viernes, 13 de enero de 2012

NECROLÓGICAS: MARIANO AYUSO BRUNO (1928-2011)



EL ritmo vertiginoso con que se actualiza la información en la red, la gran cantidad de buenos portales de cómics que ahora mismo encontramos en la blogosfera y la falta de tiempo que uno tiene para leerlos todos diariamente son elementos que se han unido para impedirme conocer antes un luctuoso hecho que me ha dejado francamente conmocionado. He sabido por el blog de Joan Navarro —al que entré hace apenas tres o cuatro días, cuando aún no se había publicado la noticia— que el pasado día 28 de diciembre falleció en Madrid una persona a la que siempre —y por motivos personales muy concretos— profesé un gran cariño, pese a no haber tenido con él una amistad profunda y haber dejado de tratarle hace ya bastantes años. Me refiero, claro está, a Mariano Ayuso (del que he hablado más de una vez en este mismo Nibelheim).

Mariano junto a Salvador Vázquez de Parga (en la foto original de la que proviene la que
abre esta entrada, ambas pertenecientes a Joan Navarro, de cuyos blogs las he obtenido)


Puesto que en otros blogs donde se ha dado noticia de su desaparición ya han aparecido oportunas reseñas biográficas, destacando su trayectoria profesional y el carácter pionero de su labor divulgativa y crítica en torno a los tebeos (por ejemplo aquí o aquí), yo preferiría enfocar la mía desde un punto de vista más íntimo, privado y subjetivo, poniendo por escrito para todos ustedes algunos recuerdos que acuden a mi memoria —algo confusos, en ocasiones, todo sea dicho, por el paso del tiempo— al recordar ahora de nuevo su persona.



Como ya he dicho en alguna ocasión, conocí al bueno de Mariano a mediados de los años 80 del pasado siglo —concretamente en la primavera-verano del año 1984—, al mismo tiempo que hacía lo propio con mi admirado Antonio Hernández Palacios, de quien el primero fue uno de sus grandes amigos y confidentes, además de principal defensor-divulgador de su obra en todo momento y ocasión que hubiera. Por entonces, Mariano ya era el reconocido y prestigioso crítico, teórico y divulgador de tebeos español que todos conocemos, y además regentaba su conocida librería de la calle Gaztambide número 20 (llamada Totem Comics Shop y posteriormente rebautizada como Camelot), en la que tuve la fortuna de conocerle a él y al maestro madrileño.

 Grupo de ilustres españoles en el XIV Salón de Lucca, del año 1980. De izquierda a derecha:
Mariano, Antonio, editores de Ikusager (creo que el primero es Ernesto Santolaya) y
Víctor de la Fuente (de pie) (fuente: Sunday, nº 9, 1981, p. 47)


Durante aproximadamente dos años mantuve un contacto bastante fluido (semanal) con él y con parte de su círculo familiar, laboral y de amistades, pues acudía a las citas que todos los sábados por la mañana (en ocasiones también algún viernes por la tarde) reunían en una cervecería cercana al propio Mariano, a Antonio y a otro grupo de amigos que se dedicaban a charlar de lo divino y de lo humano —más de lo segundo que de lo primero, también es verdad—, y no siempre, necesariamente, de tebeos. Uno de los más fieles era José María Bravo, aunque también recuerdo haber visto alguna vez por allí a Moncho Cordero, a Ramoncín, a Carlos Giménez, a Chiqui de la Fuente... En una ocasión, incluso, tuve la fortuna de pasar toda una mañana con Antonio y ese otro gran maestro que fue Alberto Breccia. ¡Imagínense ustedes la sensación de vértigo y respeto que me embargó entonces —joven adolescente como yo era— al verme rodeado por esos dos monstruos de la historieta! Con emoción y arrobo estuve escuchándoles mientras guardaba un prudente silencio. Fue entonces, también, cuando conocí a la mujer de Mariano y a su hija (dos "ángeles" ellas), así como a Javier, el chaval que tenían contratado en la tienda, al que traté bastante y con el que mantuve una muy buena relación durante aquel tiempo.

 Antonio Hernández Palacios y Carlos Giménez en Totem


Guardo gratísimos recuerdos de esos días, ya lejanos, pues casi todas las personas que conocí entonces no sólo resultaron ser muy accesibles y cercanas, sino que se comportaron de manera muy comprensiva con este joven aprendiz de brujo que deseaba ser historietista y tenía su vista y sus aspiraciones artísticas puestas nada menos que en el gran Antonio Hernández Palacios (por el que sentía entonces verdadera devoción). Mariano, además, era muy jovial y recuerdo que siempre se mostró bastante cercano e incluso paternal conmigo.

