jueves, 20 de enero de 2011

MI INFANCIA SON RECUERDOS... A PROPÓSITO DE TINTÍN




TINTÍN es la Gesamtkunstwerk del cómic, tanto como el Anillo del Nibelungo lo es la de la ópera. Tintin forma parte indeleble de mi infancia lectora y constituye uno de los primeros campos de experimentación de mis tentativas como dibujante. Todavía recuerdo con nitidez y nostalgia —más con la segunda que con la primera— las visitas que los fines de semana hacía con mis hermanos y mis padres a uno de los grandes almacenes SEARS que había aquí, en Madrid, y cómo mientras los demás miraban ropa o compraban comida y otras cosas necesarias para la casa y sus habitantes yo no hacía más que esperar con (im)paciencia y resignación para ver si llegaba la hora de acercarse a la sección donde estaban los tebeos o cuentos y donde, al fin, podría hacerme con el ejemplar de Tintín que me correspondiera en esa ocasión (a veces, y con algo de suerte, incluso más de uno). Ahora que lo vuelvo a recordar, fue una auténtica lástima no poder conseguir todos los libros encuadernados en tapa dura; pero ¡qué le vamos a hacer! Entonces, la verdad, poco me importaba aquello. Lo único que deseaba, una vez acabadas las compras, era llegar a casa para sumergirme de lleno en la lectura de la nueva aventura. En el coche no había nada que hacer, ni siquiera para abrir boca, pues el tebeo (o tebeos) solía ir guardado con las demás compras.

Pero una vez en casa, se iniciaba la solemne ceremonia: sentado en el sillón de mi cuarto, o tumbado en la cama, abría el volumen con un esmero que, lo reconozco (mea culpa), ya entonces rayaba en lo compulsivo tratándose de un niño (luego he ido empeorando con el tiempo, y en la actualidad soy un auténtico maniático que se pone enfermo cuando ve lomos rozados o cantos de los libros doblados y huellas de dedazos en los discos o en los dvd’s). Lo primero era la fase de visionado, que transcurría veloz pero atenta. Pocos detalles escapaban a mis inquisitivos y asombrados ojos: el movimiento de los personajes, sus detallados fondos, los colores de cada página (planos pero eficaces)… Después, cuanto antes mejor (todo sea dicho), llegaba la hora de sumergirse en la historia propiamente dicha. ¡Y qué sensación de placer me invadía entonces! ¡Qué alegría me proporcionaba la lectura de aquellas páginas! De verdad de la buena; no hay ni un ápice de exageración en mis palabras. Ciertamente recuerdo aquellas lecturas como una de las experiencias más agradables de mi infancia (y, posteriormente, también de mi primera juventud). Cómo sería la cosa, hasta qué punto sentía yo la necesidad de que aquellos libros me durasen para siempre —tal era la dicha que me proporcionaban— que ninguno de mis dos hermanos pudo leerlos a gusto nunca, pues cada vez que me pedían permiso para cogerlos —soy el mayor y fui un sargentón— les hacía la vida imposible con todo tipo de exigencias: “no lo abras tanto, que se va a romper”; “¿te has lavado las manos?”; “¡ten cuidado con las hojas, que se doblan!”. Y así una tras otra. La verdad, es que no sé cómo me hablan todavía. Lo cierto es que aún se acuerdan de mis intempestivos requerimientos; y, de tarde en tarde, cuando bromeamos sobre aquellos años infantiles, todavía me lo siguen reprochando cariñosamente. Pero creo que tengo perdonado mi pecado, pues todo se debió al inmenso amor que yo sentía por aquellos tebeos que tanto me hacían disfrutar. Todo.

Tintín es la aventura por antonomasia, sin alharacas filosóficas ni complicaciones metafísicas, sin subterfugios narrativos ni barroquismos estilísticos; es la emoción en estado puro; la intriga sabiamente construida y planteada con sinceridad al lector; es el estremecimiento que nos embarga cuando vamos a realizar un gran viaje con destino a un lugar lejano, exótico y emocionante; es toda una sinfonía multicolor por variedad de paisajes, de diálogos, de situaciones y, sobre todo, de personajes. Personajes, sí, porque lo que de verdad enriquece los relatos de Tintín, lo realmente valioso de sus historias, es que se trata de la materialización gráfica de la comedia humana. Es cierto que Hergé nos la pinta, digámoslo igualmente, con una cara amable e incluso no exenta de mucho humor; pero lo hace presentándonosla tan compleja y variopinta como lo es en la cruda realidad. De ahí que no sólo hallemos retratos positivos del alma humana (Tintín, Haddock, Tornasol, Tchang…), sino que también desfilen ante nuestros ojos los pelmas (Serafín Latón), los delincuentes reinsertados (Néstor), los empresarios (Oliveira da Figueira), los delincuentes internacionales (Rastapopoulos, Basil Bazaroff), los políticos sin escrúpulos (Sponsz), los intrigantes y malvados (Mitsuhirato, Müller), los ególatras (Castafiore), los aventureros mercenarios (Alcázar), los tiranos (Plekszy-Gladz, Tapioca), los idiotas (Hernández y Fernández), los desdichados (Wolff), los egoístas y mezquinos (Carreidas), los hipócritas (Spalding)… ”Ahí es ná”.

