ENTRE los extraordinarios tebeos que Antonio Hernández Palacios realizó a lo largo de su dilatada, admirable y fecunda trayectoria profesional como historietista —trayectoria que, todo sea dicho, hoy día se encuentra bastante olvidada—, quizá no haya otro más extraño, peculiar y sorprendente que su desconocido y poco divulgado
Drako de Gades. Prueba de esto último —su escasa difusión— es el hecho de que la única referencia con enjundia que he encontrado al explorar la red en busca de datos sea la
entrada que se dedicó a la obra en el blog
Deskartes Mil. Apenas una minucia para lo que merecería un trabajo que, sin ser de lo mejor que hizo el autor, brilla a una gran altura artística. En cuanto al resto de peculiaridades mencionadas, enseguida pasaré a comentarlas.
Drako de Gades es una serie que el artista madrileño dibujó por encargo del inquieto editor sevillano
Pedro Tabernero,
factotum en gran número de iniciativas editoriales españolas, y al que debemos la publicación de una buena parte de la obra media y tardía de Hernández Palacios. Así, además del trabajo que comentamos, podríamos recordar el volumen tercero de la
Historia de Andalucía, los tres álbumes que dibujó para la serie
Relatos del Nuevo Mundo —aparecida con motivo de las celebraciones del V Centenario del descubrimiento de América—, los dos tomos dedicados a Carlos V y Felipe II realizados con ocasión del centenario de ambos monarcas, así como una serie de trabajos divulgativos hechos para la Caja de Ahorros de Sevilla en fechas y ocasiones diversas (
Los derechos del niño, El hombre de los mil personajes, La oreja de Lucifer, ilustraciones de la tesis doctoral
Imágenes para una leyenda, etc.).
Pues bien. Entre los años 1984 y 1991, Tabernero estuvo al frente de un interesante pero efímero proyecto, que se materializó bajo la forma de una hermosa revista titulada
Rumbo Sur, de la que sólo salieron al mercado ocho números. Se trataba de una soberbia y elegante publicación —cuyos ejemplares son muy difíciles de conseguir hoy en día en los mercados de segunda mano— caracterizada por su gran prestancia formal (buen papel, enorme formato, cuidada impresión...) y por la sorprendente calidad de sus contenidos, al contar con un plantel de colaboradores realmente interesante: José Ortiz, Jan, Ventura y Nieto, Calatayud, Enrique Breccia, Bielsa, Bermejo, etc.
Entre dichos colaboradores —y podemos afirmar que ocupando un lugar preeminente, dada la admiración que Tabernero ha sentido siempre por su obra— se hallaba, claro está, Antonio Hernández Palacios. Éste decidió participar en el proyecto precisamente con la historia de
Drako de Gades, que se publicaría por capítulos (como todas las series "mayores" de la revista). Para ello realizó seis entregas con desigual número de páginas (7 en los números 1, 2, 3 y 5 de
Rumbo Sur; 11 en el nº 6 y 9 en el nº 7), sumando en total las 48 planchas necesarias para componer un álbum de formato europeo tradicional que, por desgracia, nunca llegó a publicarse como tal (y que, por ende, carece de título oficial, aunque podría titularse, sencillamente,
Drako de Gades). Por cierto: sirva esta referencia como admonición a los editores patrios, para que se animen a recopilar este material y publicarlo cuanto antes, porque realmente merece la pena).
Posteriormente, en 1991, Antonio realizaría un segundo álbum del personaje, titulado
Los Gazules de Sevilla. Pero llegó demasiado tarde para ver la luz en la revista que le había visto nacer pues, como ya he dicho antes, ese mismo año
Rumbo Sur dejaba de publicarse. Pese a todo, Pedro Tabernero hizo lo imposible en la década siguiente para conseguir que una editorial se interesara por la historia. Así, por ejemplo, en mayo del año 2000 —cuando Antonio ya habia fallecido— el incansable editor sevillano seguía, pertinaz como las sequías franquistas, "dando la matraca" y
llamando a diferentes puertas para conseguir su objetivo.
Esa bendita tenacidad acabó dando buenos frutos y casi trece años después de haberse dibujado, el inquieto editor consiguió que tan hermoso y desconocido material saliera a la luz. Lo hizo en una nueva revista subvencionada con dinero público y dirigida por él mismo:
Osinvito, publicación del organismo "Turismo de Sevilla" —dependiente de la Diputación de esta ciudad— de la que aparecieron 12 números a lo largo del año 2004. La revista tenía un formato muy grande (55,5 x 42 cm.) y en ella aparecían, junto a una historieta larga central, diferentes artículos con temas culturales e históricos de carácter localista, dedicados a la villa hispalense o a Andalucía en su conjunto. Las 50 páginas de
Los Gazules fueron publicadas en un solo número de
Osinvito (el nº 3, de marzo de 2004), presentándose al lector estructuradas en cuatro planchas por cada página de la revista, lo que dio como resultado un tamaño de reproducción para cada plancha que se acercaba bastante al de cualquier revista convencional.
