sábado, 16 de julio de 2011

FESTIVAL DE VOCES EN EL TEATRO REAL: "TOSCA" (SEGUNDO REPARTO)


Tosca. Melodramma en tres actos.— Dirección musical: Renato Palumbo.— Dirección escénica: Nuria Espert.— Intérpretes: Sondra Radvanovsky (Floria Tosca), Jorge de León (Mario Cavaradossi), George Gagnidze (Barón Scarpia), Felipe Bou (Cesare Angelotti), Valeriano Lanchas (un sacristán), Carlo Bossi (Spoletta), Károly Szemerédy (Sciarrone), Francisco Santiago (un carcelero), Ruth González (un pastor).— Orquesta Sinfónica de Madrid. Coro Intermezzo. Teatro Real de Madrid.— Jueves 14 de julio de 2011.


ESTE mes de julio está siendo un sin parar, de verdad. Menos mal que no ha resultado demasiado caluroso y el ir de un lado para otro se sobrelleva bastante bien. Les resumo: el domingo, día 10, asistencia a un acontecimiento musical de los que hacen verdaderamente época: estreno, en Madrid —y también en España—, en versión escénica, del Saint François d'Assise, de Olivier Messiaen. Experiencia magnífica, aunque lo peor fue que al bueno de Gérard Mortier —haciendo gala una vez más de su proverbial capacidad para molestar al personal— no se le ocurrió otra idea que montarla en el Madrid Arena de la Casa de Campo*. Y para allí marchamos los sufridos aficionados a soportar los caprichos del nuevo director artístico del Teatro Real. Pese a todo, he de reconocer que la cosa mereció la pena y ya tendrán ocasión, si les interesa, de conocer mis impresiones sobre la representación por la crítica que tengo pensado redactar. Al día siguiente, lunes 11, viaje a Francia para visitar la exposición que la ciudad de Thiers le ha organizado al venerable Sergio Toppi, maestro insuperable de los fumetti. Acontecimiento, que como ya les adelanté en la entrada anterior, también tengo pensado poner por escrito en este blog, con todo tipo de pelos y señales. Finalmente, el jueves día 14 —recién llegado del país galo, donde se celebraba su fiesta nacional— nueva velada operística, pero esta vez en el Teatro Real, para presenciar la primera de las dos funciones que servidor tiene pensado ver de la inmortal ópera Tosca, de Giacomo Puccini, título con el que se cierra la actual temporada del coliseo lírico madrileño y representación de la que voy a hablarles a continuación.



Poco puede decirse de una producción que ya tuvimos ocasión de ver los aficionados madrileños en la pasada temporada 2003-2004. Un montaje muy convencional y bastante feo —todo a base de colores negros y grises— firmado por Ezio Frigerio (decorados), Franca Squarciapino (vestuario) y dirigido por la actriz española Nuria Espert, a la que ya hemos tenido ocasión de dedicar aquí unas líneas por ciertas declaraciones suyas. Con esta reposición de su montaje nuestra eterna Medea tiene pensado, al parecer, retirarse de la actividad directorial. Conste que cuando defino la cosa como "convencional" no lo hago con un sentido peyorativo, ya que la mayoría de las puestas en escena actuales han llegado a ser tan ridículas y pretenciosas, se sitúan tan fuera de lugar y muestran tan poco respeto por la creación original que el mero hecho de ver a los personajes vestidos según la época en que vivieron y haciendo las cosas que dice el libreto que tienen que hacer —como ocurre en esta producción de Tosca puede llegar a ser una sensación realmente catártica y liberadora en estos días de transgresión gratuita por parte de los régisseurs.

Un momento de los ensayos de la escena del Te Deum el pasado 11 de julio de 2011,
con el barítono George Gagnidze como Scarpia (© Javier del Real)


Pero, a pesar de todo, a pesar de mostrarse bastante respetuoso con el marco histórico-ambiental y con el texto escrito por Luigi Illica y Giuseppe Giacosa para Giacomo Puccini, el montaje firmado por el trío mencionado peca de tristón, de siniestro y de aburrido. Y es que si exceptuamos el concertante final del Acto I —en el que los tonos ocres dan algo de luminosidad a la impresionante y efectista escena del Te Deum (presidida por un inadecuado friso compuesto por escenas del Juicio Final de Buonarroti)—* toda la representación transcurre sumida en un ambiente oscuro, sucio y feista que la hacen bastante monótona y poco creíble. Porque si algo tienen los espacios históricos romanos originales en que se desarrolla la acción de esta soberbia ópera pucciniana no es, precisamente, la oscuridad y el tenebrismo. El alegre, trascendente y monumental barroquismo de la iglesia basilical de Sant'Andrea della Valle (decorada con luminosas pinturas al fresco), la serena y equilibrada belleza renacentista del Palazzo Farnese (con la suntuosidad manierista de su decoración interior) y la austera soledad y rotunda presencia de la mole pétrea del Castel Sant'Angelo son realidades arquitectónicas y plásticas que chocan de lleno con ese feísmo oscurantista por el que se han decantado Espert y Frigerio. En fin, no sé. Ignoro si la actriz española habrá reflexionado sobre el hecho de que es, precisamente, ese contraposición entre la belleza artística de los escenarios históricos de Roma y los terribles acontecimientos que se desarrollan en ellos lo que, merced al contraste y no por casualidad, hace más apasionante y dramática esta historia de amores, lujuria e intrigas políticas. Historia a la que, por cierto, la hermosa e inspirada música de Puccini se adapta como una mano a un guante (de su talla, claro).

