domingo, 13 de mayo de 2012

¡JODER, CÓMO HA CAMBIADO EL CUENTO, DON PEDRO! A PROPÓSITO DE UNOS "ENTREMESES BARROCOS"



Entremeses barrocos. Textos de Pedro Calderón de la Barca, Bernardo de Quirós, Agustín Moreto, Juan de Matos/Fernando de Zárate, Jerónimo de Cáncer y Luis García-Araus.— Versión: Luis García-Araus.— Dirección: Pilar Valenciano (Los degollados y Entresijos segundo y tercero), Elisa Marinas (El muerto, Eufrasia y Tronera y el Entresijo primero), Aitana Galán (El cortacaras y Mojiganga de los infiernos de Amor) y Héctor del Saz (El toreador).— Compañía Nacional de Teatro Clásico.— Teatro Pavón.— Jueves 10 de mayo de 2012.


SI han leído ustedes con cierto detalle y atención las reseñas que he ido dedicando en este Nibelheim a representaciones teatrales y operísticas —menos de las que yo quisiera, por causa de mi casi endémica falta de tiempo—, habrán podido saber de mi escaso gusto por los actuales montajes de escena, orientados casi siempre a dar mayor protagonismo a los regisseurs —verdaderas superstars de nuestros días—, en lugar de a servir con honestidad y dignamente el trabajo de los autores o compositores originales de la obra. Y es que siempre me ha enervado sobremanera que el "enterao" de turno se aproveche de una cosa realizada por otro para plantear sus propuestas e hipótesis personales. ¡Si tanto tiene que decir, que haga él mismo obra nueva y deje la de otros como está! Claro, que de alguna manera han de justificar lo que cobran. Pero sigamos...

Fachada del Teatro Pavón (en la calle Embajadores, de Madrid), sede actual (y provisional) de la CNTC


Supongo que también sabrán, y si no se lo cuento yo, que el mundo de la ópera es, precisamente y para mi desgracia, una de las víctimas propiciatorias favoritas de tales directores de escena, sobre todo de los que son considerados más "transgresores". Es el chivo expiatorio que paga toda ínfula "renovadora" del género y la marmita en la que se cuecen todo tipo de aberrantes potingues experimentadores que, a la postre, padecemos los sufridos aficionados. La excusa: con ello, según dicen, se intenta "rejuvenecer" un género que, de otra forma, quedaría completamente fosilizado y dejado de la mano de Dios. ¡Ya ven ustedes, como si Haendel, Mozart, Rossini, Wagner, Verdi o Strauss necesitaran de "salvadores" para redimirse ante la Humanidad! En fin, Serafín.

Pues bien: escapaba yo, despavorido, de estos minimalistas, pretenciosos e "intelectualizados" montajes que padezco una y otra vez en el Teatro Real —pensando que en el teatro clásico y hablado de toda la vida encontraría una puesta en escena tradicional—, y me encontré con los Entremeses barrocos que ha programado la Compañía Nacional de Teatro Clásico entre el 3 y el 29 de mayo. Lo de "barrocos" y "Clásico" es, imagino, por aquello de la inercia, o por llamar a la cosa de alguna manera, pues si por algo se caracterizan dichos Entremeses, es porque no tenían nada de ambas cosas. Sólo el nombre.