Portada del segundo número de Rumbo Sur, con Drako como protagonista
Pero será mejor que pasemos ya al análisis de esta desconocida historieta española, una vez enumeradas sus características formales (extensión, entregas, etc.) y las vicisitudes editoriales por que atravesó.
Aunque ambientada en la Edad Media —período bien conocido y admirablemente trabajado por Hernández Palacios en otras ocasiones (
El Cid, Roncesvalles)—, lo cierto es que en su desarrollo temático y argumental
Drako de Gades se aleja por completo de la aproximación naturalista que el autor madrileño había llevado a cabo en esas dos obras anteriores. Mientras que al leer aquéllas el lector tiene la sensación de estar viendo la Historia tal como pudo haber sido y asistir, en primera persona, a un verdadero fresco de nuestro Medievo, con
Drako se sabe desde el principio que nos movemos en un plano absolutamente distinto (y ello, pese a que la realización gráfica sea tan meticulosa y realista como siempre). En efecto, se trata de un divertimento, en el que el ámbito de lo fantástico adquiere una relevancia tan decisiva que termina convirtiéndose en el verdadero motivo conductor de la acción, y donde el humor juega también un papel tan importante que llega a ser el desencadenante de la misma en más de una circunstancia (como tendremos ocasión de ver luego).
Dos muestras soberbias del Medievo casi "vivido" de Palacios: viñetas de Roncesvalles (izquierda)
y de La toma de Coímbra (tercer volumen de la serie El Cid)
Como ya señalé al principio de mi comentario, ambos factores convierten a
Drako de Gades en una creación bastante peculiar y excepcional dentro de la trayectoria artística de Palacios, pues no iba a tener continuidad en su futura carrera. En cuanto a los antecedentes, se ha recordado más de una vez que estarían en un proyecto de serie que preparó para los editores franceses en los años setenta, cuando su fama se hizo internacional y requerían sus servicios en todos lados. Se titulaba
Garín y el personaje protagonista, que daba nombre al título, parece ser un Drako en potencia: joven guerrero medieval, desfacedor de entuertos y salvador de doncellas, que se las tiene que ver con malvados señores feudales y feroces dragones, en un marco geográfico y argumental que apuntaba a lo fantástico y alegórico (así, por ejemplo, el país al que llega Garín al principio de la aventura se llama nada menos que "Tirania"), pero que carecía del humor que años después desplegaría en
Drako. No sabemos, sin embargo, cómo hubiera podido evolucionar la serie, pues la empresa no cuajó y el efímero resultado fue que el artista madrileño sólo llegó a dibujar un breve episodio de dieciséis páginas (estupendas, eso sí), que aparecieron publicadas en el número 428 de la revista
Pif Gadget de 1977 (1). Sobre este anecdótico e interesante personaje dice
Manuel Deskartes:
«Pif es una revista dirigida a un público infantil-adolescente y Palacios utiliza un guión en esa línea, sin pretensiones y con algunos toques de humor en gestos y situaciones muy de su gusto que recuerdan (salvando la distancia) a sus primeras historias de Doc Savage. La historia consta de 16 páginas, nada del otro mundo, pero Palacios mueve su personaje con un enfoque menos serio que su entonces reciente Cid (entre la comedia y el relato aventurero, da la impresión de que no sabe por cuál decidirse y la mezcla funciona sólo a medias). Más adelante utilizará este tipo de clichés semihumorísticos en su personaje para Rumbo Sur, Drako de Gades, mucho más conseguido».
Cuatro planchas de Garín: extraordinario trabajo de un Hernández Palacios que, por aquellas fechas
(hacia mediados de los años 70), se hallaba en plenitud de facultades y en estado de gracia
Es verdad que
Garín y
Drako de Gades presentan grandes semejanzas, pero el hecho de que la primera serie no tuviera continuidad más allá de sus escasas dieciséis páginas es un obstáculo para establecer comparaciones más profundas entre ambas. No obstante, podemos extraer algunas características comunes.