Simpática caricatura de Mariano (realizada por Chiqui de la Fuente)


Pero lo que más contribuyó durante aquel tiempo de esperanza, ilusiones, expectativas y sueños a hacerme pensar que podía alcanzar mi objetivo de convertirme en dibujante de historieta profesional e introducirme en ese mundo que me apasionaba fue cierto proyecto que mi homenajeado tenía en mente y que debía venir acariciando desde hacía tiempo. Consistía éste en proporcionar un ayudante a Antonio o bien crear una especie de grupo de trabajo en torno a él, con la idea de que su ingente obra no se perdiera y pudiera ser continuada, incluso, tras el fallecimiento de éste. El objetivo, desde luego, no era baladí, ni carecía de sentido, dada la enorme envergadura de las empresas que siempre proyectó el genial artista madrileño. Así es que, tomando como modelo a los clásicos y prestigiosos cartoonists norteamericanos de la época clásica —y así me lo dijo más de una vez Mariano—, había pensado que no sería mala idea poner a un chaval joven a trabajar junto al maestro para que, a modo de los antiguos aprendices, se fogueara con él y aprendiera el oficio, al tiempo que le ayudaba a sacar adelante su ingente tarea —por aquellos años Antonio producía una media de tres o cuatro álbumes (y podría haber hecho más, en caso de verse auxiliado)— y se iba afianzando la posibilidad de crear una "escuela" capaz de continuar con sus obras de la manera más digna posible.

Alex Raymond con su ayudante de la época Rip Kirby (Ray Burns) en 1949: eran otros
tiempos y otra tradición (por cierto: disculpen ustedes lo que de presuntuoso
pueda tener la comparación, sobre todo por Burns y yo mismo)


Lo cierto es que pensaron en un servidor —ignoro si hubo alguna vez otros candidatos—, y que hablé de ello con Mariano bastantes veces, pues yo le insistía en el tema como si no terminara de creerme lo que me estaba pasando. También le pegué una buena barrila al paciente y joven Javier, preguntándole si él —que conocía mucho mejor que yo al fautor de la idea— pensaba que había posibilidades de que la cosa fuera cierta y factible. De hecho, el mismo Antonio llegó a saberlo todo y creo que tomó bastante en consideración dicha propuesta —al menos eso pensé yo—, pues me hablaba con mucha ilusión de cómo era su estudio de Recoletos (que aún tenía abierto, aunque no tardaría demasiado tiempo en cerrarlo), de lo que me encontraría allí cuando fuera, de libros y cuadros que tenía en su casa y que podíamos ver cuando pasara por ella... En definitiva: una idea que parecía ir tomando forma a medida que se repetían rutinariamente esas extraordinarias reuniones matinales sabatinas. Me acuerdo, asimismo, de que el maestro llegó a ofrecerse como mediador ante mi padre, en el caso de que éste no viera con buenos ojos mi dedicación a eso de los tebeos. ¡¡Pobre padre mío!! ¡¡Él, que nunca se opuso a dicha posibilidad (de hecho dibujaba muy bien) y que siempre iba mostrando con orgullo, a todo el mundo, los dibujos de su retoño!!

 La página editorial del primer número de Sunday, la célebre revista
creada y dirigida por Mariano Ayuso en 1976


En fin, Serafín... ¡¡Qué tiempos y cuántos recuerdos!! Pero bien fuera porque yo no insistí demasiado —siempre he sido prudente en exceso y ello me ha perdido en más de una ocasión: ¿me creerán si les digo que, a pesar de esta relación, nunca reuní el valor suficiente para pedirle un dibujo a Antonio (y le vi hacerlos delante de mí y en servilletas de la cervecería donde nos reuníamos)?—, bien porque no era el momento, bien porque el maestro ya era algo mayor y no tenía ganas de seguir adelante, bien porque se trataba de una práctica que no era nada frecuente en nuestro país —aquí los historietistas no han sido nunca tan importantes como para formar aprendices o crear escuelas efectivas—, lo cierto es que pasó el tiempo sin concretarse nada y a un servidor le llegó el momento de servir a la patria. Y como por entonces no tenía ocupación académica —pues había dejado mis estudios para dedicarme al dibujo (para que vean si mis padres fueron comprensivos)—, ni disponía de familia a mi cargo, ni tuve la buena suerte de salir "excedente de cupo", pues me vi obligado a marchar a la milicia. Y en ella anduve durante quince meses —que no recuerdo como los mejores de mi vida, precisamente—, pues en el sorteo salí destinado a la Armada (en donde se prestaba más tiempo de servicio). En cualquier caso, al acabar esa etapa las cosas habían cambiado ya mucho: durante el servicio militar no tuve casi oportunidad de seguir manteniendo contacto con Mariano, Antonio y la gente que había conocido en Totem. Además, precisamente por entonces encontré a mi media naranja, una nibelunga maravillosa que aún sigue aguantándome y que soporta con estoicismo mis despilfarros mensuales en libros, tebeos y otras cosas por el estilo (que, todo sea dicho, luego ella también disfruta, pese a las protestas). ¡¡Ya ven ustedes, dicen que la mayoría de los pelusines pierden la novia cuando hacen la mili, pero un servidor la encontró entonces!!
Primera página editorial de Sunday con el nuevo formato, en el que aparecía
un soberbio retrato de Mariano, dibujado por el malogrado Pepe González


