió su mirada hacia otros temas, en muchos casos igual de solemnes pero mucho más acordes con la nueva sensibilidad y volcados con preferencia en el Medievo y los primeros siglos de la Edad Moderna (1).

En el caso que nos ocupa, el cardenal Grimani —que llegó a ser virrey de Nápoles en nombre del emperador Carlos VI desde 1708 hasta su muerte (acaecida en 1710)— utilizó como base para su libreto la historia de Julia Vipsania Agripina —también conocida como Agripinila, o Agripina la Menor, para diferenciarla de su madre de igual nombre—, esposa del emperador Claudio y madre de Nerón, y de las intrigas que puso en marcha contra su esposo para asegurarle la corona imperial a su hijo. Con dicho material Grimani construyó un sólido e interesante texto que está plagado de alusiones políticas, en las cuales los especialistas han visto una muestra de la rivalidad que mantenía con el papa Clemente XI.

El cardenal Grimani en un grabado de la época


El (re)conocido grupo Al Ayre Español, dirigido por Eduardo López Banzo (que también se sentó al clave durante la velada), dio muestras de su dominio y conocimiento de este repertorio, tan revalorizado desde hace ya unos cuantos años. La orquesta, que no era precisamente pequeña, sonó compacta y con igual eficacia durante toda la representación, si bien el interés fue creciendo desde un primer acto que sonó algo más anodino, a una segunda parte (que incluyó los actos II y III) de gran intensidad dramático-musical.



Entre los solistas destacó por encima de todos la mezzosoprano sueca Ann Hallenberg, que construyó una Agrippina sólida y muy creíble desde el punto de vista dramático y vocal (pese a tratarse de una versión en concierto se mostro bien activa). Hallenberg —que ya cantó este mismo papel en el Teatro Real en noviembre del 2009, bajo la dirección de Alan Curtis— es dueña de un instrumento denso, pastoso, mórbido, con gran proyección y oscuro color, por lo que no tuvo dificultad alguna para hacerse oír en toda la sala sinfónica del Auditorio (a pesar de la archiconocida mala acústica del recinto para las voces). Una auténtica voz operística y de verdadero fuste. Estuvo magnífica en todos los recitativos —que desgranó con verdadera intención e italianità— y levantó el ánimo del público ya desde su primera gran intervención solista ("L'alma mia fra le tempeste"), aunque antes de que la representación empezara a animarse de verdad, donde más brilló la sueca fue en la conocida aria "Ho un non so che nel cor", que bordó. Estupenda también en el efectista "Pensieri voi mi tormentate", cuyo dramático recitativo cinceló Hallenberg con gran estilo, magnífica expresión y un color de voz impresionante. Un sobresaliente para ella por su prestación.



La segunda intérprete más destacada de esta función fue, a mi entender, la soprano española María Espada, en la piel de una Poppea que recreó con verosimilitud y luciendo una hermosa voz de lírico-ligera (que, a pesar de ello, tampoco tuvo problemas para alcanzar los lugares más recónditos de la sala). Un instrumento con cuerpo, brillo y calidez, que sonó fresco y sin problemas durante toda la representación. Estupenda y adecuada al estilo en todas sus interpretaciones solistas, desde la primera "Vaghe perle, eletti fiori", hasta el "Bel piacere" con que coronó su papel (de gran peso en el conjunto de la obra).



El tercer lugar en el podio de honor lo ocupó un caballero, concretamente el contratenor Carlos Mena, que construyó un estupendo Ottone (papel compuesto originalmente para contralto). No se halla, precisamente, este tipo de voz masculina entre mis preferidas ya que, por regla general y salvo excepciones, sus sonoridades me producen dentera, pues recuerdan a las gallinas cluecas. Aunque el verdadero problema, muchas veces, no es sólo la mayor o menor calidad del timbre, sino la proyección y potencia de la voz, que suelen ser bastante limitadas. No obstante, en la velada que comento Mena sonó perfectamente audible, sin problemas de ningún tipo y con una proyección suficiente para hacerse oír en toda la sala. Además demostró gran estilo y perfecta adecuación al papel, dando como resultado una magnífica actuación. Estuvo sensacional en el recitativo accompagnato "Ottone, qual portentoso", que cinceló con limpieza y arrojo, y lo mismo en la sucesiva aria "Voi che udite il mio lamento", interpretada con gran aliento lírico y mucho recogimiento. Pero se echó al público en el bolsillo tras su lectura de "Tacerò, purché fedele", que fue, posiblemente, una de las mejores intervenciones de toda la velada. Muy bien por el contratenor vascongado.



