martes, 12 de junio de 2012

JAGO: UN PRODIGIO DE MALDAD



HABRÁ, seguramente, alguno más —no lo niego, porque el universo operístico es inmenso—, pero creo que el malo más malo de todos los malos en la historia de la Ópera, el malo que concentra en su persona la esencia de la maldad más perversa y gratuita, el malo por antonomasia es el Jago del Otello verdiano, pues se mueve exclusivamente por el mero placer de arruinarle la vida a todo el que le rodea (especialmente a las personas que le muestran afecto y le tratan bien), sin ninguna finalidad concreta.

El barítono francés Victor Maurel (izquierda) y el tenor italiano Francesco Tamagno, creadores
de los papeles de Jago y Otello, respectivamente, en el memorable estreno milanés de 1887


Y es que si vamos repasando mentalmente el proceder de otros malvados operísticos, comprobaremos que todos ellos persiguen con sus acciones algún objetivo para salir beneficiados de una u otra forma: Scarpia es un lujurioso y quiere trajinarse a la hermosa Floria; el Conde de Luna es un anticuado lleno de prejuicios racistas que (¡paradojas de la vida!) quiere vengar la muerte de su hermano... ¡¡matándole!!; los señores de Macbeth —otros que también son de armas tomar— en el fondo lo hacen todo por ambición; el siniestro y felón Hagen comete todo tipo de tropelías porque busca el poder del anillo, al igual que su padre Alberich (un frustrado sexual) y que su tío Mime (un mezquino pusilánime de armas tomar); Peter Quint y Miss Jessel pretenden seguir viviendo a través de Flora y Miles...

 Verdi, junto a Maurel, dándole las últimas instrucciones en el camerino (París, 1894)


En resumen: sólo el "bueno" de Jago —que, además, no tiene ninguna tara física especial (es, incluso, agradable a la vista y transmite confianza)— hace el mal por el único placer de hacerlo: no le mueve la ambición, pues lo de querer ser capitán en lugar de Cassio es sólo una excusa que se da a sí mismo para lograr la ruina de éste; tampoco está espoleado por la lujuria, pues en ningún momento da a entender que quiera perder a Otello para conseguir los favores de la rubicundia y un tanto ñoña mujer del africano; no es codicioso, pues renuncia a las posibles ventajas económicas y de poder que podrían derivarse de su cercanía como lugarteniente o alférez del moro tras la caída de Cassio; ni siquiera le estimula la violencia, pues aunque es verdad que se muestra amenazante con su mujer Emilia en el acto II, sin embargo no sabemos que llegue a ponerle la mano encima (o sea, que tampoco es un machista maltratador).

El Otello de Domingo sufriendo hasta lo indecible por causa del malvadísimo Jago de Justino Díaz
(en la hermosa, pero mutilada, versión cinematográfica de Franco Zeffirelli)


Por el contrario, ¡hay que ver cómo se burla de un desfondado Cassio, diciéndole que busque la protección de Desdémona para recobrar el favor de Otello, al tiempo que utiliza dicha maniobra para despertar los celos del general! ¡Hay que ver cuánto disfruta viendo sufrir a personas tan inocentes (y simplonas) como la propia Desdémona (y el mismo Otello, ¿por qué no decirlo?), a medida que los rodea con su bien tejida telaraña de infamias y mentiras! ¡Hay que ver la habilidad que despliega el tipejo para manipular a quienes le rodean y hacerse querer por ellos! ¡Cómo los conoce y con qué sutileza certera sabe pulsar donde más duele para causarles dolor! ¡¡Y encima el tío se lo pasa pipa, como declara en ese alegato al nihilismo que es el Credo. Por no mencionar lo de "io non sono che un critico" (frase que le define a la perfección).

Verdi y Boito trabajando en el Otello en Sant'Agata (la villa propiedad del músico)


¡Un prodigio de la maldad, el Jago éste...! Un perfecto hijo de puta, capaz de sonreírte amigablemente mientras te hunde un hierro candente en la barriga retorciéndolo... ¡¡Y todo ello sin dejar de mirarte con candor a los ojos!!

 Otra imagen de Maurel en los camerinos, durante las representaciones parisinas de 1894


No me extraña que Verdi estuviera encantado con el personaje y que lo hubiera imaginado, al principio, como protagonista para su genial ópera (que, precisamente y no por casualidad, se habría titulado Jago...).