Leer (o releer) un tebeo de Tintín es siempre una experiencia sumamente placentera. Pienso que ello se debe no sólo al modo en que Hergé construía sus relatos, sino sobre todo al hecho de que prácticamente en todas las aventuras del perenne joven reportero —con excepción de Las joyas de la Castafiore, si no recuerdo mal— el viaje se convierte en el elemento básico de la acción, sin el cual ésta no puede seguir adelante y desarrollarse hasta su final. Y todos sabemos lo que de iniciático puede tener cualquier viaje medianamente exótico. Pues bien, a mí que personalmente me incomoda mucho salir de casa reconozco que este tipo de historias me divierten de manera especial. Es como si participara de lleno en todas las emociones que comporta preparar y emprender un viaje, pero ahorrándome las molestias que supondría tener que hacerlo yo. He comprobado, además, que esa peculiaridad la encuentro también en ciertas películas que presentan una estructura “iniciática” similar y que están entre mis favoritas: Misión de audaces, Centauros del desierto y Las uvas de la ira, de John Ford; Mayor Dundee, de Sam Peckinpah; La venganza de Ulzana, de Robert Aldrich; Las minas del rey Salomón, de Marton y Bennett; Capitán Blood, de Curtiz…


Hay otro elemento, relacionado con el anterior, que siempre me ha llamado poderosamente la atención al pensar en Tintín: la asombrosa capacidad que sus historias tenían para despertar en mí unos deseos irrefrenables de participar en la aventura que estaba leyendo. Me habría encantado poder meterme en el tebeo, acompañar al intrépido reportero a lo largo de las páginas y haber formado parte de su mundo para verme rodeado por todos los personajes creados por Hergé (incluso por los malos). Haber conocido al Capitán Haddock; aguantar con estoicismo una velada con la Castafiore o con el pelma de Serafín Latón; estar junto a un perro que hablaba… Pero, sobre todo, sobre todo me habría encantado compartir una tarde con el Profesor Tornasol (sin duda, mi personaje favorito de toda la serie). ¿Recuerdan ustedes lo que le ocurría a Carreidas —el "hombre que nunca se ríe"— con el bueno de Tornasol en el álbum Vuelo 714 para Sidney? Acababa estallando en una carcajada estruendosa e inesperada para todos ante las ocurrencias del despistado profesor. Pues algo parecido me ocurria a mí. Y sigue siendo así, pues es un personaje que me divierte sobremanera.

Creo que en este caso la clave se encuentra en la capacidad que Hergé tenía para hacer creíble el mundo en que se movían sus creaciones y en transmitir esa sensación: te identificas con Tintín, cierto (a pesar de lo repipi y conservador que resulta ser el muchacho); pero sobre todo te interesa su mundo y los personajes que lo integran y le rodean. Un mundo maravilloso y mágico, lleno de aventuras y de atractivas situaciones que difícilmente pueden desagradar a un niño.

¿Pero por qué, entonces, me siguen gustando ahora que ya soy adulto? Primero, desde luego, porque forman parte de mi vida y de mis recuerdos más felices, profundos e indelebles: los de la infancia. Y después… Bueno, después… ¿No ha escrito Fernando Savater sobre el “enigma Tintín”? Pues eso, léanlo a él. Aunque temo que tampoco tiene una respuesta...

Yo he crecido; los almacenes SEARS —que sepa— han desaparecido; he continuado comprando y leyendo tebeos; el tiempo ha pasado, pero en mi memoria siempre quedarán grabados, como a fuego, aquellos gratísimos momentos de lectura. En definitiva: para quienes tuvimos la fortuna de conocerlo en nuestra infancia, “siempre nos quedará Tintín”.



(Publicado originalmente el 27 de junio de 2010 en Desde el Nibelheim)

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