Seguí dibujando, publiqué algunos trabajos esporádicamente y vi también, muy de vez en cuando, a Mariano y Antonio. Pero ya no se volvió a hablar de aquel tema que acariciamos durante un tiempo. Yo tampoco me atreví a retomarlo. Ignoro si para entonces (años 86, 87, 88...) Antonio ya había cerrado su estudio. La verdad, no me acuerdo. Lo cierto es que cada vez me fui alejando más del mundo de la historieta para volcarme en los estudios, que había dejado abandonados en su momento. Compaginar la carrera con el dibujo se me hizo imposible, y aunque todavía me cité alguna vez más con mis dos admirados amigos  —pero ya con ellos dos solos y por la zona del Barrio de Salamanca, que era donde Antonio y un servidor vivíamos, pues creo que Mariano ya había cerrado la tienda (pero no estoy seguro)—, la última vez que los vi personalmente creo que fue en el año 90 o 91. Nos reunimos los tres en la cervecería Cruz Blanca (sita en el cruce de las calles Goya y Alcalá) y estuvimos hablando de Moebius (y de la "insana" influencia que sobre él ejerció Jodorowsky), de la noche que Antonio pasó metido en una furgoneta con Milo Manara, hablando de arte y de tebeos (no recuerdo si fue en un festival de Lucca o de Barcelona), y de otras muchas cosas más. El maestro andaba preparando, por entonces, sus volúmenes sobre Colón —para la colección del Quinto Centenario del Descubrimiento de América que dirigió Pedro Tabernero— y recuerdo que se quejó de lo mal que iban las cosas, pues cada vez tenía menos trabajo. Y es que, ciertamente, el declive del boom tebeístico experimentado en los años 70 y 80 ya campaba con todas sus fuerzas.



 Tres imágenes de Mariano, acompañado de otros tantos maestros de la historieta:
arriba con Burne Hogarth, en el centro con Joe Kubert y sobre estas líneas
charlando con Iranzo (izquierda) y Antonio Lara


Después de aquella cita, a Mariano no volví a verlo más. Con Antonio aún hablé por teléfono en diversas ocasiones. De hecho, en una de ellas me pidió el favor de conseguirle algo de documentación sobre los barcos de Colón (puesto que mi media naranja tenía acceso a un importante centro oficial del Ministerio de Defensa, antiguo Ministerio de Marina, que disponía de una biblioteca especializada acojonante). Pero aunque reuní algo de material, lo cierto es que no llegamos a vernos. Y tampoco volvimos a hablar. ¡Qué cosa más curiosa es la desidia humana! Cuando tiempo después me enteré de su muerte, en el año 2000 me arrepentí profundamente de no haber vuelto a llamarle, aunque sólo hubiera sido para seguir sabiendo qué era de su vida y qué hacía (pues estuvo trabajando hasta el final, como todos ustedes saben). Y lo mismo me ocurrió con Mariano. Pero yo ya estaba muy alejado del mundo de los tebeos. Además, debo decir en mi defensa —si es que de algo vale eso ahora— que la preocupación por no molestar, por no ser "mosca cojonera" —sentimiento que fue in crescendo a medida que el tiempo iba pasando sin que nos viésemos— fue decisivo para que no volviera a ponerme en contacto con ninguno de los dos. Ahora me arrepiento de nuevo, pero ya es demasiado tarde, claro.