 


Esta visión tan negativa y siniestra que se da de Roma y de la Iglesia a través del montaje es un efecto completamente consciente y buscado por la Espert, cuyos planteamientos anticlericales —que ciertamente están ya en la obra original— quedan expuestos de manera patente y parecen predominar por encima de cualquier otra consideración o matiz. De hecho, en el vídeo promocional que el Teatro Real está emitiendo durante estas representaciones —vídeo que puede verse a continuación—, la actriz española declara abiertamente que su intención es poner el dedo en la dialéctica libertad personal/autoritarismo de la Iglesia y en la fusión/confusión entre poder laico y poder eclesiástico.



Ello da como resultado una simplificación de trazo hueso de ese contenido anticlerical implícito en el argumento de la propia ópera, que nada ayuda a la correcta comprensión de una obra caracterizada por la brillantez de la acción dramática, el inteligente efectismo teatral y por un libreto en el que aparecen engarzados hábilmente la pasión amorosa y la intriga política, dentro de un marco histórico —el de la Roma inmediatamente posterior a la victoria de Napoleón en Marengo (junio de 1800), en la que se enfrentan republicanos y realistas— que Espert no consigue caracterizar correctamente.

Esto por lo que se refiere a las impresiones generales del montaje. Luego ha habido una serie de elementos concretos —gestuales y de decorado— que tampoco me han gustado demasiado. En primer lugar esa especie de iglesia-palacio empleada como marco de la acción durante toda la ópera. Una mole-decorado que deja poco espacio para el despliegue actoral de los cantantes, de manera que estos se ven algo acogotados y el movimiento en escena peca de "falta de respiración", de "espacio vital". Y eso que la caja escénica del Teatro Real es lo suficientemente grande como para permitir mayores distancias. Tampoco le he visto sentido al ridículo piquete de prisioneros vejestorios que, atados como una reata de ganado, cruza ante nosotros en la primera escena del acto III. Es un elemento que distrae innecesariamente —por ejemplo, resulta inevitable que los actores hagan algo de ruido al andar—, que rompe el encanto creado por el breve interludio musical que anuncia el futuro addio alla vita, y que no aporta absolutamente nada al desarrollo de la acción dramática, salvo servir para mostrarnos el empleo que se le va a dar a una trampilla multiusos que ocupa el centro del escenario: por ella es lanzado el cadáver de uno de los prisioneros y también será echado el del propio Cavaradossi después de su fusilamiento. Y adquiere tal importancia esa trampilla tan cutre que, incluso, será utilizada por la propia Tosca para suicidarse, creándose una artificiosa situación dramática, pues cuando ocurre eso está en el centro de la escena —y no al fondo del escenario, como suele ser habitual—, rodeada por los esbirros de Scarpia, que se quedan más quietos que una estatua, dejándola actuar a su antojo, cuando bien podrían haberla detenido para entregarla a la justicia, hacer que la juzgaran, condenarla y ejecutarla públicamente, para escarmiento de todo el pueblo y venganza del hipócrita barón asesinado por la diva. En fin, Serafín.

 Violeta Urmana y Marco Berti, protagonistas del primer reparto, tras la trampilla
multiusos (aquí cerrada) de que se habla en el texto (© Javier del Real)


Pero lo que menos me ha gustado ha sido una innovación, respecto de 2004, que la Espert ha introducido en esta reposición de su puesta en escena: al final del acto II, una vez que Tosca le ha dado matarile al bueno de Vitellio Scarpia y mientras deambula confusa por la habitación traumatizada por la violencia de lo que acaba de hacer, antes de abandonar la estancia decide lanzar el contenido de la copa de vino que estaba tomando el lujurioso barón sobre el crucifijo grande que preside la habitación. Se trata, evidentemente, de un gesto de despecho con el que se quiere dar a entender que la cantante ha decidido romper con Cristo por el sufrimiento que Éste ha permitido que padezca durante aquella noche, a manos del lujurioso Scarpia. Pues bien, aunque es una actitud que puede resultar efectista, sin embargo parece absolutamente ilógica, pues choca por completo con la coherencia psicológica del personaje a lo largo de la obra: Tosca es una mujer impetuosa, ganada por la voluptuosidad y que vive "en pecado" con su amante, ciertamente; pero, a pesar de todo, es muy, muy piadosa (que no beata) y una fiel católica. No es creíble, por tanto, que actúe así.

 Tosca (Kara Shay Thomson) en la actitud que mandan los cánones y exige la lógica
interna del personaje (foto de una producción en Saratosa, Florida)


De todas formas, ya les digo: prefiero cien veces este tipo de montaje —poco innovador pero fiel y respetuoso en términos generales— al de otros directores de escena que se permiten el lujo de enmendarles la plana a libretistas y compositores "reescribiendo" a su gusto una historia que no es suya, y buscándole al libreto sentidos que nunca pensaron sus autores originales.

Pero lo verdaderamente importante de la función que comento estuvo en el apartado vocal, auténtico protagonista de la velada. Y es que, parafraseando a Tosca al final del acto II —cuando mira alucinada el cuerpo inerte de Scarpia, al que acaba de matar— bien podríamos decir: E avanti ad essi (los cantantes por supuesto) tremava tutta Madrid. Pues eso, una representación memorable vocalmente hablando.