Vivica Genaux se puso en la piel de Nerone, el hijo de Agrippina. Un papel creado para voz de castrato, pero que encontró perfecta adecuación en la mezzo norteamericana (personalmente, y para estas lides, casi siempre prefiero una mujer en lugar de un contratenor). Su instrumento no es grande, ni especialmente bello, pero tiene una facilidad pasmosa para el canto d'agilità. Y pudo verse en más de un pasaje de la particella. Especialmente destacables fueron sus intervenciones en la conocida "Col ardor del tuo bel core" y en la posterior "Come nube che fugge dal vento", mucho más complicada, pero de la que la mezzo salió airosa y premiada en forma de numerosos aplausos. La suya fue otra de las intervenciones más agradecidas por el público.



Del resto de los intérpretes cabría destacar al bajo Luigi di Donato, que nos ofreció un aceptable emperador Claudio. El italiano es dueño de una voz con un centro interesante, un grave algo escaso y una zona aguda en la que los sonidos blanqueaban. Correcto en la mayoría de sus intervenciones solistas y destacable en "Basta che sol tu chieda", donde recibió los aplausos del respetable.



Muy regulares los dos jóvenes barítonos que asumieron los roles de Pallante y Lesbo. Enrique Sánchez Ramos mostró una voz bastante natural y de bello timbre, pero algo corta y de escasa sonoridad. Su Pallante fue más bien tosco y poco destacable. Por su parte, el Lesbo de Josep Ramón Olivé i Soler me pareció también poco interesante, servido por un instrumento corto, pobre y bastante engolado. No obstante, la interpretación menos reseñable de la velada —o la que menos me satisfizo— fue la del contratenor José Hernández Pastor en la piel de Narciso. Su voz, de contralto, sonó opaca y gutural, dando la impresión de que estaba colocada demasiado atrás, por lo que carecía de proyección, de modo que apenas si se le oía (y menos aún entendía) cuando cantaba con la orquesta. Un instrumento excesivamente velado y oscuro.

El conjunto Al Ayre Español


A pesar de todo, en términos generales pudimos disfrutar de una velada muy agradable e interesante desde el punto de vista musical. Un nuevo éxito, a la postre, del ciclo Universo Barroco (que, esperamos, siga organizándose en los próximos años).

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(1) Puede verse una abundante nómina de títulos operísticos inspirados en la Antigüedad en LAPEÑA MARCHENA, Óscar, «La imagen del mundo antiguo en la ópera y en el cine. Continuidad y divergencia», Veleia, 21 (2004), pp. 201-215 (artículo que puede descargarse pinchando en el siguiente enlace).

martes, 27 de noviembre de 2012

LA ENCRUCIJADA DE MONTEVERDI: "LES ARTS FLORISSANTS" Y EL "QUARTO LIBRO DE MADRIGALI"



Concierto de Les Arts Florissants.— Ciclo Universo Barroco.— Auditorio Nacional de Música de Madrid. Sala de Cámara. — Martes, 13 de noviembre de 2012, 19:30 horas.


UNA nota rápida, somera y fugaz —tal que la belleza de una flor recién cortada— para dar noticia del segundo recital incluido en el apartado de cámara del ciclo Universo Barroco, desarrollado en el Auditorio Nacional.



Volvieron a Madrid los integrantes del prestigioso grupo Les Arts Florissants, dirigidos por el tenor Paul Agnew, para deleitarnos con un nuevo libro de madrigales de Monteverdi. El concierto, como se indicaba en el programilla de mano, forma parte de la gira que esta prestigiosa formación —creada por William Christie en 1979— está haciendo por toda Europa para presentar, entre los años 2011-2015, el ciclo completo de los madrigales del compositor de Cremona. El programa, no obstante, se completó con cuatro composiciones más, dos extraídas del VI libro de madrigali a cinque voci de Benedetto Pallavicino (publicado en 1600), y otras dos procedentes del XI libro de madrigali a cinque voci de Giaches de Wert (publicado en 1595).