La versión que aguantamos con estoicismo el pasado jueves mi hermano Mime y yo se la debemos a Luis García-Araus quien, según propia confesión en el programa de mano que se entregó al comienzo de la función, ha pretendido ofrecer con ella:
«un espectáculo que recoge ese espíritu ingenuamente canalla del entremés, donde la música adquiere gran relevancia desde el principio, y donde se suceden vertiginosamente las diversas actuaciones y personajes, creando a partir de cuatro entremeses completos y fragmentos de otros tantos, un conjunto de extraña coherencia que se acerca más al género de la revista o a una especie de cabaret avant-la-lettre».
Verán ustedes: lo que más me jode de todo este asunto —y perdonen el exabrupto— es el poco esfuerzo que todos estos "profesionales" de la escena hacen a la hora de buscar soluciones alternativas y novedosas para ofrecer sus espectáculos. Sienten y saben que deben presentar al público algo distinto a lo habitual, pero la fórmula que buscan es la de siempre: transgredir los textos originales (cuando no crearlos casi ex novo), rompiendo la coherencia espacio-temporal de los mismos y dando lugar a una serie de incongruencias que nunca he soportado: por ejemplo, que se hable de espadas, de justas o de caballos en una escena que aparece ambientada en la época actual. Y es que verán ustedes: como, según Garcia-Araus, el entremés es un género teatral con cierto espíritu "canalla" —ignoro si quienes los escribieron habrían estado de acuerdo con esta definición tan extemporánea y anacrónica—, pues entonces no se les ocurre otra cosa a los responsables del montaje que ambientar las piezas bien en el mundo del heavy metal, en el de las películas mudas del slapstick, o en el de los hampones de los bajos fondos contra los que pudo combatir el mítico Vidocq, jefe de policía de la Sûreté Nationale durante la Restauración monárquica en Francia. ¿Se puede ser más simple, ordinario y previsible a la hora de intentar una deconstrucción de los textos originales?

Un momento (el final) del segundo entremés: El muerto, Eufrasia y Tronera
 (con las guitarras eléctricas sonando a tope, como mandan los cánones barrocos)


Un elenco de jovencísimos y entregados intérpretes —más parecidos a acróbatas que a actores de toda la vida y que decían su parte más chillando que recitándola— pusieron rostro y voz a los diversos personajes de unos textos que venían refrendados por nombres tan beneméritos como Calderón de la Barca —quien no fue un autor tan triste y solemne como algunos nos lo quieren pintar—, Bernardo de Quirós, o Agustín Moreto. Lo cierto es que como a García-Araus no deben parecerle suficientemente buenos o directos los textos originales, ha creído necesario mezclarlos con uno de su propia creación y, al mismo tiempo, hacer un refrito con fragmentos de otros entremeses de la época, para así crear un espectáculo dotado de "mayor cohesión estructural" (¿?), que toma como hilo conductor el amor. Y aquí vuelvo a citar al propio García-Araus:
«Arranca el espectáculo con un texto de nueva creación, la Mojiganga de los Infiernos de Amor, que sirve de introducción a los entremeses Los degollados de Calderón, El muerto, Eufrasia y Tronera de Bernardo de Quirós, El cortacaras de Moreto y El Toreador de Calderón, engarzados por lo que hemos dado en llamar los "entresijos", formados con fragmentos del Entremés famoso del Paloteado de un ingenio de esta Corte, del Entremés de Don Terencio o del zapatero, atribuido tanto a Juan de Matos como a Fernando de Zárate, y del Entremés de los putos de Jerónimo de Cáncer. Y se cierra el espectáculo con una reformulación del Baile de los estravagantes de Francisco de Monteser».

En mi modesta opinión, este modo de plantear el espectáculo es un auténtico dislate, pues ofrece de manera desnaturalizada y anárquica una serie de textos que apenas son conocidos por la mayoría del público y que, al aparecer deformados hasta lo indecible por causa de la adaptación y de la puesta en escena, difícilmente podrán ser apreciados en su propio valor literario y estético. El pasticcio así obtenido es tan farragoso que resulta difícil saber con seguridad qué partes son "morcillas" metidas por el exegeta actualizador y cuáles el texto original de Calderón y de los restantes autores. Si esta versión "actualizadora" la hubieran llevado a cabo, por ejemplo, con obras lo suficientemente reconocidas por el personal para que su entendimiento no se hubiera visto afectado por las alteraciones introducidas es algo que podría tener cierto pase. Pero que se hayan elegido unos textos bastante desconocidos, perdiendo con ello la ocasión de ofrecérselos al público prístinos y libres de adherencias modernizantes y actualizadoras, me parece un error.