Contra lo que suele ser habitual comenzaré mi reseña de las voces con el personaje del Barón Scarpia, uno de los malos más repulsivos de la historia de la ópera. El papel fue interpretado por el barítono georgiano George Gagnidze, y frente a las críticas adversas que he podido leer en foros especializados que suelo frecuentar, debo decir que me alineo más con aquellas que "salvan" su interpretación. En este sentido, creo, no sólo, que su instrumento es interesante —yo no lo oí ni tan engolado, ni tan falto de refinamiento como se ha dicho por ahí—, sino que además nos ofreció un Scarpia bastante apreciable y creíble. Fue cruel y autoritario cuando el papel lo requería (conversación con el sacristán, escena del interrogatorio, etc.), sibilino e hipócrita en los momentos necesarios (dúos con Tosca de los actos I y II) e incluso elegíaco en ocasiones. Interpretó su pseudo-aria Ella verrà... Ha più forte sapore la conquista violenta con gusto, buen fraseo y cierto refinamiento (al contrario que otros barítonos que acostumbran más a gritarla que a cantarla) y murió bastante bien (que es cosa de agradecer siempre, tratándose del malvado barón). Otra cosa es que a nivel escénico fuera demasiado histriónico— que lo fue— y poco natural. Además, su presencia física (algo llenito, rubio, etc.) no ayudaba demasiado, aunque me pareció interesante ese punto de juventud que le dio al personaje. Pero todo eso son cosas que, tal como anda el teatro lírico hoy día (tan ayuno de voces), pueden pasarse por alto fácilmente. Gagnidze no estuvo mal en el dúo con Tosca del acto I —aunque yo le habría pedido algo más de recogimiento y de voz cupa, para parecer más sutil y sibilino—, se vio superado por la masa orquestal en la escena del Te Deum, se manejó bastante bien en el acto II —su prueba de fuego— y murió magníficamente. En fin, una actuación más que digna, viendo lo que se cuece actualmente.

 El Scarpia, menos clerical, de Gagnidze en la MET de Nueva York (© 2009 Ken Howard)


Respecto al dúo protagonista, quedé sencillamente maravillado. ¡Al fin voces grandes, poderosas y timbradas en el Teatro Real! ¡Al fin! Y es que tanto Jorge de León— al que ya tuve la fortuna de escuchar en su debut como Chénier sustituyendo a Marcelo Álvarez en este mismo Teatro Real— como Sondra Radvanovsky son dos auténticos tanques Panzer, que arrasarían con cualquier orquesta que se les pusiera por delante. No es que el tener una voz grande sea lo fundamental a la hora de cantar, pero ciertamente ayuda bastante (sobre todo si se manejan con habilidad e inteligencia, como es el caso).

De Leon y Radvanovsky en un momento de los ensayos (© Javier del Real)


La verdadera triunfadora de la velada, a mi entender, fue la soprano norteamericana, que es dueña de una voz extensa y muy voluminosa, opulenta, carnosa y rica de armónicos. En definitiva: una voz de auténtica soprano spinto, como no se oía en el coliseo madrileño desde hace tiempo. Lo cierto es que estuvo estupenda, tanto a nivel escénico —es atractiva y actuó bien—, como a nivel vocal. Y es que, a pesar de ser dueña de ese vozarrón, lo maneja con gusto, con equilibrio y sabiendo hacer. Su dúo con Cavaradossi en el acto I discurrió sin problemas, aunque se veía que la cantante aún no estaba metida del todo en el papel. Pero estuvo bien y muy intencionada en lo actoral, muy cómplice y amorosa de su amante pintor. En el II acto, donde se halla el tour de force lírico de su rol, la Radvanovsky siguió in crescendo y demostró que tiene medios sobrados para el personaje. Su Vissi d'arte fue muy, pero que muy interesante. Cantada con pasmosa facilidad y recogiendo el torbellino vocal del que es dueña para apianar cuando hacía falta. La intérprete demostró que iba sobrada de un fiato que utilizó con habilidad para dosificar el aliento y embellecer la línea de canto. Creó dinámicas muy interesantes y juraría, incluso (aunque no puedo asegurarlo), que concluyó la pieza con una pequeña (por breve) messa di voce, cerrada con un bello pianissimo. En el III acto estuvo tan bien como en los anteriores, cantando un dúo mucho más variado que el de su partenaire. En definitiva: una gran actuación y una voz realmente sorprendente que habrá que seguir de cerca para ver cómo evoluciona. Si hubiera que poner algún pero, lo centraría en la dicción italiana, que me pareció algo defectuosa. A continuación les pongo un vídeo de la Radvanovsky, cantando Vissi d'arte, para que vean cuál es la línea de canto que se gasta la soprano americana.