Un tipo de composición para música profana —el madrigal polifónico a cinco voces— que despertó, como se ve por los títulos de las obras mencionadas, un enorme interés entre los compositores de la época, convirtiéndose en el predilecto de los maestros italianos y del público europeo en su conjunto. Esta circunstancia, unida a la abundancia de piezas y la frecuencia de su circulación, hicieron que no tardaran en desarrollarse toda una serie de rígidas normas que debían respetarse a la hora de su composición. Pero desde finales del siglo XVI empezaron a surgir ya tendencias más aperturistas y renovadoras —lo que terminó denominándose seconda pratica, nuove musiche o stile moderno—, que propugnaban una revisión de los cánones impuestos, con el objeto de dar un paso adelante desde el punto de vista estético-musical y abrir el camino a una nueva sensibilidad con mayor pathos y expresividad, que fue considerada de mal gusto por los más puristas. Como puede leerse en el programa de mano del concierto:
«a las anteriores expansiones líricas y descriptivas, empezaron a añadirse elementos patéticos y graves que, apoyados en un concepto mucho más audaz de la armonía, en el empleo heterodoxo de la interválica y, en ocasiones, en el recurso a la homorritmia y la declamación, condujeron a la música a una tensión expresiva cada vez mayor que iba a ser blanco de las críticas de los conservadores».
Conviene destacar que, dentro de este agitado contexto histórico-artístico, Claudio Monteverdi (1567-1643) se vio envuelto activamente en las disputas habidas por causa de la renovación del género y jugó, de hecho, un papel que iba a resultar decisivo, hasta el punto de que algunas de sus composiciones incluidas en el Quarto libro de madrigali a cinque voci —eje de este concierto— aparecieron mencionadas en un texto crítico dirigido contra la seconda pratica y escrito por el clérigo y teórico Giovanni Maria Artusi (1540-1613), siendo utilizadas como ejemplo de lo que, en su opinión, no debía hacerse a la hora de componer. En dicho tratado, aparecido con el título de L'Artusi, overo della imperfettioni della moderna musica (Venecia, 1600), su autor hablaba de las "groserías" y las "licencias" que el compositor —no mencionaba explícitamente a Monteverdi— se había tomado a la hora de pergeñar sus madrigales siguiendo los nuevos principos. En realidad, Monteverdi iba muy por delante de sus detractores y el citado Quarto libro de madrigali (así como el Quinto, que aparecería publicado en 1605) es un ejemplo de ello, pues en las veinte piezas que lo integran —interpretadas en su totalidad por Les Arts Florissants durante este concierto encontramos, además de la potenciación de la palabra, una serie de libertades armónicas y contrapuntísticas, de acentos en la declamación del canto, de búsqueda de disonancias expresivas que se alejan notoriamente de las rigurosas limitaciones impuestas por la prima pratica y denotan cómo el cremonense había empezado a explorar ya un camino de nuevas sonoridades que le llevaría a la composición de sus más grandes creaciones vocales, dentro de ese nuevo género —la ópera— aparecido sólo unos años antes (1), y al que tanto iba a aportar él mismo con sus tres conocidas obras de L'Orfeo (1607), Il ritorno d'Ulisse in patria (1640) y L'incoronazione di Poppea (1642).

Artusi
Todas estas circunstancias fueron expuestas al público de manera resumida por el bajo Lisandro Abadie, que actuó como improvisado (¿o no?) maestro de ceremonias, introduciéndonos en los vericuetos de lo que íbamos a escuchar. Luego, ya en el terreno de lo musical la velada transcurrió como estaba previsto: excepcionalmente bien. Y no podía ser de otro modo, puesto que Les Arts Florissants es un grupo con el suficiente bagaje y dominio de este repertorio como para dar sorpresas desagradables o decepcionar.

Una interpretación exquisita, delicada —hay que oír con qué suavidad atacan el sonido los componentes del grupo en aquellas composiciones que arrancan en piano—, llena de matices y dotada de un equilibrio y una homogeneidad admirables. Resulta sorprendente comprobar el íntimo grado de compenetración establecido entre Agnew y sus compañeros y cómo un conjunto de cantantes puede llegar a fundir sus voces hasta el extremo de hacernos creer que estamos escuchando un solo y único instrumento politonal de múltiples irisaciones y colores. Predominio casi absoluto de las voces agudas —con dos tenores ligeros y dos sopranos— para un repertorio que Monteverdi escribió pensando en el gusto que su época mostró por las fioriture y los melismas. Y unificándolo todo, desde la línea del bajo, la oscuridad del instrumento del citado Lisandro Abadie y la aterciopelada voz de la contralto Lucile Richardot.



En resumen: otra agradable velada la que esta nueva convocatoria del ciclo Universo Barroco proporcionó a los aficionados madrileños. Esperamos con impaciencia la siguiente (que está al caer en el mes de diciembre).


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(1) Con la Dafne (1597) y la Euridice (1600) de Jacopo Peri (1561-1633). La primera se ha perdido en parte, pero la segunda se conserva íntegra.