 Mariano (segundo por la derecha) con unos amigos en el Encuentro Internacional de la Historieta
celebrado en Méjico, en 1981. El que está a su izquierda es Carlos Giménez


Bueno. Y esto es lo que deseaba contarles. Mi intención al sincerarme aquí era dejar un testimonio algo más personal que la habitual necrológica. Un testimonio que, a la vez, pudiera servir para que todos ustedes, amables lectores, conozcan un poco mejor al pionero que tanto hizo por la divulgación, el estudio y el reconocimiento del tebeo en España, y al hombre que me proporcionó una de las mayores alegrías recibidas en mi adolescencia. Aunque ya puestos, les haré otra confesión: con la muerte de Mariano Ayuso —como ya ocurrió antes con la de Antonio Hernández Palacios (dos nombres que yo siempre he recordado juntos)— no sólo he vuelto a revivir viejos recuerdos que me hacen sentir cada vez más viejo, sino que también he visto más claro que se acabó para siempre toda una época de mi vida. Una de las más felices, por cierto, pues estaba llena de esperanzas e ilusiones.

Marianus, sit tibi terra leuis!



Anuncios promocionales de la tienda de Mariano para las dos etapas por las que ésta atravesó (publicados, respectivamente, en los números 6 y 15-16 de Sunday). ¿Conocen al autor del segundo? Claro que sí, ¿verdad?


¡Que Wotan les sea propicio en este viernes 13!


lunes, 9 de enero de 2012

¡¡¡CON USTEDES... "THE CISCO KID" (DE CALDAS, CLARO)!!!




BUENO, pues ya está aquí lo que muchos aficionados esperábamos con impaciencia. Frótense las manos, babeen como tiernos infantes, dilaten los ojos hasta parecerse a Marty Feldman, porque de los tórculos bracarenses acaba de salir el volumen de The Cisco Kid que Manuel Caldas nos había anunciado el pasado mes de julio. Ochenta y ocho páginas en las que el benemérito portugués nos ofrece, primorosamente editados, los nueve primeros meses de la serie que, con guión de Rod Reed, el gran maestro argentino José Luis Salinas realizó para los periódicos norteamericanos entre los años 1951 y 1968. En concreto, este primer volumen incluye todo el material publicado entre el 15 de enero y el 13 de octubre del primero de estos años, comprendiendo las tres historias —la aventura de Lucy Baker, la de la princesa india Flor Roja y la de Silver Belle— que dan sentido al subtítulo del libro.

Salinas en 1951, durante la fase promocional de la nueva serie (la tira que sujeta en la mano,
fechada el 24 de enero de ese año, es la número 9 y está reproducida en la página 12 de la edición de Caldas)


La tira de The Cisco Kid está basada en el personaje del mismo nombre, que se hizo muy célebre en los años 30 y 40 del pasado siglo gracias al cine y a los seriales televisivos y radiofónicos. Esta circunstancia influyó de manera importante en el trabajo de José Luis Salinas, pues se vio obligado a cambiar los rasgos con que había imaginado al protagonista para ponerle las facciones de Duncan Renaldo, el actor que encarnaba a Cisco en los seriales. Aunque después de pasar por los pinceles del maestro argentino, lo cierto es que el modelo original resultó francamente mejorado, dando lugar a un héroe guaperas, musculoso y de largas pestañas —arquetipo del latin lover que trae por el camino de la amargura a las numerosas (y bellísimas) mujeres que pululan por la serie.

Duncan Renaldo, "arbiter elegantiae" de la frontera tejano-mejicana:
¿qué diria el estirado de Petronio al respecto?


El personaje original había aparecido, por vez primera, en un relato corto de O. Henry —pseudónimo del escritor William Sydney Porter— titulado The Caballero's Way que estaba incluido, como capítulo XI, en su libro Heart of the West. Se trataba de un individuo camorrista y pendenciero que era presentado de la siguiente manera: «El Cisco Kid había matado a seis hombres en enfrentamientos más o menos justos, se había ventilado al doble (la mayoría mexicanos), y había dejado heridos a un número aún mayor cuya cuenta había modestamente pasado por alto [...]. Mataba por gusto, porque tenía un temperamento fuerte [...]. Había conseguido que no lo pillaran porque era capaz de disparar una fracción de segundo más rápido que cualquier sheriff o ranger en activo» (1).