Jorge de León es un magnífico tenor lírico-spinto que promete darnos muchas horas de gloria si continúa evolucionando para bien. La zona alta es sencillamente impresionante: firme, segura, squillante, viril, rica de armónicos. La voz del canario suena allí como una auténtica trompeta y no tuvo problemas para acceder a las partes más elevadas de su particella. De este modo, su La vita mi costasse, vi salverò —el pasaje más agudo que debe interpretar el tenor (si natural)— brilló con toda el heroísmo y la fuerza juvenil que requiere el momento. Y lo mismo podemos decir de su otro arranque inconsciente de bravura —el Vittoria, vittoria, del II acto (si bemol)— donde de León despachó el momento con absoluta comodidad y como quien no quiere la cosa (por lo que podría haber alargado algo más la frase y se habría echado al público en el bolsillo). El tenor canario comenzó la función algo tirante, de modo que su Recondita armonia sonó bien pero con cierto entubamiento. En el dúo del acto I con la soprano se elevó por encima de la orquesta sin ninguna dificultad —al igual que su compañera—, pero su canto fue menos variado y elegíaco que el de ésta, moviéndose en el mezzoforte casi de continuo. En el acto II, y al margen del pasaje de bravura que acabamos de mencionar antes, Jorge de León no salió demasiado favorecido, pues aparte de no aparecer en escena —cosa que manda el libreto, desde luego— le pusieron tan entre bambalinas que sus intervenciones durante la tortura apenas se oyeron. En el tercer acto volvió a ganar todo el protagonismo que requiere su rol, pues estuvo bastante bien en E lucevan le stelle —aunque la gente no llegó a aplaudir, porque entre el público hubo algunos "exquisitos" y "puristas" que mandaron callar a quienes deseaban premiar al tenor— y se mostró cumplidor en el dúo con Tosca. Su "adiós a la vida", como digo, tuvo garra, pero fue interpretado de manera un poco plana y mezzoforte en la primera sección (la más expositiva) del aria. Pienso —y ya lo creía cuando le oí como Chénier en la pasada temporada— que, pese a su extraordinario material vocal, Jorge de León debe seguir trabajando para conseguir apianar más y mejor su voz, de modo que el canto suave y elegíaco salga a flote más a menudo y que las dificultades que se perciben en la zona de paso entre el registro central y el agudo terminen puliéndose para conseguir afianzar y enriquecer expresivamente un material sonoro magnífico que está ahí. Pero se trata de aspectos concretos que no empañan una buena interpretación general, así como la belleza y potencia de una voz que promete muchísimo (y además es española). ¡Qué alegría!

 Renato Palumbo, director orquestal, y Nuria Espert, responsable
del montaje de esta Tosca madrileña (© Javier del Real)


En cuanto al resto del elenco, destacar las interpretaciones de Valeriano Lanchas (un sagrestano que fue cantado y no bufado) y de Carlo Bosi, que hizo un magnífico Spoletta, desplegando una voz con cuerpo y prestancia (al contrario de los instrumentos medio bufos que suelen oírse en este papel).

Renato Palumbo, en el podio, estuvo servicial y eficaz, pero no destacaría nada especialmente en la lectura que hizo de esta obra durante la función comentada. Quizá una ralentización excesiva de los tempi en algunos momentos (o así lo percibí yo).

En definitiva: una velada muy agradable, sorprendente a nivel vocal y que los abonados vamos a recordar con nostalgia cuando estemos sumergidos de lleno en la experimental temporada —llena de "novedades"— que nos ha preparado el nuevo director artístico del Real para el año que viene. ¡¡Por Wotan (que es como decir por mi enemigo), qué miedo!

 Los tres intérpretes principales del día del estreno: Hariclea Darclée, Emilio de Marchi y Eugenio Giraldoni


El día 27 asistiré a una nueva función con el primer reparto, aunque ya he leído por ahí algunas críticas y opiniones que no son demasiado halagüeñas. Ya veremos.

En cualquier caso debo decir que disfruté como un enano (nibelungo claro) y que me dejé arrastrar —Mortier sabrá perdonarme— por las facilonas melodías puccinianas y por el arrebatado pathos de una partitura que siempre me ha fascinado (merced a su efectividad dramática y a su belleza melódica). ¡Es terrible ser tan vulgarote...!

Un saludo desde el Nibelheim y ¡vive la décadence pucciniènne!

Coda final: para concluir, les dejo con la conferencia que el erudito y brillante José Luis Téllez ha grabado para ofrecer a los espectadores antes de cada función. No se la pierdan, pues está llena de chicha. Que la disfruten.



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* Al principio se había pensado presentarla en la llamada "Caja Mágica", pero por una serie de problemas de tipo técnico y logístico, la ubicación se cambió finalmente, trasladando la producción al lugar mencionado.
* La Pietà miguelangelesca que también presenta la Espert está realmente en la iglesia de Sant'Andrea della Valle, concretamente en la llamada Capella Strozzi.


miércoles, 13 de julio de 2011

EL FINAL DE LA CUENTA ATRÁS LLEGÓ... Y PASÓ: SOBRE LA EXPOSICIÓN DE TOPPI EN THIERS



THE Final Countdown es una expresión inglesa que se hizo célebre en la década de los 80. Así rezaba el título del tercer álbum del grupo de rock Europe —que fue superventas en el año 1986—, y así se tituló también una película de Don Taylor, que en 1980 hizo las delicias de los aficionados a la sci-fi. El final de la cuenta atrás, escribía yo en la entrada del pasado 5 de mayo, al ampliar noticia sobre la exposición de Toppi, organizada en la ciudad francesa de Thiers. Y ese "final de la cuenta atrás" al fin llegó y... pasó.

Recién venido del aeropuerto, sin apenas deshacer la maleta, me siento ante el ordenador para escribir esta breve reseña de un objetivo —en cierta medida también un sueño— al fin cumplido: examinar de cerca, y en primera persona, los originales de uno de los historietistas e ilustradores más importantes de toda la historia. Me refiero, claro está, a Sergio Toppi.