6 comentarios :

  1. Magnífico, querido ALBERICH.

    Ya sé que te refieres al Yago verdiano, más que al del Bardo, pero en esencia es el mismo personaje, calcadito.

    Sin duda conocerás el "Othello" de Orson Welles, que a mí me pone casi en trance(1). Pero, por si no lo conoces, te recomiendo con todo énfasis que te procures el insuperable libro: "Preparad la bolsa" (Una de las frase del infame en el drama teatral), escrito por Micheál MacLiammóir, el actor que hacía de Yago en el film de Welles. Resulta que el tío escribió un "diario de rodaje", sin que Orson se enterase (eran buenos amigos... después del libro, creo que dicha amistad se enfrió un poco). Cuando su publicación era inminente, el gran Welles quiso minimizar sus efectos pidiendo escribir el prólogo, cosa que sólo sirvió para acentuar los contenidos del libro, uno de los más divertidos que he leído jamás, hasta hacerme llorar de la risa.

    Después de ese libro entendí mejor a Orson Welles y por qué sus producciones eran TAN caras. Pero así son las cosas con los genios. Emiliano Piedra, que le sufragó "Campanadas a Medianoche" (y cuyos costes presupuestarios, millonarios, los vio duplicarse, supongo que en medio de crecientes ataques de ansiedad), se arruinó prácticamente con ese film. Cómo sería, sin embargo, que afirmó sin dudarlo: "Lo volvería a hacer". Y ahí está, para la historia, ese monumento cinematográfico rodado (entre otros lugares) en Calatañazor y la guipuzcoana sierra de Aralar.

    Un abrazo.

    (1)Por cierto, que la versión de Stuart Burge, que tantos crítico progres la tumbaron por "teatral", genial acusasión para algo sobre Shakespeare, a mí me entusiasmó. Y es que los intérpretes eran increíbles y Sir Laurence, aunque su tez cantase la Traviata al excesivo tizne (se gastaron todo el bote de maquillaje, nada de dejar algo para otras aplicaciones, como por ejemplo embetunar el calzado de TODO el cuerpo de guardia del Palacio de Buckingham), estuvo, literalmente, prodigioso. A mí me puso los pelos de gallina)

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    1. Saludos Lindo.

      He visto el Otello wellesiano (¿u orsoniano?) creo que una o dos veces, y no la tengo muy estudiada. La verdad es que prefiero su alucinante Macbeth; pero vamos, ello se explica porque, a la hora de elegir entre las dos obras "sexpirianas"* originales, también me quedo con la del matrimonio regicida: el Medievo, la brumosa Escocia, las brujas, sus pócimas y sus predicciones, las apariciones espectrales, son todos elementos que me atraen bastante más que el ambiente Renacentista y cortesano de la aventura chipriota. Ahora bien, reconozco que el irrepetible personaje de Yago es tan estimulante que, por él sólo, la obra aumenta un potosí en valor y aprecio.

      Un abrazo (y un beso para Pussy).

      -----------
      * Conste que la cosa no va con doble sentido; es por simple proximidad fonética.

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  2. D. Alberich:

    Gracias. Ha contribuído usted a que aprenda algo más. A no quedarme en el barniz de la música y la escenografía operísticas. Para un lego en la materia, como yo, es de agradecer que le desmenucen las cosas. Se comprenden mejor.

    Le sigo.

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    1. A mandar, querido Asturianín.

      Otro saludo para usted.

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  3. Estupenda entrada.
    De hecho, el primer título de la ópera fue Jago.
    El recientemente desaparecido Fischer-Dieskau fue uno de loa que bordó el papel en la versión de estudio de Barbirolli (con un histérico Mac Cracken de pronunciación italiana imposible).
    Un saludo.

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    1. Muchas gracias Pablo.

      Magnífico cantante-actor el gran Fischer-Dieskau. Lo malo era la falta de italianità en su voz (tan necesaria en cualquier obra verdiana). Aunque, ciertamente, para interpretar al pérfido alférez lo que hay que ser, sobre todo, es buen fraseador y mejor intérprete. En este caso, el sonido podría pasar a un segundo plano.

      En cuanto a lo de McCracken... Bueno, si el de la pronunciación fuera sólo su único defecto, nos podríamos dar con un canto en los dientes.

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