William Sydney Porter, creador de "el Cisco Kid"


En King Feature Syndicate vieron el potencial del personaje, pero decidieron suavizarlo hasta convertirlo en una especie de gentleman latino y bueno, lo suficientemente musculoso, moreno y "macho" como para traer por el camino de la amargura a las féminas que aparecían en la tira. Con estas premisas, Rod Reed y los directivos de KFS imaginaron un western amable, lleno de aventuras, con ciertas dosis de romanticismo, salpicado de un humor bastante inerme que se concentra, casi por completo, en la figura de Pancho, el inseparable compañero del protagonista, y sazonado con ese toque "exótico" que parecía obligado en todo lo que tuviera que ver con lo latino. En su momento es posible que los guiones de Reed fueran resultones y entretenidos, pero hoy día han quedado ya muy anticuados (aunque siguen leyéndose gratamente). Los personajes son de una pieza, monocordes, sin apenas matizaciones psicológicas o morales —aunque la galería de secundarios es numéricamente apabullante—, los arcos argumentales resultan demasiado previsibles, hay cierta insistencia en explicarle al lector lo que ya nos cuentan los dibujos y en dejarle bien claro los pasos que, a cada momento, dan los personajes. Por último, toda la serie está teñida con un fuerte tufillo de paternalismo machista que difícilmente superaría los cánones actuales de lo políticamente correcto (2).

Las tres féminas que protagonizan las tiras durante el primer año de su existencia:
la indomable Lucy Baker, la dulce Flor Roja y la "amenazada" Silver Belle


De todas formas, el guión de Reed fue lo suficientemente eficaz como para mantener el interés de los lectores durante los dieciocho años que se publicó la serie y para inspirar a José Luis Salinas uno de las creaciones gráficas más impresionantes que se han dado nunca en el mundo de las tiras de prensa. Y es que el auténtico valor de esta obra reside, sobre todo, en el trabajo realizado por el dibujante argentino, que se encontraba por aquellos años en plena madurez creativa y deseaba, a toda costa, hacerse un hueco en el mundo de los populares e influyentes cartoonist norteamericanos. Por ello, les aconsejo que sean comprensivos con las numerosas carencias del guión y que concentren su atención casi exclusivamente en el prodigioso arte de Salinas, pues nos abre la puerta a un universo de belleza, elegancia y virtuosismo como pocas veces se ha visto en el Noveno Arte. Es verdad que, a veces, Salinas resulta un poco relamido, ¡¡¡pero vaya mano que tenía!!! No se trata sólo de lo bien dibujado que está todo, sino de la "verdad" que respira cada viñeta: por composición, por puesta en escena, por resolución técnica... Además, todos los elementos característicos del género se encuentran en esta serie maravillosamente representados: hermosas mujeres, intrépidos indios, curtidos malvados, interminables praderas, desiertos implacables, reconocibles ciudades del Far West, bulliciosos saloons llenos de animación y de güisqui, veloces diligencias recortando el paisaje, estampidas de bisontes, manadas de ganado vacuno, los caballos más creíbles y realistas que se hayan dibujado nunca... Un festín visual que no deben perderse por nada del mundo.

Una muestra del virtuosismo gráfico de Salinas, que podemos volver a disfrutar
gracias al trabajo de Manuel Caldas (más ejemplos en El blog de los 300)


Recibí mi ejemplar de esta nueva edición de The Cisco Kid hace ya unos diez días y, tras examinar con detenimiento su contenido y compararlo con otras ediciones españolas previas, puedo asegurarles que nunca antes se había visto editado por estos lares dicho material en condiciones similares. Y es que el bueno de Caldas lo ha vuelto a hacer de nuevo: su trabajo de restauración ha recuperado la nitidez de la línea hasta un punto que nos permite apreciar con absoluta precisión los menores detalles del soberbio trabajo realizado por el grandísimo Salinas, por muy en segundo plano de la viñeta que estos se hallen. Y para que se hagan una idea precisa de lo que quiero decir les pondré un solo ejemplo bastante ilustrativo: estoy seguro de que quienes se hagan con un ejemplar van a quedarse alucinados al comprobar cómo se ven de bien los adornos blancos de la peculiar camisa que viste Cisco Kid. Da igual el plano en que éste haya sido dibujado, o la distancia a que se encuentre: la labor de Caldas ha sido tan fina, tan meticulosa y tan límpida que dichos adornos aparecen blancos y nítidos en todos los casos. Incluso donde menos lo esperaríamos.

En esta edición los negros son negros (intensamente negros), los blancos, blancos
y las tramas grises tienen una claridad como si las hubieran aplicado hoy mismo