Amigos lectores, nuestra humilde espelunca ha permanecido cerrada unos días —pocos, es verdad— pues hemos estado en Francia. Nos fuimos a la Auvernia, concretamente a la región de la cuchillería (coutellerie), para ver, in situ, una exposición que no nos hemos cansado de anunciar y loar en este blog, pues pensábamos que merecía mucho la pena. Pusimos rumbo a la pintoresca y agreste ciudad medieval de Thiers con la idea de navegar y sumergirnos, acompañados por ese "viajero inmóvil" que es Sergio Toppi —así se le ha llamado al artista en una reciente colección aparecida en Italia— en su particular y mágico universo, siguiendo las "rutas del imaginario" marcadas por las estelas del lápiz y de su imaginación.


Diversos obstáculos técnicos y logísticos —falta de disponibilidad horaria— y una inoportuna gastroenteritis —afortunadamente ya controlada— estuvieron a punto de dar al traste con todos nuestros planes. Pero, finalmente, los problemas se resolvieron y la cosa pudo seguir adelante. ¡Había llegado el momento, tan esperado por nosotros, de enfrentarnos cara a cara con la obra del gran Toppi! Todo fue bien y ya estamos de vuelta para contarlo.



Planteé la visita pensando en el blog y con la idea de publicar una crónica detallada que intentaré tener lista dentro de unos días. Una de mis incógnitas principales consistía en saber si podría obtener buenas imágenes de los originales del maestro. Desgraciadamente la cosa no ha podido ser. He hecho fotografías (bastantes), pero las limitaciones de la cámara, mi propia torpeza y las condiciones físicas y ambientales del edificio donde se está celebrando la exposición —lleno de ventanas que dejaban entrar a raudales un sol cuyos rayos se reflejaban inmisericordemente en todos y cada uno de los cristales que protegían los originales— han hecho que el resultado obtenido no fuera todo lo bueno que uno habría deseado. De todas formas, entre el material existente seleccionaré el mejor para utilizarlo como ilustración de mi crónica.



Por cierto: todos estos comentarios me hacen recordar que aún tengo pendiente la redacción de otra entrada dedicada a la exposición de Battaglia que visité el pasado mes de enero. Mea culpa. Si el tiempo y la salud lo permiten también procuraré acabar ésta.

Y nada más (de momento). Nos vemos (o, mejor dicho, nos leemos) en unos días.

lunes, 4 de julio de 2011

EL CATÁLOGO TERATOLÓGICO DE "DRAKO DE GADES"



PARA cerrar, a modo de colofón, el modesto homenaje que realizamos el pasado mes de mayo en honor de este interesante y desconocido personaje creado por Antonio Hernández Palacios, voy a ofrecer a continuación, querido lector, una pequeña y selecta nómina de los monstruos y seres imaginarios que el dibujante madrileño introdujo en su primera historia de Drako (la más imaginativa y fantástica de las dos que llegó a realizar). No aparecen en orden cronológico, según fueron creados por el artista a medida que iba publicando cada capítulo, sino alfabético.

Aunque el título de la entrada hace referencia, sobre todo, a las criaturas fantásticas, sin embargo he decidido incluir también en el análisis los animales que aparecen en la serie, pues Hernández Palacios los dotó de cualidades muy peculiares. En todo caso, llama la atención el hecho de que en una breve historia de 48 planchas el artista madrileño recreara más de una decena de criaturas ficticias, incluidos animales que hablan o actúan como seres humanos.

Esta circunstancia, tal y como ya destaqué al estudiar la serie, es bastante peculiar en un autor que nunca abordó en profundidad el tema fantástico propiamente dicho hasta ese momento. Y una última observación: no deja de ser curioso que el único animal de origen mágico que aparece en la serie y no está dotado de alguna característica humana destacable (razonar, hablar, etc.) sea, precisamente, aquél que en origen era una persona, metamorfoseada por causa de un conjuro mágico. Me refiero al chimpancé que acompañará a Drako de Gades como mascota principal durante las dos historias de la serie, jugando un importante y activo papel (sobre todo en la primera de ellas).

En fin, Serafín. Espero que les guste la entrada y que disfruten tanto como yo, examinando en detalle los diseños de estos imaginativos personajes.


Bruja hechicera
Personaje que aparece en el capítulo segundo y que actúa como oponente de La dama misteriosa que da título a este episodio. Viene a ser su reverso negativo. Tiene un papel muy activo en esta entrega y además es bastante importante en el conjunto de la serie pues, después de ser transformada por un conjuro mágico del hada madrina que acompaña a Drako —la "dama misteriosa" citada—, acabará convirtiéndose en el chimpancé que, como mascota y ayudante provisional, acompaña a nuestro héroe durante todas sus andanzas.

La iconografía utilizada por Hernández Palacios para recrear a esta terrible mujer, cuyo nombre (Amina) sólo conoceremos al final del álbum, es bastante convencional y se halla dentro de la tradición más acendrada: nos la presenta como una especie de femme fatale con enormes y hermosos ojos zarcos que, a semejanza de la maga Circe, no duda en apoderarse de todos los caballeros que la visitan para hacer de ellos unos esclavos. A Drako querrá incluso desposarlo —un deseo que no es infrecuente en historias fantásticas de este tipo: recordemos, por ejemplo, la nómina de hermosas reinas de Mongo que quieren casarse con el pavisoso de Flash Gordon—, pero el joven y heroico caballero andante, impulsado por sus nobles ideales, la rechazará de plano. El personaje tiene la peculiaridad de ser no sólo una poderosa hechicera, sino una extraña criatura —mitad humana, mitad vampiro (como puede verse más abajo)—, capaz de metamorfosearse horriblemente.