Igualmente desacertados estuvieron, a mi entender, algunos aspectos puntuales de la función. En primer lugar, el exceso de ruido y la música demasiado alta  —música que, además, fue heavy y enlatada, durante la primera parte de la función— y que impedía oír con claridad el texto recitado por los actores, que se vieron obligados a desgañitarse. Asimismo me pareció absolutamente deleznable que se haya acudido, una vez más, al quebrantamiento del uso tradicional del escenario —que es el mejor y más cómodo espacio escénico para el espectador (objeto último de cualquier representación)—, con la finalidad de darle un toque más rompedor a la misma. En este sentido, durante toda la función no pararon las carreras de un lado y otro, así como las entradas y salidas de los intérpretes por los pasillos del patio de butacas, llegándose a desarrollar en el mismo buena parte de la acción y obligando al respetable a que girara la cabeza para poder mirarlos, pues quedaban por detrás de una gran parte del mismo. ¡Maldita sea esta manía de bajar a los actores de las tablas!

Los actores, moviéndose continuamente fuera del escenario (quizá en un intento,
equivocado a mi entender, de acercarlos al público)


De todas formas la puesta en escena tuvo algunos clamorosos aciertos en el terreno de lo plástico y lo visual. En este sentido, para mí resultaron especialmente interesantes los entremeses El cortacaras (por su originalidad) y El Toreador (por su relativa fidelidad al contexto original). La propuesta escénica de Aitana Galán para el primero de ellos fue mi preferida, pues parecía recrear la estética y el espíritu de los relatos fantásticos del escritor alemán E. T. A. Hoffman. Las referencias "hoffmanescas" resultaron particularmente evidentes y significativas en el personaje de Maeso, que me recordó al siniestro y estrambótico Dr. Coppelius del escalofriante relato El hombre de arena y, sobre todo, a la versión (más cómica, pero no menos terrible) que del mismo se ofrece en esa obra maestra de la ópera que es Les contes d'Hoffmann, de Jacques Offenbach. Todo el conjunto de la pieza resultó magnífico (si exceptuamos las extravagancias que rompían ese acierto general: por ejemplo, los bailes ridículos y fuera de contexto que se marcó el personaje de Lorenzo).

Escena del tercer entremés (El cortacaras) al comienzo del mismo


Y voy concluyendo: quizá todos estos planteamientos escénicos, que tanto me irritan y que veo innecesarios para poder disfrutar de una buena función teatral, respondan a la necesidad de buscar nuevo público entre la gente joven. De hecho, tal es el argumento que muchas veces se esgrime en el mundo de la ópera, por parte de los gestores que dirigen los coliseos líricos. Y puedo atestiguar que funcionó, en gran medida, durante la representación de que les hablo, ya que, junto a las butacas en que nos sentábamos mi hermano Mime y yo, habían acomodado a un nutrido grupo de jóvenes que no dejaron de reírse y de mover el esqueleto durante los aproximadamente 110 minutos que duró el espectáculo. Ellos, desde luego, disfrutaron de lo lindo. Pero yo me pregunto: ¿acaso serían conscientes dichos jovenzuelos de que estaban viendo unas obras de teatro escritas por hombres del siglo XVII? ¿Con qué idea del teatro del Siglo de Oro debieron salir cuando abandonaron el edificio del Pavón? He ahí mi incógnita y la duda sobre la conveniencia y validez de este tipo de propuestas escénicas.

Un momento del descacharrante entremés calderoniano El toreador, último de los representados en la función


Y esto es todo lo que dio de sí un espectáculo al que fui creyendo que vería teatro clásico y terminé presenciando un vodevil. ¡Ay si el gordo de Montfleury levantara la cabeza...!

Para concluir, les enlazo a un interesante artículo donde se estudian con mayor atención todos los detalles de estos Entremeses barrocos tan peculiares, y a un segundo donde se da fuerte varapalo a tan fallida producción.

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