Esta limpieza, esta nitidez —siempre deseable en cualquier edición de tiras de prensa— adquiere un valor especial tratándose de The Cisco Kid, pues aquí el dibujante argentino —que estaba muy interesado en su triunfo norteamericano y puso toda la carne en el asador para que la serie fuera un éxito— da muestras de su madurez creativa desplegando ya un estilo primoroso y típico de orfebre, en el que predomina la línea sobre la mancha, y donde los volúmenes aparecen realizados casi siempre por medio de un cuidadoso modelado hecho a base de tramas trabajadas con gran variedad, enorme sabiduría y aprovechando toda la ductilidad que el pincel —instrumento con el que trabajaba mayoritariamente— le proporcionaba. No es que antes el estilo de Salinas fuera muy distinto, pero es cierto que dicha peculiaridad empezará a descollar, sobre todo, durante estos años de realización de The Cisco Kid. En este sentido, al dibujar esta tira José Luis Salinas se encontraba mucho más cerca del maravilloso (y un tanto ignorado) Frank Godwin de Rusty Riley que de Alex Raymond o Harold Foster, dos de los artistas por los que más admiración sentía el argentino. Yo lo pondría, también, en relación con la prestigiosa escuela de ilustradores norteamericanos en la que bebieron los autores citados, y que está encabezada por nombres tan ilustres y legendarios como Charles Dana Gibson, Franklin Booth o Joseph Clement Coll. Lo cual no es poco decir del artista argentino, que se sitúa así entre los más grandes de su profesión.



Seis tiras originales para apreciar las similitudes en el tratamiento de las formas y en el estilo de
entintado con pincel: las tres primeras son de Cisco Kid; las otras tres son del Rusty Riley de
Frank Godwin (otra maravilla que el bueno de Caldas debería plantearse editar)


En resumen: una maravillosa tarea restauradora que coloca esta edición a años luz de cualquiera de las que, en el pasado, se hicieron en nuestro país, pero que también queda muy lejos de la reciente que está llevando a cabo la editorial norteamericana Clasic Comics Press. Yo no he tenido la oportunidad de examinar esta última, pero por la aclaración que ha hecho el propio Manuel Caldas en lo que viene siendo el órgano de comunicación de sus publicaciones —esto es, El blog de los 300— y, sobre todo, por algunos comentarios que se leen en otros blogs, la diferencia debe de ser abismal (en favor del portugués, claro está). Y todo ello a un tamaño estupendo, pues Caldas ha decidido editar las tiras a 23,5 x 7 cm., dentro de un libro que mide 27,7 x 23,4 cm. y donde caben tres tiras por página. Además se ha respetado el formato original, cosa que no ocurrió, por ejemplo, en la última edición de este mismo material que hizo Mariano Ayuso, allá por los años 80 del pasado siglo. En aquel entonces no sólo se imprimió un material que al ser comparado con el actual de Caldas nos parece francamente deleznable —¿cómo pudimos admirarnos con aquellas ediciones de entonces?—, sino que la mayoría de las tiras se utilizaron recortadas, como se echa de ver a través de una simple comparación entre ediciones y al ver las tiras originales. En fin, Serafín.... Aconsejo, a quienes tengan las dos, que cotejen ambas versiones para sacar sus propias conclusiones. ¡Quedarán alucinados (y además llegarán a la conclusión de que vivimos una época magnífica en la reedición de clásicos)!

Ilustración de portada (página 1)


Junto a las tiras restauradas, propiamente dichas, el nuevo libro incluye, además, algo de material gráfico —en concreto tres reproducciones de originales a buen tamaño— y un "Prólogo" en el que Manuel Andrés —responsable y propietario del blog Deskartes Mil— da un breve repaso a la historia de la serie, su creación y sus principales características, siguiendo muy de cerca el testimonio del propio Rod Reed (3). Además, todo aquel que pida directamente un ejemplar al editor para que se lo envíe por correo en lugar de comprarlo en tiendas, recibirá como regalo la reproducción de una tira de The Cisco Kid a tamaño original.



Pero la novedad más significativa —al margen de la propia edición de las tiras— creo que consiste en el anuncio que el mismo Caldas hace en un breve texto titulado "Información al lector" (p. 2), señalando que este volumen es sólo el primero de una nueva serie que tiene pensado poner en marcha y que arranca con este título. Se titula "Cómics de prensa" y si los hados son propicios —es decir, si ustedes, potenciales compradores, colaboran en el proyecto adquiriendo los libros que vayan saliendo— nuestro portugués favorito tiene pensado editar en el futuro no sólo más libros de The Cisco Kid, sino otros títulos tan suculentos e imprescindibles como Cassey Ruggles, Scorchy Smith, Gasoline Alley (dominicales), Dickie Dare, Drago, Jed Cooper, etc. Todo un festín, como pueden ver, que con toda seguridad Caldas irá sirviendo con la calidad a la que nos tiene acostumbrados. Y todo ello, imagino, por un precio más que asequible. Aunque esto último es algo que digo por aproximación y considerando que este maravilloso primer volumen de la nueva colección sólo cuesta 16,50 (gastos de envío incluidos). ¿Se puede pedir más?