 La perdición y el placer en una sola figura

Bruja hechicera versus hada madrina


Caballero-centauro
Este personaje tan interesante aparece en la entrega quinta, titulada De mitos y leyendas. Al diseñarlo, Hernández Palacios dio una vuelta de tuerca a la iconografía tradicional de estas criaturas mitológicas, pues no se trata sólo de un centauro, que además va fuertemente armado, sino que encima transporta a un caballero "acorazado" que porta una lanza en ristre. En definitiva: un auténtico tanque con el que, sin duda alguna, habrían querido contar ciertas tropas históricas de caballería, como la de los célebres cataphracti, catafractarii o clibanarii, del ejército imperial bajorromano o del persa sasánida. A pesar de todo, sus dos partes —caballero y centauro— serán derrotadas sucesivamente por el heroico Drako. Por esta cuestión de originalidad —yo, al menos, nunca había visto una criatura así en otras historias— es una lástima que el artista madrileño no dotara a dicho personaje de mayor protagonismo y le diera cierta continuidad narrativa dentro de la serie.

Caballero-centauro: un interesante y original personaje,
que podría haber tenido más desarrollo dramático


Chimpancé
Pues eso. Un simio inteligentísimo que no podía faltar en una historia donde los animales juegan un papel tan importante. Recordemos que, en origen, era la bruja hechicera Amina, que se había enfrentado a Drako en el capítulo segundo (tal como dijimos arriba). Acompañará al protagonista de la serie, como mascota, a lo largo de los dos álbumes que Hernández Palacios realizó, siendo un complemento perfecto del mismo por sus aptitudes simiescas (inteligencia, agilidad, etc.).

La hechicera metamorfoseada en chimpancé por su osadía y maldad

La hechicera-chimpancé en plena acción


Cuervo
La de los córvidos ha sido siempre una familia de aves que ha despertado la imaginación y el interés del hombre, de ahí la enorme cantidad de referencias culturales que hallamos alrededor del gran pajarraco negro. Desde los míticos cuervos, Hugin y Munin, que recorrían el mundo para informar a Odín/Wotan de todo lo que ocurría en él, o los que alimentaron de forma sobrenatural al profeta Elías (I Reyes 17, 1-7), pasando por las diosas célticas Badb y Morrigan —que podían transformarse en cuervos o cornejas—, sin olvidar las referencias literarias, iconográficas y artísticas de todo tipo (Otello y Macbeth, de Shakespeare, The Raven, de Edgar A. Poe, El Hobbit, de J. R. R. Tolkien, Sandman, de Neil Gaiman, The Crow, de James O'Barr, etc.), este hermoso e intranquilizador animal —relacionado con la noche, con el misterio y con lo numinoso— ha jugado un papel evocador de primer orden para el imaginario colectivo de la Humanidad.

El magnífico ejemplar de cuervo que aparece en Drako de Gades, además de estar soberbiamente dibujado —no cabía esperar menos de Hernández Palacios—, participa de lleno en ese carácter a caballo entre lo mágico y lo mitológico, pues no sólo está dotado de una omnisciencia capaz de predecir los acontecimientos —el mismo narrador llega a decir de él "que lo sabe todo"—, sino de hacerlo hablando como un ser humano.


El inquietante mensajero alado


Diablillos
Aparecen de manera muy esporádica y puntual en la última entrega, habitando en las truculentas entrañas del castillo encantado en que viven secuestrados la doncella Ana y su padre. Como puede verse en la viñeta de abajo, da la sensación de que son utilizados por los malvados del episodio a modo de vigilantes o guardianes del prisionero, al que custodian celosamente, compartiendo espacio e intimidad con él. Hernández Palacios los representa de un modo bastante convencional, a manera de pequeñas criaturas dotadas de un cuerno en la frente y con aspecto de gárgola. Habitan en el subsuelo del castillo, donde se hallan las lóbregas mazmorras del mismo.



Dragón
Aparece en el episodio cuarto, titulado Merlín. La interpretación que Hernández Palacios hace del que puede ser considerado el animal fantástico por excelencia es absolutamente magistral y desconcertante. Ni como fiera terrible —según se describe en las leyendas más conocidas (mito de los nibelungos, historia de San Jorge, etc.)—, ni como criatura noble y heroica —pensemos en la imagen que se da de él en películas como Dragonheart—, ni como animal realista pero monstruoso —en el caso de Haxtur, por ejemplo, donde se nos muestra una especie de iguana gigantesca—, ni tan siniestro y colaborador del mal como se presenta en las obras de Tolkien (pienso, básicamente, en las criaturas que montan los Nazgûl, en El señor de los anillos, pero también podríamos hablar de Ancalagon, del Silmarillion, o de Smaug, que aparece en El Hobbit). Nada de eso: el dragón (o la dragona, tendríamos que decir) del maestro madrileño es tierna, sensible, y está sentimentalmente vinculada, de modo bastante sospechoso, a un joven príncipe. Pero, sobre todo, es una criatura muy llorona. En resumen, que se encuentra en las antípodas de la imagen que tenemos de esta famosa criatura mitológica. Téngase presente, no obstante, que aparece en el episodio más delirante de toda la serie, al cual ya le dedicamos la anterior entrada sobre Drako de Gades (como recordarán los lectores más fieles).