Insistamos, por ejemplo, en el hecho de que a pesar de los numerosos elementos fantásticos que la inundan, la Edad Media —bastante intemporal— que nos presenta Palacios en ambas series no está nada idealizada: gráficamente es tan épica y naturalista como la de la España prerrománica que recreara en su
Roncesvalles o la de los taifas en
El Cid, aunque se ve bien que el trabajo de documentación ha sido mucho menos preciso y que la rigurosidad histórica de éstas últimas —su historicismo, podríamos decir— está ausente en las dos primeras. Con
Garín y
Drako el que puede ser considerado mayor autor español de tebeos históricos se ha concedido un descanso "documental" y se ha permitido una mayor libertad creativa, hasta el punto de hacer convivir en las mismas viñetas elementos heterogéneos e incluso variopintos, que no se ajustan a un esquema cronológico real y hacen que resulte imposible ubicar en un momento concreto del Medievo (¿siglos XI, XII, XIII?) las andanzas de ambos personajes.
En segundo lugar, ambas series se mueven dentro de unos parámetros comunes fáciles de individualizar y que en
Drako de Gades llegan a su más completa y perfecta manifestación: Edad Media intemporal y fantástica, caballero andante lleno de ideales que se enfrenta a situaciones de injusticia y, sobre todo, aparición de un nutrido y completo catálogo de monstruos y seres mitológicos o animales críptidos que van desde las hadas a las brujas, pasando por vampiros, pterodáctilos, gigantes, enanos, centauros, valquirias, unicornios, dragones, espantosas quimeras, íncubos, animales antropomorfizados y que hablan e incluso un leviatán que Hernández Palacios introduce en uno de los episodios. ¡Nunca se vio, que sepamos, tal nómina teratológica en una sola historieta española! ¡Y de un autor tan realista, caramba! Pero no se queda ahí el artista madrileño, pues dando una vuelta de tuerca, lanza un guiño a los lectores y se atreve a introducir en la historia el personaje más inesperado que uno pudiera imaginarse, haciendo gala de un buen humor y una ironía innegables. Pero luego diremos de quién se trata.
El humor es, precisamente, el segundo ingrediente principal con que Hernández Palacios cocinó su creación para
Rumbo Sur. En este sentido, las páginas de
Drako abundan en viñetas con personajes y actitudes un tanto estrambóticas que, desde luego, no son habituales en el conjunto de la obra del dibujante, pero tampoco inexistentes del todo. Pienso, por ejemplo, en ciertos pasajes de
Mac Coy, donde los dos personajes secundarios de Charley y Maxi —inseparables compañeros del protagonista de la serie y contrapuntos humorísticos del mismo (una especie de
supporting characters, podríamos decir, utilizando el lenguaje cinematográfico que hace referencia a este tipo de papeles en las películas norteamericanas)— adoptan actitudes similares o son responsables de crear situaciones cómicas muy variopintas, que contribuyen a relajar un tanto la tensión del relato, a ralentizar su desarrollo narrativo y a conceder un respiro al lector. Un ejemplo paradigmático de lo que decimos puede verse en la plancha número 31 del álbum
Wanted Mac Coy, en la cual se desarrolla una extraña secuencia, protagonizada por los personajes mencionados, que rompe, de manera abrupta, la tensión dramática en una historia que no se caracteriza, precisamente, por narrar hechos divertidos. El claro tono humorístico de las dos escenas y los rasgos marcadamente caricaturescos del sabueso chocan de lleno con el estilo hiperrealista típico del dibujo de Hernández Palacios. Con toda seguridad, el objetivo de los autores era crear un momento de respiro dentro del dramatismo que impregna toda la acción general de la historia.
Las escenas de Wanted Mac Coy analizadas arriba
Es indudable que en
Drako de Gades, sin embargo, la intención de Palacios ya no era la misma. Aquí buscó
ex profeso recrear actitudes y situaciones del todo humorísticas —cuando no abiertamente cómicas— porque lo consideraba adecuado para la historia que estaba contando y para la cabecera en la que ésta se iba a publicar. Si acertó, o no, el maestro madrileño es algo que deben juzgar las sucesivas generaciones de aficionados que lean esta curiosa creación, mezcla
sui generis —nunca mejor dicho— de comedia, historieta medieval y aventura a caballo entre la espada y brujería y la fantasía heroica (pasados por el personalísimo tamiz de la estética palaciega).

Digamos, para ir concluyendo, que en su desarrollo argumental
Drako de Gades es un poco simple: nos presenta al héroe protagonista saltando, sucesiva y continuamente, de un peligro sobrenatural a otro, y siendo auxiliado siempre (o casi siempre) por una especie de hada madrina que adopta la forma de hermosa mujer —un tanto matronil— no exenta también de actitudes humorísticas.