Imagen de la contracubierta del libro, con el anagrama de la nueva serie anunciada
por Caldas (a la izquierda) y las huellas de mis torpes dedazos (a la derecha)


Y para finalizar, unas últimas observaciones sobre otros aspectos de la edición: la portada se debe a Jesús Yugo, colaborador habitual del editor portugués en estas lides, y aunque personalmente no puedo decir que me guste mucho (yo habría elegido otro color distinto al fucsia empleado), lo cierto es que cumple a la perfección con su finalidad: da lugar a un diseño bastante clásico —me parece muy efectivo la idea de emplear el bitono combinándolo con el negro— e imagino que el uso de dicho color tendrá alguna finalidad (¿quizá diferenciar, en el futuro, los distintos títulos de las series que vayan formando parte de la nueva colección caldiana?). La rotulación —debida a Manuel y a Maria do Rosario Caldas— es estupenda y no sólo imita los caracteres originales, sino que respeta el uso de negritas para destacar determinadas palabras del texto. Es cierto que he visto alguna errata —por ejemplo, falta alguna tilde y dentro de los textos explicativos, el bueno de Manuel ha confundido el artículo determinado "the" con un pronombre personal—, pero son cuestiones de poca monta que apenas tienen importancia. En cuanto a la traducción —realizada por Rocío de la Maya— resulta más que correcta —desde luego es muy superior a la realizada para Ediciones Eseúve—, pero me parece que la responsable ha optado por una literalidad excesiva, que da lugar a frases poco estéticas en español ("¡El juez Hook!... Siempre me he negado a servirle a ese cretino"; "¡Ya me he bajado [en lugar de "agachado"], Cisco, solo [sic] espero no rebotar"). Asimismo se han empleado algunas palabras con un sentido incorrecto ( vgr. "rayones", p. 35, tira 2ª, viñeta 1ª), hay cierta indecisión en el modo de tratarse los personajes (que unas veces se tutean y otras se llaman de "usted") y no entiendo muy bien por qué —salvo que pensemos, de nuevo, en esa excesiva literalidad respecto del inglés original— los indios de la segunda aventura hablan con el posesivo "mi" ("¿Conoce a Cisco Kid? ¡Mi estarlo buscando mucho!"), en lugar de utilizar el pronombre personal "yo", como se ha hecho toda la vida por estos lares. Pero son menudencias que no empañan, en absoluto, una edición primorosa y sorprendentemente asequible.



En fin, Serafín. Si la nueva colección "Cómics de Prensa" sigue adelante y los volúmenes de The Cisco Kid continúan apareciendo habrá llegado la hora de jubilar las viejas ediciones del personaje aparecidas en la revista Chito, en Ediciones Vértice, así como los siete volúmenes monográficos que publicara después Mariano Ayuso en la colección Comics Art de Editorial Eseúve. Pueden ustedes conservarlos como reliquias de otro tiempo, ponerlos a la venta, o donarlos a alguna biblioteca, porque su lugar lo habrán venido a ocupar los nuevos libros de Manuel Caldas. Y es difícil que estos acaben siendo desbancados, en el futuro, por alguna nueva edición. En el cambio, desde luego, salimos ganando los aficionados y la propia obra, que se ve dignísimamente editada.

Así es que ya lo saben: ¡¡demasiado están tardando en pedir su ejemplar de The Cisco Kid's Caldas Edition!! Les aseguro que no se arrepentirán. ¡¡¡Y además a ese precio!!! El sistema para conseguirlo es idéntico al de otras ocasiones: ponerse en contacto con Manuel Caldas, a través del siguiente correo electrónico: mcaldas59@sapo.pt

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(1) Testimonio de Rod Reed, publicado en el volumen nº 5 de la edición de Cisco Kid por Ediciones Eseúve, Madrid, 1990, p. 1.
(2) Lo cual no fue óbice, todo sea dicho, para que la serie se iniciara, precisamente, poniendo en el centro de la acción —propiciándola incluso— a tres mujeres, en torno a las cuales ese héroe sin mácula que es Cisco Kid se pavonea como un palomo en época de apareamiento.
(3) En el texto que ya he citado supra, en la nota 1.

jueves, 5 de enero de 2012

CONSPIRACIONES

¿CUÁL dirían ustedes que ha sido la mayor conspiración de la Historia?



¿El fratricidio cometido por Caín?



¿El magnicidio de Julio César a manos de quienes se conjuraron
contra su augusta persona el 15 de marzo del año 44 a. C.?




¿La atribuida a los francmasones?