El cariñoso rey Lisuarte y su dragona llorona (perdón por el pareado)


Enanos
Se habla de ellos nada más comenzar el primer capítulo, titulado La promesa, cuando una misteriosa anciana que da cobijo a Drako para pasar la noche se refiere a ellos con el evocador apelativo de los "duendes enanos de Horrar". Al final del episodio vemos que habitan unas fantasmagóricas cavernas y al enfrentarse con Drako son fácilmente derrotados por éste, ante cuya espada huyen despavoridos. Vuelven a salir enanos en la última entrega del álbum, titulada La clave de los cambios. Pero se trata de enanos bastante sui generis, pues en el fondo son gigantes metamorfoseados.

 Los duendes enanos de Horrar, cuyo parentesco con los célebres
nibelungos de la mitología germánica no admite duda

Los enanos-gigantes del castillo de la hermosa Ana

Ignoro si será una casualidad, pero lo cierto es que la homofonía entre la palabra "Horrar" y el nombre de "Horrit" —esto es, la bruja que le predice un glorioso pero trágico futuro al joven Príncipe Valiente al principio de la saga fosteriana— bien podría ser una prueba de la influencia que ejerció sobre Hernández Palacios la mítica obra de Foster. Y los paralelismos no acabarían ahí, pues la anciana —que, a la postre, resulta ser una bruja— tiene, a su vez, un hijo gigante y malvado que recuerda también al deforme retoño de Horrit, a quien Val propina una terrible paliza que a punto está de costarle la vida.

 Horrit prediciendo a Val su futuro

 El joven Val, habitante de los pantanos que servían de morada a Horrit y a su monstruoso hijo


Pese a que Hernández Palacios siempre confesó que no estaba interesado en los tebeos, como lector o aficionado, lo cierto es que no ignoraba cuáles habían sido las obras maestras del noveno arte. Y aunque es difícil que hubiera leído Prince Valiant en su infancia o adolescencia —ya que esta famosa obra se dio a conocer en España sólo en fechas bastante tardías (hacia finales de los 50)—, lo cierto es que sabía de ella, puesto que en más de una entrevista la menciona. De todas formas, e incluso aunque la tomara como referencia inspiradora (muy lejana) para crear su serie de El Cid, esta influencia sería, en todo caso, circunstancial y muy indirecta. De hecho, yo sólo la veo en el primer álbum de la serie —titulado Sancho de Castilla, el más "fantástico" de los cuatro publicados—, puesto que a partir del siguiente título (Las Cortes de León) Hernández Palacios se decantaría abiertamente por ofrecer una visión realista y descarnada de su héroe y de la España medieval, alejándose de la imagen heroica y literaria que los romances y las leyendas habían dado del héroe castellano.


Gigantes
Aparecen en el episodio primero y último del álbum. Juegan un papel bastante difuso en las andanzas de Drako, pues son personajes muy secundarios y bastante tangenciales a los que derrota el héroe con suma facilidad. En ambas ocasiones, Antonio los caracteriza como seres que ocultan su verdadera condición, haciéndose pasar por personas normales (episodio primero) o por enanos (última aventura). En cualquier caso no tienen mayor interés dramático y narrativo.




Hada madrina
Es el tercer personaje protagonista de la primera aventura de Drako. Al igual que ocurre con Atenea respecto de Odiseo, ayudará a nuestro caballero protagonista en todas las empresas en que se embarque. Por dos referencias indirectas que se hacen en el capítulo 5º sabemos que se llama Megera y que es hermana de la única valquiria que aparece en el álbum. Hernández Palacios la caracteriza como una noble mujer, hermosa pero algo matronal, suntuosamente vestida y dotada de poderes mágicos, aunque nada tiene que ver —ni por aspecto, ni por actitud— con el carácter vamp que otorga a Amina, la bruja hechicera a la que derrota y metamorfosea en el segundo episodio.




León humanizado
Aparece en el capítulo 5, titulado Merlín, y tiene un papel bastante circunstancial, siendo una especie de mascota del mago que sale en dicho episodio.

El león pensante


Leviatán
Criatura mitológica y fantástica que ha ejercido una gran influencia sobre la cultura y la tradición de varias religiones monoteístas. Según la tradición hebrea —primera donde aparece mencionado este horrible ser— , el Leviatán era una enorme serpiente marina creada por Dios y asociada a Satanás. El cristianismo también hará esta identificación con lo demoníaco y de ahí pasará a la tradición etnográfica y literaria la idea del Leviatán como un monstruo marino que atacaba los barcos y engullía a sus tripulaciones. Por eso, el término terminaría aplicándose a cualquier criatura gigantesca, incluidas ballenas, calamares gigantes y otros seres de la mar.

Hernández Palacios, sin embargo, renuncia a esta imagen de la serpiente y nos lo representa como una especie de Godzilla que aparece en el capítulo tercero, titulado precisamente La roca del Leviatán. Su desmesurado tamaño y gran ferocidad no serán óbice, sin embargo, para que Drako se enfrente a él con sus simples armas y acabe derrotándolo casi sin esfuerzo. No es muy creíble que una criatura tan gigantesca y monstruosa se dejara eliminar con tanta facilidad, pero ya sabemos que en el mundo de los caballeros andantes puede ocurrir cualquier cosa.