En el segundo álbum de la serie, titulado
Los Gazules de Sevilla, el autor da un giro tan radical a la historia que casi todo lo que he dicho hasta el momento no le sería aplicable. Para empezar, el humor desbordado que presidía las historias del primer álbum ha desaparecido por completo en este segundo. Además, Palacios abandona aquí el marco temporal del Medievo y nos traslada a un siglo XVII muy
sui generis. No obstante, y a pesar de los cambios señalados, se trata de un relato casi tan extraño como el de las entregas anteriores, donde lo onírico y lo fantástico vuelven a jugar un papel protagonista. Ahora, el personaje de Drako se nos muestra como un ser intemporal y mediador, a caballo entre lo real y lo fantasmagórico, que viene del pasado y aparece de repente cabalgando milagrosamente sobre la superficie de las aguas del Guadalquivir para ayudar a los buenos de la historia (el clan nobiliario de los Gazules). En este sentido, el extraño enfoque que Palacios le da a esta segunda historia de la serie me recuerda bastante a lo que hizo Hermann con su caballero de Bois-Maury, utilizando esa misma idea de "pervivencia" del protagonista a lo largo del tiempo, aunque en el caso del autor belga dicha permanencia se produjera a través de los descendientes de Bois-Maury, mientras que en el del español lo es en el propio personaje, que ha logrado atravesar los siglos inmutable y sin envejecer.

Un Drako fantasmal y algo iluminado, en la que iba a ser su última aventura
De esta manera, Hernández Palacios construye un relato bastante insólito y pintoresco, con enfrentamientos y querellas entre clanes nobiliarios y ejércitos de mendigos que ponen patas arriba toda Andalucía, hasta llegar casi a una especie de guerra civil desarrollada al margen de la autoridad real (que no hace acto de presencia por ningún lado). Un argumento, en definitiva, que resulta poco creíble, por excesivo y chocante, pues ha de tenerse en cuenta que la España del XVII no fue la de los reinos de taifas. Pero el sentido épico de Palacios y su personalísima estética consiguen hacernos olvidar lo estrambótico de la historia y dan autenticidad a lo que, en manos de cualquier otro, parecería un auténtico disparate. Es como si estuviéramos viendo otra de sus historias sobre la Reconquista, pero trasladada en esta ocasión a la España de los Austria, con nobles enfundados en jubones, golillas y calzas, comercio de Indias y moriscos en lugar de almorávides o almohades.



Como obra tardía que es, en
Los Gazules aparecen todos los estilemas propios de la última etapa del dibujante madrileño: grandes viñetas monumentales; abundancia de primerísimos planos —en los que Hernández Palacios era un consumado maestro, pero cuyo abuso denota cierta falta de inspiración narrativa—; predominio casi absoluto del entintado a plumilla, con una minuciosa labor de trama que apenas si deja espacio a los claroscuros obtenidos a base de manchas de negro realizadas con pincel; poderosa y dramática utilización del color, muy efectista siempre en el caso de Hernández Palacios... Digamos, para concluir esta nota, que el trabajo del dibujante madrileño en esta segunda historia de Drako podría ponerse en relación, estilísticamente, con el conjunto de álbumes que realizó para la colección del V Centenario del descubrimiento de América y para los dos libros dedicados al centenario de Carlos V y Felipe II.


Por razones lógicas de propiedad intelectual y de derechos de autor he decidido traer al Nibelheim las planchas correspondientes a una sola de las seis entregas que Antonio realizó para
Rumbo Sur. Se trata de las siete páginas que forman el capítulo cuarto, titulado "Merlín" (2). En ellas, da rienda suelta a una imaginación desaforada, demostrando que lo épico —y tal fue siempre el rasgo principal del peculiar y personalísimo estilo artístico del autor madrileño— no tiene por qué estar reñido con el buen humor y la ironía. El trabajo gráfico brilla a grandísima altura y posee todas las características (incluidos virtudes y defectos) que han hecho de Antonio Hernández Palacios uno de los más grandes historietistas españoles.
Son siete páginas de acción trepidante y absolutamente alocada, que por momentos me han hecho recordar las viejas películas
slapstick del cine mudo: hay carreras, golpes, caídas, derrumbamientos, choques, persecuciones, un dragón femenino (¿o afeminado?) que llora y está íntima (y sospechosamente) ligado a cierto rey pusilánime de un ignoto país, una gigantesca valquiria que es capaz de todo con tal de conseguir guerreros para el Walhalla, un mago esperpéntico, un león y un espíritu de Merlín que resulta ser, nada más y nada menos, ¡¡¡que el propio Pedro Tabernero!!! Sin duda, un gesto de afecto y cariño, por parte de Antonio, hacia quien tanto hizo por perpetuar su obra y su genio. Vayan, pues, las siguientes imágenes y la presente entrada en homenaje a ambas personas, como agradecimiento a Tabernero y como testimonio de admiración hacia el gran dibujante madrileño al que tuve el honor de conocer y tratar.