¿La que ha traído de la mano el Nuevo Orden Mundial o illuminati?




¿El magnicidio de Kennedy?




¿La que rodea a las muertes de Marilyn Monroe o Elvis Presley?




¿La que denuncia el avispado Dan Brown en su libro El código da Vinci?




¡No, en absoluto! La mayor conspiración de la Historia es otra bien distinta. Y todos hemos sido víctimas de la misma en alguna época de nuestra vida. ¿La adivinan?



Piénsenlo tranquilamente, y díganme si acaso no tengo razón. Además, ha sido una de las mejor guardadas, todo el mundo está comprometido en ella, es cíclica y no parece que vaya a conocer final (de momento). Aclaremos, además, que en otras latitudes ya tuvo lugar días atrás (aunque su objetivo fuera el mismo).

Mañana me cuentan...

sábado, 31 de diciembre de 2011

¿UN DESCUIDO DE HAL FOSTER?




SIEMPRE que me pongo frente a la plancha 220 de Príncipe Valiente —efectivamente, la del pulpo gigante— me da por pensar si acaso el maestro Foster se despistó durante su realización y, como ésta era tan ardua y compleja, pues decidió dejar las cosas como estaban. O quizá es que iba un poco pillado de tiempo con las entregas y tuvo que dar por buena una estructura de página que se me antoja algo defectuosa. Porque verán ustedes: ¿no les parece que en la citada plancha hay algo que falla, que no funciona del todo como debiera y que presenta una composición inadecuada para la tensión dramática (e incluso, si me apuran, hasta para la lógica de la lectura)? Es que ésa es la sensación que siempre me ha dado a mí cada vez que la veo. Intentaré explicarles lo que quiero decir con un par de imagenes de la propia página. Perdonen ustedes que se las traiga de la vieja y defectuosa edición de Burulán (¡en blanco y negro, además!), pero es que no tenía a mano ninguna otra en este momento, y para lo que quiero mostrarles creo que valdrá igualmente.

He aquí el orden de lectura de las viñetas, tal como lo dispuso Foster. Las numeró para que no hubiera error (aunque en esta edición, como pueden ver, se eliminaron dichos números, a excepción del 4, porque era el único que no podía borrarse sin tocar el dibujo)



Como les digo, siempre he creído que este orden de lectura impuesto por Foster en la citada página no sólo rompe el crescendo en el suspense de lo que se está narrando, sino que además da lugar a una solución mendaz y artificiosa que siempre me ha irritado especialmente, y de la que encontramos paralelismos en otros medios como el cine. Es el caso, por ejemplo, de Sunset Bulevard, donde la voz en off que nos habla desde el comienzo de la película —y que acabará contándonos toda la historia— resulta que es la del personaje que aparece... Bueno, lo dejaremos ahí por si alguien no ha visto esta obra maestra de Billy Wilder. Pero ustedes saben a lo que me refiero. Evidentemente un sinsentido. Pues bien, en el caso que nos ocupa, ocurre algo parecido, porque yo me pregunto: ¿si ya han arrojado dentro del pozo a Val —según el orden de lectura propuesto por Foster—, cómo es que no se le ve colgando en la gran viñeta donde aparece el enorme cefalópodo?

Es indudable que el discurso narrativo y el orden de lectura occidental obligan a cerrar la página en la parte inferior derecha de la misma, pero no me negarán que en beneficio del suspense y de la lógica de la acción, las viñetas de la plancha que analizamos deberían leerse mejor en el siguiente orden:



Así pues, para conciliar mantenimiento del suspense, lógica narrativa, credibilidad y orden de lectura Foster bien podría haber adoptado una composición de página y un tipo de viñeta como las que planteo a continuación. Se trata de una fórmula que puede parecer infrecuente a primera vista viniendo de este autor, aunque tampoco es demasiado atrevida y, de hecho, creo recordar que existe alguna propuesta parecida a lo largo de la serie:


Bueno, y ésta era la tontería de la que deseaba hacerles partícipes el último día del año: ¿ustedes qué piensan? ¿Ven que algo falla en la composición de la página que todos conocemos, o es una suposición mía?

Y una última cosa, por favor: que nadie se vaya a tomar esto como una propuesta seria. Se trata de un simple y puro divertimento que les planteo antes de entrar en 2012. Esa es la única intención y espero no haber dado ideas a más de uno para poner en práctica "restauraciones" creativas de las planchas de Foster. Lo digo, porque les conozco... Je, je, je...


¡¡¡Que tengan una buena salida y entrada de año
y a pasarlo bien (pero sin molestar a los vecinos, ¿eh?)!!!