Pterodáctilo
Representado de manera esporádica en la séptima y última entrega de la primera historia de Drako de Gades (La clave de los cambios). Su presencia es un testimonio evidente de la imaginación que derrochaba Hernández Palacios, puesto que el monstruo sólo se nos muestra esta vez. Aparece como una más de las siniestras criaturas que habitan en el castillo de la doncella Ana, cuyo padre ha sido encerrado en prisión por unos malvados gigantes-enanos (o viceversa), y entre las que pueden verse una serpiente, una especie de reptil gigantesco, un monstruo indeterminado de orejas afiladas, etc. Todo ello enmarcado por un tétrico ambiente en el que no faltan unas siniestras cloacas, unas poderosas rejas, las correspondientes nubes de vaho, las efervescencias venenosas y una cascada de fétidas aguas en la que servidor, desde luego, no se metería ni por dinero.



Reptil gigantesco
Aparece en el último capítulo y es una de las muchas criaturas monstruosas que habitan en las profundidades del castillo donde la doncella Ana permanece prisionera de los enanos-gigantes. No tiene características dignas de reseña.



Quimera
En realidad, el personaje dibujado por Hernández Palacios no tiene absolutamente nada que ver con el ser mitológico del mismo nombre, hija de Tifón y de Equidna, cuyas descripciones literarias y representaciones iconográficas nos lo suelen representar como un monstruo con cuerpo de cabra, cuartos traseros de serpiente o dragón y cabeza de león. Pero no se me ha ocurrido otro nombre para denominar a este extraño y terrorífico híbrido que ataca a Drako de Gades en el capítulo quinto de la primera historia. Más que de una quimera, propiamente dicha, se trata de una especie de bafometo o demonio alado que también presenta ciertas características de íncubo o vampiro. Tiene un papel bastante protagonista en la entrega mencionada y, al final —no podía ser de otro modo—, acaba siendo derrotado por Drako. Como representante paradigmático del mal en una historia cuyo protagonista asume como propios los valores de la caballería andante, son los símbolos cristianos los que, precisamente, permitirán que Drako acabe con dicha criatura. La espada del héroe, levantada ante el monstruo a modo de cruz, pondrá punto y final a la existencia de tan horrendo ser, representación de lo demoníaco, según la más pura tradición de la iconografía cristiana.





Unicornio
Célebre criatura fantástica que no juega ningún papel en la serie, pues no aparece ninguna viva. Sólo vemos una cabeza de unicornio disecada decorando una de las paredes del castillo de la maga Amina, lo cual es un testimonio, en todo caso, de que en el mundo de Drako también hay cabida para los miembros de esta mitológica y célebre especie de animal críptido.



Valquiria
Llamada Undra, es la hermana de Megera, el hada-madrina que ayuda a Drako en sus aventuras. Hernández Palacios la representa de la manera más tópica que imaginarse pudiera, dotándola de absolutamente todos los elementos que la mitología y la obra musical de Richard Wagner le habían atribuido: casco alado, lanza, escudo, caballo, coraza, presencia física muy particular (caracterizando a una mujer de gran tamaño, rubicunda y fornida), capacidad para volar rodeada de tormentas, rayos, truenos y nubes y acompañada de una fanfarria especialmente ruidosa (que enseguida nos trae a la memoria la celebérrima Walkürenritt o "Cabalgata de las valquirias" wagneriana), etc.



Vampiro
Podríamos decir que la vampírica es la naturaleza más siniestra de la bruja-hechicera Amina, personaje que, como dijimos arriba, aparece en la segunda entrega de la serie. Al referirnos a ella vuelve el recuerdo del Príncipe Valiente de Foster y, más en concreto, el episodio (incluido en las planchas 281-285) de la mujer-vampiro, hija de Dieman y "última de su raza" —como ella misma confiesa—, que encierra a Val y a Gawain en una mazmorra para hacerlos perecer abrasados, cuando intentan liberar de sus garras a Sir Robert de Gaiforte, enemigo secular de su familia maldita. Al final, no obstante, la terrible joven será derrotada y acabará muriendo en el incendio de la Torre Negra, siniestra morada de sus antepasados y «escenario de terribles crímenes en el pasado» (plancha 281).



Según se ha señalado, esta intranquilizadora historia de la saga fosteriana parece estar inspirada en algunos acontecimientos que se narran en la novela Ivanhoe,de Walter Scott. Concretamente aquellos que aparecen incluidos en los capítulos 27 y 30-31, donde se describe la trágica historia de Ulrica la Bruja, última superviviente de la noble familia sajona de los Wolfganger, cuyos miembros habían sido asesinados por el malvado normando Frente-de-Buey, quien se apoderó del castillo familiar de Torquilstone y sometió a la mujer a la esclavitud y a todo tipo de vejaciones. Al final, no obstante, la desdichada hija de Torquil acabaría asesinando al cruel normando, precisamente prendiendo fuego al castillo y pereciendo junto a él de una forma muy similar a como muere la joven vampira de la saga fosteriana. He aquí el modo en que Walter Scott describe este horrendo final: «Los vencedores [se refiere al bando de los amigos de Ivanhoe], reunidos en numerosas cuadrillas, miraban con asombro y no sin algún temor, aquel espantoso volumen de fuego. Durante gran rato se vieron las frenéticas contorsiones de Ulrica, que se mantenía en la misma torre en que al principio se había colocado, alzando los brazos en señal de júbilo, como si se enseñorease sobre las llamas que su venganza había producido. Al fin, hundiose la torre, con fragoroso estrépito, y la insana pereció en el mismo fuego que había consumido a su opresor».

Y esto es todo. Confío en que les haya resultado entretenida la entrada.